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miércoles 24 de junio de 2026

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Juegos de poder

Juegos de poder

Por Leo Zuckermann

Gracias, Héctor

Celebro que la Feria Internacional del Libro de Monterrey haya decidido homenajear a Héctor Aguilar Camín en sus diferentes facetas: como narrador, ensayista, periodista, historiador e intelectual público. El hecho de que se puedan hacer sendas mesas de cada una de estas actividades es, en sí mismo, una proeza. En todos sus trabajos, Héctor ha destacado en las últimas décadas convirtiéndolo en una de las mentes más brillantes de nuestra República.

Como puede verse de este arranque, yo me declaro fan de Aguilar Camín. Siempre lo he sido, desde la primera vez que lo conocí en la casa de Soledad Loaeza, quien invitó a algunos alumnos de El Colegio de México a conocer al autor de Morir en el Golfo. Ya por entonces, Héctor era una leyenda en mi alma mater.

Luego tuve el enorme privilegio de que Aguilar Camín fuera mi maestro en la Universidad de Columbia en Nueva York. Si no me equivoco, ésta ha sido la única clase que dio el homenajeado en su vida porque, de lo contrario, también habría una sexta mesa del gran profesor. Ahí, Héctor se convirtió en uno de mis mentores. No tengo palabras para agradecerle sus múltiples consejos que me ha dado a lo largo de mi vida, todos siempre certeros.

Pero basta de declaraciones de amor y pasemos a lo que me tocó decir en la mesa de ayer en la Feria de Monterrey sobre Aguilar Camín como periodista, en particular como analista. Eso que su gran amigo Jorge Castañeda acuñó con el nombre de “comentócrata”.

Héctor ha participado en diversos medios de comunicación. Fue colaborador y subdirector de La Jornada, cuando este periódico era uno de los pocos críticos del gobierno en turno. También participó en Unomásuno, en sus épocas de gloria. Hoy escribe de lunes a viernes en Milenio. Su columna, Día con día, es lectura obligada para todos aquellos que quieran saber qué está pasando en México y en el mundo. No sólo en la política, sino en temas como literatura e historia.

Aguilar Camín tiene una inigualable cualidad de pensar las cosas. Casi casi podemos ver cómo, cuando cierra sus ojos, está funcionando su cerebro. Siempre lúcido, traduce sus ideas en textos gustosos. Su pluma es única. Admiro y envidio su prosa. Sus analogías son increíbles. En una frase, Héctor puede resumir toda una vida.

Confieso que yo me hice columnista tratando de seguir los pasos de mi mentor. Esta actividad es como el beisbol. A veces uno mete un cuadrangular con una muy buena columna. A veces lo ponchan con una mala. El chiste es tener un buen promedio de bateo. Bueno, pues Héctor es el Babe Ruth del columnismo mexicano. No se cansa de meter cuadrangulares. Su promedio es de los mejores de la historia.

Héctor me invitó a participar en Zona Abierta en Televisa. Tuve el enorme privilegio de hacerlo. Ahí pude discutir con intelectuales del tamaño de Carlos Monsiváis. Las mesas siempre eran de un gran contenido. Me atrevo a decir, sin ánimo de exagerar, que este programa contribuyó para la eventual democratización del país. Finalmente, la televisora más importante de México, gracias al liderazgo de Leopoldo Gómez, ponía al aire programas donde se podía debatir con toda libertad. Y, al mando de uno de ellos, Zona Abierta, estaba nada menos que Aguilar Camín.

Ya había dicho que yo me hice columnista siguiendo los pasos de mi profe Héctor. Bueno, pues ahora toca reconocer que yo me hice conductor de programas de opinión y debate también gracias a Héctor. Yo visualizo a Es la hora de opinar, el espacio que conduzco de lunes a viernes en FOROtv, como un hijo de Zona abierta.

Aguilar Camín, siempre agudo y preciso, tiene una capacidad sensacional de analizar la política. Entiende los resortes que mueven a la gente con poder. Además, cuenta con un vasto conocimiento histórico que utiliza con frecuencia.

Pero hay una cosa que admiro en particular de Héctor y que he tratado de imitar en mi propia vida profesional: el sentido del humor. No es frecuente, en el mundo de la “comentocracia”, tan propenso a la pedantería, de reírse de lo que está sucediendo. Y no se malinterprete esto como una tendencia a la trivialización de los hechos. Para nada. Al revés, Héctor también puede enfurecerse cuando la situación lo amerita. Pero también de entrarle a la burla, esa forma tan mexicana de lidiar con una realidad abrumadora.

Héctor, de verdad muchas gracias. Como se diría en buen mexicano: “eres un chingón” en todo lo que haces.

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