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sábado 30 de agosto de 2025

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Opinión

Opinión

Por José Elías Romero Apis

Beethoven 250 años

Beethoven había vivido para cambiar todo en la música. Schindler tenía razón
Esta semana se han cumplido 250 años del nacimiento de Ludwig van Beethoven y quiero homenajear la genialidad, desde mi insignificancia. La genialidad se da en seres excepcionales, en momentos excepcionales y en hechos excepcionales. No se es genio en todo momento ni para todo caso.
Tampoco requerimos de la obra genial en todo el tiempo. Necesitamos al genio sólo en tiempos excepcionales. Toca a nosotros identificar la necesidad, encontrar al genio y empatar a ambos.
En realidad, en toda actividad humana puede existir la genialidad. En la ciencia jurídica, el gran genio fue Hans Kelsen. Hoy, la mitad de los abogados somos kelsenianos y la otra mitad son antikelsenianos. Pero no hay tercera opción ni zona intermedia ni posición ecléctica. Kelsen es el referente ineludible de la perspectiva jurídica.
Si lo referimos a la política occidental de los últimos tres siglos, yo no dudaría en anotar a Alexander Hamilton y a James Madison. Quienes piensen en republicanismo, en federalismo, en democracia, en representatividad y en soberanía popular, pensarán como ellos. Hoy, en el mundo, 4 de cada 5 países siguen el modelo que ellos inventaron. Las ideas de Hamilton y Madison derrocaron más reyes que todos los revolucionarios juntos.
En la política mexicana, el referente de un siglo es Plutarco Elías Calles. Sin darse cuenta toda la alta clase política mexicana, de cualquier partido y de cualquier generación, ha pensado como Calles. De alguna manera, todos son Calles. Unos más y otros menos, pero todos Calles. Desde Echeverría, México no tenía un presidente tan afín a Calles hasta el actual Presidente. Y conste que Echeverría no quería a Calles, por razones familiares. Y conste que no sé si el actual presidente quiera o no quiera a Calles.
La genialidad podemos identificarla a partir de su efecto sobre los demás. Para ello, evoquemos a Beethoven. Cuando murió Beethoven, Felix Schindler dijo en su discurso elegíaco que, a partir de su maestro, la música jamás volvería a ser igual. Que Beethoven había vivido para cambiar todo en la música. Schindler tenía razón.
Algún día, en la informalidad matutina del vestidor, mientras me preparaba para el día escuché una versión magnífica de una obra de Brahms que disfruto mucho, intitulada Variaciones sobre un tema de Haydn. Su nombre la explica a plenitud. Contiene el diseño melódico y temático de una obra típica de Haydn, pero con la orquestación, la cadencia y la expresión propias de Brahms.
La obra refleja un dato muy interesante. Al reunir el espíritu de esos dos grandes compositores, el oyente advierte que entre ellos no sólo existen cien años de distancia, sino que, entre ellos, estuvo Beethoven. Y, como dijo Schindler, después de Beethoven ya nadie compuso ni ejecutó ni escuchó la música como se hacía antes de él.
Ése es el síndrome infalible de la genialidad. No tiene que ver con la privilegiada inteligencia del autor ni con la excelencia de una obra ni con el ingenio de un invento o de un adelanto. Frente a la música, sólo hay antes o después de Beethoven. No hay posición ecléctica ni zona intermedia ni tercera opción.
El genio se requiere en medio de las grandes épocas, sean buenas o malas. Para innovar en la guerra o en la paz, en la apoteosis o en la decadencia, en la opulencia o en la indigencia, en la esperanza o en la desilusión.
Pero siempre tiene que ir aparejado con la innovación. No tan sólo para ser buenos, laboriosos, honestos, inteligentes, valientes, leales o fuertes. Eso ya lo ha anhelado la humanidad a través de los siglos. Pero el genio es para lograr ser algo que antes no se nos había ocurrido ser. No para transformarnos sino para transmutarnos. No para ser mejores, sino para ser distintos.
La genialidad es aquel prodigio por virtud del cual, después de ello, todo sucede de manera diferente. Nada más, pero nada menos. Como el que gritó “tierra… tierra”. Como el que susurró “alea iacta est”. Y como el que les deseó que “la paz esté con ustedes”. Después de eso, ya nada y ya nunca volvió a ser igual.

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