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lunes 6 de abril de 2026

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Panteón de San Antonio: joya olvidada de Coahuila

Panteón de San Antonio: joya olvidada de Coahuila

TESTIGO DE DOS SIGLOS DE HISTORIA EN PARRAS

Construido en 1825, entre epidemias y migraciones, el cementerio más antiguo de la región sigue revelando lo que el tiempo quiso borrar.

Por: Lucero Velázquez

LA PRENSA

PARRAS, COAHUILA. – A simple vista, es un cementerio más. Pero basta cruzar su zaguán de adobe, rodeado por altos pinabetes, para descubrir que el Panteón de San Antonio no solo es el más antiguo de la región: es un museo a cielo abierto, un archivo silencioso de dos siglos de historia, migración, desigualdad, arte y muerte.

Fundado en 1825, en plena ola de epidemias como el sarampión, la lepra, la peste y la tuberculosis, surgió como una necesidad urgente: sepultar con dignidad a los fallecidos. Pero con el paso del tiempo, el camposanto se convirtió en el sitio de descanso final de los más acaudalados de Parras, quienes erigieron mausoleos de hasta seis gavetas, muchos aún en pie.

Más allá de su valor funerario, este lugar es también testigo de la diversidad que una vez caracterizó al municipio: en sus tumbas reposan extranjeros del Líbano, Grecia, Italia, Estados Unidos e Inglaterra, migrantes que llegaron atraídos por el auge vitivinícola y textil del siglo XIX.

UNA HISTORIA ESCULPIDA EN PIEDRA

“El Panteón de San Antonio es un archivo vivo”, afirma Elvia Morales García, investigadora local. “Aquí descansan no solo cuerpos, sino relatos familiares, costumbres, linajes, pasados no escritos que dieron forma a este pueblo”. A lo largo de sus 243 tumbas, pueden leerse nombres, apellidos, símbolos religiosos, fechas casi borradas y hasta vestigios de pintura a la cal: azul, verde, rojo óxido. Cada elemento cuenta algo. Cada grieta, cada musgo que se aferra a la piedra, lleva consigo una parte de la memoria colectiva.

Uno de los descubrimientos más impactantes fue el hallazgo, hace algunos años, de la tumba de un niño sepultado hace más de siglo y medio. Su cuerpo apareció momificado de forma natural, un hecho que despertó el interés científico y confirmó el valor antropológico del lugar. No se trataba solo de un camposanto, sino de un sitio con capas de historia aún por descubrir.

LA ARQUITECTURA DE LA DESIGUALDAD

El terreno donde fue edificado el panteón pertenecía a la antigua Viña de San Antonio. Según la arquitecta Cynthia Villarreal Lomelí, del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), fue dividido en seis tramos, de oriente a poniente, siguiendo un criterio jerárquico: mientras más cerca del muro oriente, mayor era el precio de la sepultura. Una placa aún visible marca los antiguos costos: hasta cinco pesos por un entierro en la zona central, una suma considerable para la época.

La dureza del suelo, al estar edificado sobre tierra madre, dificultaba las excavaciones. Por ello, la mayoría de las tumbas se construyó hacia arriba, en forma de torres, muchas con elementos neoclásicos y locales: piedra losa, adobe, pilastras, florones, columnas salomónicas, cúpulas. Algunas alcanzan los cuatro niveles, con capacidad para albergar hasta una docena de restos.

Otras estructuras, más modestas, muestran un diseño rectangular, sin grandes adornos, pero no por ello menos valiosas. En ellas se aprecia la mano artesanal de albañiles de la época, con detalles florales, cruces grabadas a mano y símbolos que cruzan la frontera entre lo religioso y lo pagano.

UN PATRIMONIO QUE RESISTE… PERO SE DESMORONA

Debido a su valor histórico, cultural y arquitectónico, el Panteón de San Antonio fue reconocido por el INAH como patrimonio funerario de alto valor para el estado de Coahuila. Sin embargo, el reconocimiento no ha bastado para evitar su deterioro. La falta de mantenimiento, el vandalismo, el robo de esculturas y el abandono institucional han dejado cicatrices visibles: techos colapsados, lápidas rotas, nombres ilegibles y muros que crujen más por la falta de atención que por el paso del tiempo.

Morales es clara: “No se trata solo de conservar un cementerio. Se trata de proteger una parte esencial de la identidad de Parras. Dejarlo caer es como permitir que se borre, piedra por piedra, la historia de quienes nos antecedieron. Es perder los rostros sin retrato, las voces sin grabación, los nombres sin descendencia”.

Y, aun así, cada tumba resiste. Cada muro susurra. Cada sombra cuenta algo de aquel pueblo que floreció entre viñas y textiles, y que hoy guarda su alma en este rincón de adobe, silencio y dignidad.

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