
«Ya viajábamos con miedo, pero ahora más», comenta Brenda en el Metro de Ciudad de México, al día siguiente de que 24 personas murieran al colapsar un tramo del elevado por donde recorre el tren.
«Dicen que le dan mantenimiento, pero a mí se me hace que no, se me hace que los cinco pesos que pagamos [por viaje] se los roban», añade indignada la mujer en la estación Candelaria, cerca del Centro Histórico.
De 30 años y obrera en una fábrica de zapatos, Brenda sigue impactada por las imágenes de los rescatistas tratando de sacar a los pasajeros de los vagones, que quedaron colgando del viaducto a unos 12 metros de altura la noche del lunes.
Antes de salir de casa la mañana de este martes, sus tres niños y su madre le dieron la bendición. «De todo le pasa a este Metro, pero no hay de otra», prosigue mientras se acomoda el cubrebocas que la protege del coronavirus.
La línea 12 del Metro, donde ocurrió el accidente, ya había tenido problemas en el diseño, operación y mantenimiento de las vías, según un estudio de 2014 contratado por el gobierno capitalino.
El resto de la red también ha estado plagada con problemas de seguridad.