Por Yuriria Sierra
Aliados
El caso corrió en redes con la velocidad con la que se anotaron los goles en Qatar. Y lo hizo con más fuerza en los días previos a la final del Mundial de Futbol: Amir Nasr-Azadani, un atleta a punto de perder la vida “por mostrar su apoyo a las movilizaciones de mujeres en Irán”, rezaban los titulares con la primera información. Después llegaron los detalles: el joven de 26 años está acusado de participar en el asesinato de tres agentes de seguridad, ocurrido el pasado 16 de noviembre. Esto habría sucedido durante las protestas por la muerte de la joven Mahsa Amini en una estación de policía en septiembre, le he contado aquí sobre esto. Familiares y organizaciones sociales denuncian que Amir confesó el crimen, pero tras ser víctima de tortura. Aunque las autoridades aseguran tener pruebas contundentes contra él y otras nueve personas. En caso de ser encontrado culpable, podría ser castigado con la horca. Sí, la horca.
Este caso no sólo ha puesto en alerta a varios grupos en la comunidad internacional. Organizaciones y figuras públicas piden interceder por Amir, acto que ojalá suceda; pero esto es también oportunidad para hablar de lo urgente que es el tejido de redes, de alianzas. Amir no es el único detenido involucrado en las movilizaciones por Mahsa Amini, de hecho, antes de él, al menos dos hombres han sido ejecutados públicamente por participar en las protestas, en donde, además, se contabilizan más de 300 muertos.
Irán es uno de los países más rigurosos de su región en el cumplimiento de sus normas. Es por eso que estamos en pleno 2022 y la muerte de una joven de 22 años tuvo que ocurrir para que los ojos del mundo vieran con mayor detenimiento las condiciones en que las mujeres deben vivir en ese país antes de ser consideradas delincuentes. Y con el caso de Amir, también vemos con más claridad la dureza de las normas que aplican contra los hombres que se unen a la causa de las mujeres, porque los hombres que están bajo proceso iraní por ser parte de las protestas llegaron porque reaccionaron a la escalada de violencia que ejercieron las fuerzas oficiales contra las primeras manifestantes. Primero ella, Mahsa, la víctima; luego ellas, tantas, las que salieron a exigir justicia por su muerte; después ellos, los hombres, que se unieron a la causa contra un régimen que lo mismo detiene a hombres y mujeres con tal de ejercer su cuestionable control.
En los primeros días de las movilizaciones, antes de que se incrementaran los arrestos, fueron otros futbolistas iraníes, como Amir, quienes desde su trinchera posible comenzaron a levantar la voz: “El último castigo será mi expulsión de la selección nacional, pero es un pequeño precio a pagar por un solo mechón de pelo de las mujeres iraníes. Siento vergüenza por lo fácil que es matar al pueblo. Vivan las mujeres iraníes…”, escribió Sardar Azmoun, estrella de la selección nacional de Irán, publicado en redes. A esto se unieron sus compañeros abrazados en el campo, los seleccionados entonaron el himno nacional de su país previo a un encuentro con Senegal en septiembre pasado, portaban una chamarra negra para no mostrar símbolo alguno del gobierno de su país. Después de eso, algunos recibieron amenazas.
Hoy, la vida de Amir y otros 20 hombres detenidos bajo las mismas condiciones están en riesgo. Y qué importante hablar de los hombres como aliados de las causas de las mujeres; porque éste es un ejemplo de que todos los seres humanos somos presa de la violencia sistémica que inicia vulnerando derechos de un sector, en este caso, el de las mujeres, pero que también es capaz de castigar a quienes levantan la voz ante estas injusticias.
Lo he escrito aquí en varias ocasiones, insisto: nada sobra cuando la batalla es contra un pequeño grupo que toma decisiones y asume que son los únicos capaces de mantener el control. En el caso de aquel país y sus mujeres, es una cuestión de vida y libertad (también para sus hombres).