MONTERREY, NL.-En «Los Presidentes», Julio Scherer cuenta sobre el día en que los empresarios de Monterrey fueron citados para una reunión urgente con el entonces Presidente Luis Echeverría Álvarez.
Los industriales llegaron temprano, puntuales, y fueron recibidos por asistentes que dijeron desconocer sobre la cita. Finalmente fueron devueltos: que agendaran una reunión si querían ver al Presidente.
Así fue la relación entre el mandatario y los empresarios de la Ciudad: tirante, difícil. «Encapuchados de Chipinque» les llamaba el mandatario, enterado de las críticas que le hacían a su gobierno.
Al principio de su administración hubo cierto periodo de gracia: Gustavo Díaz Ordaz había asumido la responsabilidad de la masacre en Tlatelolco y la mano de Echeverría en la matanza no era del todo visible, lo que para algunos era un nuevo comienzo, acaso esperanzador: «Echeverría o el fascismo», expresó Carlos Fuentes.
Un primer conflicto vino cuando el Presidente se inmiscuyó en el debate por la Ley Orgánica de la Universidad de Nuevo León en tiempos del Gobernador Eduardo A. Elizondo, quien promovía un proyecto que buscaba rendición de cuentas por parte de la institución. Esto despertó la inconformidad de un sector de la comunidad universitaria, que salió a las calles a protestar.
Echeverría envió como negociador al Secretario de Educación, Víctor Bravo, para conseguir la aprobación de otra Ley Orgánica, contrapuesta a la de Elizondo.
Ante esto, y fiel a sus ideas, Elizondo renunció el 5 de junio de 1971. De acuerdo con cercanos, el Presidente intentó comunicarse con Elizondo para evitar su salida, pero el Gobernador no tomó la llamada.
Cinco días después, una manifestación en la Ciudad de México en apoyo a los estudiantes de Monterrey sería reprimida por fuerzas policiacas y paramilitares conocidas como «Halcones», agresión recreada en la película Roma, de Alfonso Cuarón.
Hubo muchas víctimas y desaparecidos, sin número oficial, y Echeverría buscó a un responsable y lo encontró en el Regente capitalino, Alfonso Martínez Domínguez, quien tuvo que renunciar.
«Vaya y dígale a su familia que va a hacerle un favor al Presidente de la República», le dijo Echeverría cuando le pidió la renuncia al futuro Gobernador de Nuevo León, quien debió permanecer años en la sombra.
En 1979, Martínez Domínguez le contó a Heberto Castillo su versión de la matanza del Jueves de Corpus, que apareció en Proceso: previo a la manifestación, el Presidente habría dicho que los organizadores «quieren calar a mi gobierno, pero los vamos a escarmentar… la izquierda me está toreando, quieren que muestre debilidad y entonces se me subirán a las barbas.
«Los meteremos al orden».
Ese 10 de junio que comenzó la represión, el que fuera Gobernador se encontraba en Los Pinos con Echeverría, quien tomaba llamadas telefónicas: «Sí, dígame. ¿Heridos? Llévelos al campo militar. No permitan fotografías».
Más llamadas: «¿Herido uno de los nuestros? ¿Muerto? Al campo militar. ¿Hay más enfrentamientos, muchos muertos? Todos para el campo militar. ¿A la Cruz Verde? No, no. No permitan fotos. Quémenlos… Quemen a los muertos. Que nadie quede. No permitan fotografías».
Eso fue lo que Martínez Domínguez dijo que sucedió.
El intento de secuestro y asesinato del empresario Eugenio Garza Sada el 17 de septiembre de 1973 y otros sucesos delictivos asociados con grupos guerrilleros en el País deterioraron para siempre la relación de la iniciativa privada y de la sociedad regiomontana con el gobierno.
El mensaje de Ricardo Margáin Zozaya en la despedida del empresario, con Echeverría presente en el Panteón del Carmen, aún se recuerda:
«Sólo se puede actuar impunemente cuando se ha perdido el respeto a la autoridad, cuando el Estado deja de mantener el orden público; cuando no tan sólo se deja que tengan libre cauce las más negativas ideologías, sino que además se les permite que cosechen sus frutos negativos de odio, destrucción y muerte».
Siguieron el exterminio de opositores (con el secuestro en 1975 de Jesús Piedra Ibarra, ligado a la Liga 23 de Septiembre, comienza formalmente la desaparición forzada en Nuevo León), la delincuencia desatada, las crisis que durarían décadas.
Así fue la relación entre Nuevo León y Echeverría, el hombre que murió ayer a los 100 años tras lograr evadir toda responsabilidad jurídica por los crímenes que se le atribuyen. Menos la histórica.