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lunes 29 de junio de 2026

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Opinión

Opinión

Por Javier Aparicio

El consentimiento del perdedor

Si sus instituciones son sólidas, como se presume, sabemos cómo acabará esta historia

Una de las más importantes lecciones de la derrota de Donald Trump para el resto del mundo es que los nuevos populismos pueden ser derrotados, siempre y cuando la arena electoral sea suficientemente competitiva. La primera parte del enunciado son buenas noticias para el avance de la democracia en el mundo. Sin embargo, el enunciado completo supone una condición clave: elecciones competitivas, libres y justas.
Por principio de cuentas, debemos poner en contexto lo que ha sucedido en Estados Unidos de 2016 a la fecha. La llegada de alguien como Trump al poder no puede interpretarse como un caso aislado. Según el reporte anual 2020 del proyecto internacional Varieties of Democracy (V-Dem), la “autocratización” —o el declive en la calidad de las democracias— se ha acelerado y, por primera vez desde el año 2001, hay más regímenes autoritarios que democráticos en el mundo: 92 países que comprenden a un 54% de la población mundial. Esta tendencia se debe tanto a regresiones democráticas de mayor o menor medida, como al endurecimiento de regímenes autocráticos. Casos emblemáticos de estas tendencias recientes son Hungría, Polonia, Turquía, India y, en nuestro continente, Brasil y… los Estados Unidos.
Entre las principales características de esta oleada de autocratización se encuentran crecientes ataques a la libertad de prensa y libertad de expresión en diversos países, así como a un deterioro en la calidad de los procesos electorales —como el observado en los, así llamados, autoritarismos electorales—. Por otro lado, en un número creciente de países, la polarización política ha afectado ya a la libertad de cátedra y el respeto a los derechos de asociación, manifestación y protesta.
Las acusaciones infundadas de fraude electoral pueden generar sospechas sobre una elección, una creciente desconfianza en el sistema electoral y las reglas escritas y no escritas de la convivencia democrática. Las acusaciones de fraude del presidente Trump pueden hacer creer entre sus simpatizantes (domésticos y extranjeros) que el resultado electoral es incierto, o que en realidad está muy reñido y que, por ende, bien vale la pena esperar los resultados definitivos.
Para despejar esa idea, basta comparar tres elecciones presidenciales reñidas en los mismos Estados Unidos: Bush vs. Gore en 2000, Trump vs. Clinton en 2016 y la de Biden este 2020. En la elección presidencial de 2000, el vicepresidente Al Gore superó en el voto popular a George Bush por 543,895 votos (un margen de 0.5 por ciento). Sin embargo, Gore perdió en el estado de Florida por 537 votos y, con ello, el Colegio Electoral. La elección fue sumamente reñida y controvertida y, tras un recuento parcial que fue interrumpido por la Suprema Corte, Gore concedió ante Bush en diciembre de ese año con un discurso memorable. En aquel año, un mal diseño de boleta —el butterfly ballot— en algunos condados de Florida le costó a Gore miles de votos, sin embargo, éste nunca denunció fraude, sólo quería estar seguro de haber perdido Florida.
En la elección presidencial de 2016, la senadora Hillary Clinton superó en el voto popular a Trump por 2.86 millones de votos (un margen de 3 por ciento). Sin embargo, Clinton perdió en tres estados clave —Michigan, Pennsylvania y Wisconsin— por menos de 50 mil votos cada uno (con márgenes menores a 1%) y, con ello, el Colegio Electoral. A pesar de ello, concedió a la mañana siguiente de la elección.
Hasta el momento, Joe Biden supera en voto popular a Trump por más de 5.2 millones de votos (3.4 por ciento). Logró ganar en Arizona, Michigan, Pennsylvania y Wisconsin por estrecho margen y, con ello, tiene una cómoda ventaja en el Colegio Electoral. La comunidad internacional ya lo felicitó, pero Trump no ha concedido ni parece querer hacerlo pronto.
Si Trump insiste en rechazar el resultado o en impedir una transición pacífica, pondrá a prueba el orden constitucional de los Estados Unidos. Si sus instituciones son sólidas, como se presume, sabemos cómo acabará esta historia. Esta crisis es una espada de doble filo. Otros líderes del mundo podrían querer seguir su ejemplo. Unos quizás desistirán de hacerlo para evitar el costo político de semejante pataleo. Pero otros podrían animarse a hacerlo y salirse con la suya al lograr doblegar instituciones y contrapesos más débiles que los de Estados Unidos. Hay que tener los ojos bien abiertos.

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