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miércoles 24 de junio de 2026

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La rebelión de los jóvenes

La rebelión de los jóvenes

Por José Elías Romero Apis

Tengo mayor esperanza en los jóvenes que en mis contemporáneos. Creo que a ellos ya no les gustará nuestra corrupción, nuestra irresponsabilidad, nuestra inconsciencia, nuestras equivocaciones y nuestro cinismo

Suelo destinar los días feriados a la convivencia familiar, en un clima cómodo y en una vida casera. Así que este raro diciembre no difirió de nuestras costumbres. En nuestras pláticas de sobremesa, pude preguntar a los jóvenes más cercanos que tengo en la vida, algo que no me respondía por mí mismo.

La pregunta es muy sencilla, como lo son todas las preguntas de difícil respuesta. ¿Qué es lo que no les gusta a los jóvenes? Les pedí que descartaran aquello que no le gusta a nadie, sean jóvenes o viejos. La corrupción, la delincuencia, la pobreza, el subdesarrollo y la ingobernabilidad.

Su respuesta fue muy directa, además de muy inmediata. Ello me indicó que no les tomé por sorpresa, sino que es un dolor juvenil que viene desde hace años. Un fuerte desagrado es la falta de compromiso de nuestros gobiernos con las actuales y las futuras generaciones. El otro, no menos punzante, es la falta de seriedad en el ejercicio del poder.

En México, ya llevamos 26 años y cinco gobiernos aplicados a lo inmediato sin verdadera atención hacia lo futuro. Con un exceso de presentismo y una absoluta falta vista hacia el porvenir.

En algún momento me dijeron algo irrebatible. Que la generación de su abuelo se preocupó mucho más por mis hijos, que lo que la mía se preocupó por mis nietos. En efecto, tuve que reconocer con mi vergüenza que mi padre hizo más por sus nietos que yo por los míos.

La generación de mi padre sufrió críticas, burlas y hasta leperadas por construir lo que se consideraba una presunción inútil. La Ciudad Universitaria, el hospital de La Raza y el Centro Médico Nacional. La Comisión Nacional de Irrigación y sus grandes presas hidroeléctricas. El sistema de infraestructura. El sistema Cutzamala y el drenaje profundo. El sistema nacional educativo, que comenzaba con desayunos escolares y terminaba por los conjuntos museográficos y hasta un auditorio nacional.

Se aguantaron chistes y guasas por crear Acapulco, Huatulco, Ixtapa, Los Cabos y Cancún; por construir el Metro y Tlatelolco; y por fundar el ISSSTE, el Infonavit, el DIF y la Conasupo. En el ámbito de las cosas inmateriales los criticaron por instalar el sistema laboral, el desarrollo estabilizador, la reforma política mexicana y el sistema de libre comercio.

En cuanto a lo segundo, los jóvenes también tienen mucha razón. La seriedad es indispensable en toda política de gobierno. Que sea de-a-de-veras y no de-a-mentiras. Que la palabra tenga un valor de escritura notarial y no de papel de baño. Pero hemos vivido muchos años en medio de una política poco seria.

Lo diré muy claro con un solo dato. En México, el crimen ha medrado porque es una organización seria mientras que la seguridad ha fracasado porque no ha sido seria. En el lado de los gángsteres, el que no cumple se muere. En el lado de los gobernantes, el que no cumple, asciende.

Aclaro que no me gusta la seriedad dictatorial ni la represión. Soy de la juventud del 68 y me gusta la libertad, la tolerancia y la paz. Pero, por ser de esa generación, me gusta la seriedad. Aprendí, muy bruscamente y muy dolorosamente, que la política es una bebida muy fuerte y que es algo demasiado serio. Vi cómo los que perdieron, se murieron y vi cómo los que ganaron, se destruyeron.

A los jóvenes les inquieta mucho la dificultad que enfrentan nuestros gobiernos para imaginar el México dentro de 20 años. Parece muy lejos y, sin embargo, el 2040 está a nuestra misma distancia que el 2000.

Tengo mayor esperanza en los jóvenes que en mis contemporáneos. Creo que a ellos ya no les gustará nuestra corrupción, nuestra irresponsabilidad, nuestra inconsciencia, nuestras equivocaciones y nuestro cinismo.

Pero, al mismo tiempo, tengo el presentimiento de que, tampoco, podremos culpar al pasado sino al presente. Que no podré culpar a mi padre, sino tan sólo asumir la culpa de que a mis hijos y a mis nietos ya no les guste su única herencia. ¡Vamos!, para decirlo directo, tengo mucho miedo de que ya no les guste México.

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