Cocinar sin amor, es como querer amar sin estar enamorado
Por: Chef Capú
El mundo está dividido en dos bandos: quienes aman la cocina y quienes la odian. Ambos tienen sus causas emocionales, prácticas, fundamentadas.
Todas son válidas. Y tú , ¿de qué lado estás?
Hay quienes evitan el mismísimo acto de cocinar porque les aburre, les da flojera , les molesta limpiar los sartenes y ollas les parece complejo, les da miedo elaborar hasta el más simple plato porque desconfían de su resultado, o por miles de razones más.
Yo me ubico en la vereda de enfrente. En la de quienes disfrutan desde el momento mismo de la compra o de la cosecha pasando por la inevitable limpieza de lo que se cruza por el camino, hasta el fin, el sublime instante en que la comida se aprecia con todos los sentidos y aflora el sutil aroma de las especias, la paleta de colores en el plato, la particular textura de cada preparación, el intenso sabor de la frescura elaborada y el sonido del manjar en boca.
Porque el acto de cocinar involucra un proceso extenso, un acto de amor para nosotros mismos y para quienes alimentaremos. Desde el momento en que elegimos qué comprar o qué cosechar, porque nos atrae el aspecto o porque tenemos ganas de comer eso, hasta en diseñar cómo lo elaboraremos: lavarlo, cortarlo, condimentarlo, cocinarlo, emplatarlo, y consumirlo.
En la cocina intervienen muchas emociones. La misma transformación de los alimentos genera, en quien los tiene entre manos, un sinfín de sensaciones. Ni que hablar cuando de ingredientes bien frescos se trata. De esos que hace un rato estaban en la huerta o en la granja. Transmiten su energía. En algún momento, todo se toca: al lavarlo, al cortarlo, al amasarlo, al cocinarlo… Se toca con las manos o con utensilios, pero se toca. Y ahí se siente su amabilidad, su delicadeza, su nobleza. Se huele su perfume. Se disfruta su color. Se oye su sonido. Se degusta en su estado intermedio. El cocinero que ejercita sus sentidos, disfruta de cada emoción que se le presenta en ese momento. Y entonces se cuela el ingrediente más importante: el amor.
Esa es la diferencia entre un bando y otro. La misma receta aplicada a rajatabla puede salir manjar de los dioses o espectacular suela de zapato al plato. Muchas veces repito: tiene la onda del momento. En esos días en que todo es color de rosas, la comida nos sale como para banquete privilegiado. El cansancio, los problemas, el estrés juegan como golazo en contra, hacen del resultado de cocinar una experiencia para no repetir. Y quienes consumen lo sienten: se te quemó, se te pasó la pasta, el arroz está crudo, tiene demasiada sal, está insulso y tantas otras cosas más.
Falta amor, falta pasión, falta onda. Por la razón que fuera. Falta sentir la magia de lo que ofreceremos en la mesa. Falta transmitirle respeto hacia su esencia, ese respeto que hace que el cuchillo lo troce perfecto, el fuego lo dore increíble, la salsa maride armoniosa. Ese respeto que sólo se logra con los sentidos atentos y con la pasión en danza. Porque el amor es el ingrediente único y más importante de cualquier comida. Cocinar es un acto de amor. ¿Ya te cambiaste de bando?
《El amor es el principal condimento de una buena comida.》
Una de las muestras de amor más increíbles que podemos recibir, es a través de la comida. Alguien que dedica su tiempo para prepararnos un plato comienza pensando en qué forma nos podría complacer, que invierte además su esfuerzo y dedicación en algo tan básico como comer, está regalando su amor. Ese primer bocado de comida preparada por una persona especial es como un abrazo al alma.
La comida es algo que todos necesitamos. Nuestro cuerpo no puede vivir sin comer y como somos mente, cuerpo y espíritu, la forma en que cocinamos se transforma de alguna manera, en alimento para el alma. Tiene que ver con el tiempo y la energía que dedicamos al otro
Esta afirmación no tiene por qué espantar a los que no les gusta la cocina. Cualquier actividad se puede transformar en un acto de amor. Lo único que intento es comunicar mi versión sobre la cocina.
Todos tenemos que alimentarnos. Sin duda no es lo mismo comer que nutrirse. La persona que cocina para otros no sólo nos alimenta, nos da de comer que es una necesidad básica de todo ser humano. También nos nutre. Entiendo por nutrir los tres significados de diccionario:
•Proporcionar las sustancias que necesita el organismo de un ser vivo para completar lo que pierde y para crecer. Alimentar.
•Abastecer o llenar una cosa de lo que necesita para funcionar.
•Aumentar o dar fuerzas, especialmente de tipo moral, a una persona.
Cuando planifico la comida se ponen en juego todos mis sentidos, el gusto, el tacto, el aroma, la vista de los colores. Me encanta pensar que esta actividad va a generar algo placentero en mi familia, mis amigos mis comensales.
Es una manera de decirles a cada uno: me importás, quiero que disfrutes del alimento, quiero elegir comida sana y quiero que éste sea un momento de compartir un gusto, un sabor, una charla, una sobremesa y que mi comida sea nutritiva para ti. Nutritiva del punto de vista del alimento en sí y también que lo recibas con todo el cariño, amor y pasión que yo le pongo.
Quiero darte fuerzas, que te llenes de energía con esta comida, calmar tus penas si es necesario y quizás entiendas lo que significa compartir. Puede ser a la hora del desayuno, al almuerzo, al té o a la noche.
Mientras cocino me concentro en lo que estoy haciendo. Estoy en el aquí y ahora. El tiempo no existe. Ese momento tiene un gran sentido para mí. Lo disfruto. Uso toda mi creatividad para llegar a los demás. Para mí es un arte.
Nunca sentí que cocinar fuera una obligación, o como algo que parte de lo básico y necesario.
Empecé a interesarme en la cocina como quien se interesa en el arte.
Me imagino que aunque los demás no puedan sentir lo que yo siento, me enorgullece ponerle tanto amor y dedicación. Me encanta saber las preferencias de quienes van a comer y sorprenderlos con un toquecito nuevo.
Me gusta regalar cosas que al otro le interesen o le gusten, no comprar cualquier cosa para salir del paso. La comida es algo que todos necesitamos. Nuestro cuerpo no puede vivir sin comer. Y como somos mente, cuerpo y espíritu, mi manera de cocinar también incluye alimento para el alma. La persona que me cocinó pensó en mí, eligió los ingredientes, inventó un nuevo plato, lo condimentó, lo sirvió y se dedicó a mí, pensó en como satisfacer una necesidad mía, me tuvo en cuenta. Cuando yo cocino tomo en cuenta todas estas cosas. Quiero llegar a tu alma y quiero decirte que quiero darte lo mejor de mí, quiero “nutrirte.” Detrás de ese plato de comida está el tiempo que le dediqué para vos y para mí.
Una receta no tiene alma, es el cocinero quien debe darle alma a la receta.
Me pidió una prueba de amor, le de di mi comida.
Sin duda, para mí ¡cocinar es un acto de amor!