
Por Pascal Beltrán del Río
Periodismo y poder
“Lo único que falta para causar una revolución es la censura”, escribió el duque de Dolberg, días después de que el rey Carlos X de Francia hubiera disuelto la Guardia Nacional de París como reacción a la victoria de sus críticos en las elecciones de abril de 1830.
“Preferiría que me cortaran la cabeza”, añadió.
No falló en su pronóstico. El 26 de julio siguiente, el monarca emitió sus Cuatro Ordenanzas, excluyendo a la clase media de futuras elecciones, limitando el tamaño y los poderes del Legislativo y suprimiendo la libertad de prensa.
Lo que provocó con ello fue, efectivamente, una revolución —la de las Tres Gloriosas—, que hizo abdicar al rey, quien tuvo que huir a Inglaterra.
Si bien los periódicos monarquistas, como Le Moniteur, habían suspendido sus publicaciones en acato de las Ordenanzas, unos 50 periodistas se reunieron en la sede parisina de Le National, donde firmaron una protesta colectiva y acordaron seguir publicando. Al día siguiente, el periodista Armand Carrel (1800-1836) escribió en las páginas del diario: “Francia vuelve a la revolución por decisión del propio gobierno. El régimen legal ha sido interrumpido. Por la situación en la que nos han colocado, la obediencia deja de ser una obligación”.
Al año siguiente, 1831, el nuevo gobierno envió al filósofo y abogado Alexis de Tocqueville, y al magistrado Gustave de Beaumont a Estados Unidos a estudiar la organización social de ese joven país. La encomienda se centraba en el sistema carcelario estadunidense, pero los viajeros no se quedaron ahí e indagaron a fondo sobre el sistema político.
Como resultado de ese viaje de nueve meses, Tocqueville escribió La democracia en América, obra que se publicó en dos volúmenes, en 1835 y 1840, respectivamente. En ella, al reflexionar sobre la democracia estadunidense y los peligros que entraña ese sistema de gobierno, concluye que funciona gracias, sobre todo, a la libertad de prensa.
En el volumen I, parte II, capítulo III, Tocqueville reconoce que la prensa puede llegar a cometer excesos, pero que es imposible evitarlos sin crear una amenaza a la libertad. “Cuando se trata de la prensa, no hay medio camino entre la servidumbre (una prensa sometida al poder) y la licencia (una prensa enteramente libre). Para poder cosechar los frutos inapreciables de la libertad de prensa, hay que aceptar los males que provoca”. Y agregó: “Cuanto más considero los efectos principales de la independencia de la prensa, más convencido estoy de que, entre los modernos, la independencia de la prensa es el ingrediente más importante de la libertad. Por tanto, un pueblo que quiera seguir siendo libre tiene derecho a insistir en que la independencia de la prensa es el ingrediente de hecho esencial de la libertad”.
En el caso de México, no pueden subestimarse las aportaciones de la prensa a la transición democrática que tuvo lugar luego de siete décadas de autoritarismo. La persistencia de muchos periodistas por mantener espacios de libertad de expresión en el contexto de un régimen que pretendía controlar todo lo que dijera —al punto de dictar las cabezas de los diarios desde la Secretaría de Gobernación— fue clave en abrir paso al voto libre de los ciudadanos.
Pretender que esa experiencia se puede y, peor aún, se debe olvidar —para dar paso a una nueva etapa de control— es una mala lectura de la historia. Si hubo periodistas que insistieron en la libertad cuando ejercerla podía significar el exilio, la cárcel o incluso la muerte, pretender maniatarlos ahora con la amenaza del desempleo —apelando a que los dueños de los medios los limiten— es una mala apuesta.
Hay gobernantes que piensan que el dinero es el único o el mayor estímulo de quien informa y opina. Puede serlo para algunos, pero estoy seguro de que, para la mayoría, es el placer de crear lo inédito.
Por citar a David Kessler —un influyente observador de los medios, quien fue asesor de comunicaciones de la Presidencia de Francia—, ese placer es inversamente proporcional al que tiene el tomador de decisiones cuando ve sus planes reventados, sus decisiones secretas reveladas y sus acciones denunciadas.
“Ése es el poder esencial del periodismo: agregar lo imprevisto a lo previsto; interrumpir un calendario predefinido, poner de cabeza el tiempo político y descubrir para la opinión pública lo que el poder intenta esconder”.