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miércoles 24 de junio de 2026

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Bitácora del director

Bitácora del director

Por Pascal Beltrán del Río

Colombia: ¿novela rosa o realpolitik?

La política triunfadora –en esencia, la que toma el poder y lo ejerce– tiene poco o nada de romántica.

Hay a quienes les gusta creer en novelas rosas, protagonizadas por luchadores sociales que se echan sobre los hombros las causas de los desamparados y, con todo en contra, hacen una revolución o ganan las elecciones, y el resto de sus vidas, cuales padres bondadosos, se dedican sólo a ver que no le falte nada a su pueblo. Y, por supuesto, hay políticos que venden esos culebrones y procuran que se crea en ellos.

El ejemplo más reciente de ese tipo de novela rosa se construye en torno del triunfo de Gustavo Petro en la segunda vuelta de la elección colombiana. La mayoría de los encabezados de la prensa internacional contribuye a una visión romántica sobre el éxito del personaje. Pero Petro ganó no tanto porque Colombia haya “girado a la izquierda” como porque el exalcalde de Bogotá tuvo la visión de negociar con una parte de la clase política tradicional para hacerse de los votos necesarios para superar a su contrincante. De otro modo, la noticia habría sido que Colombia “giró hacia el populismo de derecha”, encabezado por Rodolfo Hernández, rival de Petro.

Así como en el futbol no gana el equipo que juega más bonito, sino el que anota más goles; en las elecciones, el candidato triunfador no es el que fabrica la historia más conmovedora, sino el que consigue más votos. A veces, se dan las dos cosas, pero lo que lleva a un político al poder es su habilidad para ganar.

Hasta el domingo pasado, Gustavo Petro no había superado el umbral de los 8 millones de votos. Los obtuvo en la segunda vuelta de la elección de 2018 y en la primera vuelta de las de 2022. Por eso muchos pensaban que era imposible que lograra derrotar a Hernández, y que lo único que éste tendría que hacer sería sentarse a esperar que los sectores tradicionales, espantados por un posible triunfo petrista, le entregaran sus votos.

Hernández cometió un pecado capital de la política: el exceso de confianza. Prácticamente dejó de hacer campaña, aconsejado así por su equipo, que estaba temeroso de que fuera a decir alguna tontería de las que acostumbra y eso le costara la elección. ¿Qué hizo Petro? Apeló a la realpolitik: negociar con los sectores tradicionales que le aseguraran los votos suficientes para ganar. Y aunque su rival prácticamente dobló su votación de la primera vuelta, él obtuvo 2.7 millones más en el balotaje, suficientes para ganar.

¿Eso habla mal de Petro? De ninguna manera. Lo retrata simplemente como un político pragmático –de esos que desprecia el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador–, capaz de establecer un pacto para llegar en primer lugar. ¿Con quién negoció el hoy mandatario electo de Colombia? De acuerdo con medios locales, principalmente con el grupo político del expresidente Juan Manuel Santos, acérrimo rival de su antecesor, Álvaro Uribe.

 Muchos días antes de que los colombianos fueran a las urnas, la revista Semana ya había detectado los acercamientos entre los dos bandos. “Santismo, una fuerza predominante en la campaña de Gustavo Petro”, tituló su reportaje.

Después de la victoria de Petro en la primera vuelta, agregó Semana, hubo “una avalancha de exfuncionarios santistas buscando lugar dentro de la campaña de Petro”.

El anuncio de los posibles integrantes del gabinete petrista ha dejado claro que alguna negociación ocurrió. Entre quienes están alineados para formar parte del nuevo gobierno está Alejandro Gaviria, ministro de Salud durante el gobierno de Santos (2010-2018), y apuesta del santismo para alcalde de Bogotá, cargo que se elegirá en 2023. También se menciona a Rudolf Hommes, quien fue ministro de Hacienda del presidente César Gaviria y artífice de la apertura económica.

Mientras el presidente López Obrador denunciaba desde México que Petro era víctima de una “guerra sucia”, éste hacía lo que hacen los políticos cuando quieren ser exitosos: pactar.

De nuevo, ese pragmatismo no habla mal del próximo presidente de Colombia, sólo lo retrata como un político hábil, capaz de ganar elecciones. Pero también demuele la versión romántica de su triunfo, en la que muchos parecen dispuestos a creer.

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