La fatiga y la desesperanza es evidente en el semblante de los ucranianos que lograron huir del ataque ruso y llegaron a esta frontera.
Como los hombres están llamados a combatir, en la línea fronteriza se observa sobre todo a mujeres con carriolas o niños de apenas unos cuantos años caminando bajo la ligera nevada que cae, con una temperatura de -2 grados centígrados.
De acuerdo con el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, unas 660 mil personas se han desplazado de Ucrania hacia países colindantes, como Rumania o Polonia.
En Siret se ha desplegado una ayuda humanitaria coordinada entre autoridades locales y organizaciones civiles, para tratar de mitigar el drama.
En el campamento está un adolescente con un letrero improvisado en una hoja blanca de papel con el nombre de un niño.
«Estoy esperando a un amigo, tiene ocho años y viene solo porque su papá está en la milicia», cuenta.
«Ya va a cruzar, estoy en contacto con él por celular, su hermana está en camino de Alemania para recogerlo, pero yo voy a esperarlo aquí».
El joven está en un área restringida para la prensa, así que un agente de la Gendarmería de Rumania impide presenciar el momento del encuentro, si es que en algún momento ocurrió.
Quienes huyen de Ucrania recorren el último tramo a pie, soportando temperaturas gélidas, y llegan al lado rumano donde se han instalado carpas azules que sirven como un primer refugio del frío para los desplazados de la guerra.
También se les brinda alguna bebida caliente y alimentos.
Más adelante, organizaciones civiles y religiosas ofrecen todo tipo de ayuda a los desplazados, desde intérpretes para darse a entender hasta ropa, pero también apoyo psicológico y hospedaje temporal.
Unos autobuses esperan cerca para trasladarlos de manera gratuita a otros países como Italia, en un viaje de día y medio que inicia cuando la unidad se llena.
«Las ves destruidas, emocionalmente destruidas; dejaron sus familias, sus esposos, sus casas, vienen a un país que conocen muy poco y creo que no pueden visualizar su futuro», resumen Silvio Starko, un voluntario de la organización ADRA que ha visto a las personas desplazadas durante los últimos seis días.
Hasta Siret ha llegado también Giorgian Rotar, un sacerdote ortodoxo que ayuda a los desplazados con hospedaje y alimentación.
«Mi corazón es muy grande, pero es pequeño para todas las cosas que por la guerra les pasan a las personas», lamenta.
Por este cruce fronterizo han pasado ucranianos, africanos, marroquíes, turcos, rumanos, europeos, latinoamericanos, de acuerdo con el capitán del cuerpo de Bomberos Marius Rus.
‘Ella me dice: ‘bebé, la guerra empezó»
Para refugiarse de los ataques rusos en Kiev, el michoacano Omar Aviña y su prometida ucraniana corrieron desde su departamento hasta la estación del metro que se había convertido en un búnker.
«Temimos por nuestra vida. Se oían los aviones volando bajo, las explosiones alrededor y todo retumbaba, la tierra, las ventanas», recuerda el oriundo de Jacona.
Aviña se enteró de la guerra porque la mamá de su novia les habló por teléfono la mañana del 24 de febrero.
«Ella me dice ‘bebé, la guerra ha empezado'», cuenta.
«Yo quedé en shock, de hecho hasta ahora no lo asimilo, parece una película, no sabíamos que ya habían entrado también por el norte, cerca de Kiev, y ahí empezó el terror».
En la estación del metro convertida en búnker vivieron seis días, hasta el martes pasado. En una de esas jornadas Omar fue encañonado por los agentes de seguridad, pues no desconectaba su teléfono de uno de los pocos enchufes que había.
La boda entre ambos sigue en marcha, pero antes deben ir a Jacona a tratar de poner sus vidas en orden.
Aviña fue uno de los mexicanos que salió de Kiev esta misma semana, a bordo de un autobús dispuesto por la Embajada mexicana.
Los connacionales lograron llegar a Siret, ciudad fronteriza de Rumania, de donde fueron trasladados a Bucarest, donde abordaron un vuelo militar hacia la Ciudad de México.
Otro de los mexicanos que arriesgó la vida para salir de Ucrania fue Guillermo Padilla, quien vivía desde hace año y medio en Vasylkiv con su esposa ucraniana.
«Yo tenía mi vida ahí, la estaba empezando, he sido despojado de mi casa, de mi residencia, de todo, de mis pertenencias; mi esposa y yo viajamos con una maleta y es todo lo que tenemos», lamenta Padilla con el llanto atorado en la garganta.