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jueves 7 de mayo de 2026

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‘Creo que el Presidente sí sabe de nosotros’

‘Creo que el Presidente sí sabe de nosotros’

«Venga, venga Francisco: el señor es periodista, muéstrale tus pies», grita Ramón Pascual Pérez en la puerta de su casa, toda inundada de agua sucia, que no sabe por dónde irse.

«Mírele los pies, mírele estas llagas que salen de tantos días en el agua», dice Ramón y los renacuajos pequeñitos le muerden las espinillas bajo el agua.

Tendido sobre una cama colocada en el patio alto, Francisco Ricardez dice que todo Tepetitán está inundado desde el sábado. Que apenas si lograron enviar a niños y mujeres a los albergues y ellos se quedaron a cuidar lo poco que salvaron. Algún cerdo, guajolotes, su casa húmeda.

«Aquí estamos, olvidados, se puede decir», dice Ricardez. Tres hombres más se aparecen con las sienes palpitando por hambre y el calor del trópico. «Ah, sí», dice Guadalupe López, un campesino convertido en lanchero: «Este es el pueblo del Presidente».

Quien haya escuchado en el mundo el nombre de esta villa, a dos horas de Villahermosa, lo relaciona con López Obrador. Cuando el Presidente se hace el humilde, habla de Tepetitán. Pero hoy sus paisanos secretamente le reprochan que se ha olvidado de ellos.

«No señor, aquí el Presidente no ha enviado, pa’que me entienda, nada. O a lo mejor lo mandó, pero se quedó en la entrada», dice Guadalupe, de 32 años, padre de dos niñas que mandó a otro pueblo.

El hombre saca su cayuco y recorre las calles inundadas. Flotan televisores y basura, un caballo muerto, los perros deambulan entre el agua. Más allá, las reses están sumidas en el lodo. El río de Tulijá todavía cruza con fuerza las casas. El delegado de Tepetitán, Norberto Alamilla, dirá más tarde que la afectación al pueblo es del 100 por ciento. «Las mil 500 personas están damnificadas».

«¡El señor es reportero, va a tomarle fotos a tu casa!», va gritando Guadalupe y quiere que se entreviste a todo el mundo.

«Venga acá, en mi casa ya no está mi casa», dice un hombre en la azotea, donde halló refugio para su familia.

«Esa que se ve hundida hasta la mitad es mi casa». Quiere ir, pero una mujer que lava ropa detrás, con el agua hasta las rodillas, dice que por ahí vio ayer un cocodrilo de tres metros.
Guadalupe deja su cayuco y se mete a pie a lo que era un corral de cerdos. «Tuvimos que matar un cerdo porque no pudimos sacarlo y es lo que nos estamos comiendo».

Y cansado, insiste: «En las rancherías hay más gente, venga, pasa alguien y nos lleva en raid».

Cinco kilómetros después no pasa nadie. Sólo el rumor del agua y las hormigas, pero el hombre sigue con su enumeración del desastre: todo eso era yuca, allá estaba un campo de maíz, allá la jamaica».

«No somos más que indios chocos», dice Lino Alamilla, a un lado de la carretera del ejido Virginio Chan. Los pobladores viven sobre el arcén. Ahí pusieron lo que rescataron. Una estufa, un bafle mojado, un colchón húmedo. Amarrados de un alambre, los animales mojados sufren en silencio.

«Yo creo que el Presidente sí sabe que estamos aquí, porque salimos en las noticias», dice María Morán, pero una vecina le dice que sólo han venido los de la Guardia Nacional y sólo les tomaron fotos.

Guadalupe dice que más arriba hay más rancherías, que hay que ir a verlos y los damnificados lo rodean. «Tú lo que no quieres es que no sepan de nosotros».

«Me disculpa, señor, pero nosotros no nos quedamos con nada», se defiende, y luego reconoce a alguien y consigue una moto.

Hay vacas rodeadas de agua, otra muerta entre la laguna. Pasando el puente Castro y Güiro, el río cortó casi de tajo un pedazo de la carretera. Del otro lado hay unas vacas. Un ganadero se ofrece poner un cayuco para cruzar a tomar fotos, pero ya es muy tarde.

De regreso a Tepetitán, en el albergue temporal están descuartizando un cerdo que alguien donó, cuando una decena de personas se mete a gritarle al delegado que los 200 que ahí viven se quedan con toda la ayuda, mientras que a los demás no les llega nada. Se arma la discusión entre ellos. Hasta que Alamilla informa: salvo unas 50 colchonetas tampoco a ellos les ha llegado nada.

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