Por: Enrique Ferriño R.
Cuatro Ciénegas de Carranza, Coah., a 24 de septiembre de 2025.
Al abrir los ojos pensó que éstos seguían cerrados, pues la oscuridad era tan densa que no alcanzaba a distinguir nada a su alrededor. Tardó unos segundos en recordar que se encontraba en un rancho en medio del desierto de Coahuila.
A tientas, buscó la puerta que daba hacia el patio y, al encontrarla, la abrió de par en par, para posteriormente salir a un paisaje como de otro planeta.
Si bien la oscuridad seguía siendo opresiva, podía distinguir algunas siluetas a su alrededor; dirigiendo sus ojos al cielo, lo que descubrió le dejó sin aliento: miles de millones de estrellas titilando en la oscura bóveda del firmamento, empequeñeciendo todo lo que le rodeaba y convirtiendo en insignificantes las
preocupaciones y los miedos que lo habían llevado a buscar refugio en ese sitio tan remoto, tan lejos de todo lo que conocía…Este bien podría ser el inicio de una narración acerca de las aventuras (y las desventuras) de un personaje que por razones misteriosas haya venido a dar con sus huesos a un sitio en el desierto norestense.
La mayoría de nosotros puede visualizar claramente la parte del relato que describe un cielo lleno de estrellas que puede hacernos sentir que nos asomamos a un pozo infinito.
Puede, además llenarnos de recuerdos de un padre o un abuelo o abuela que nos contaba historias acerca de la luna y las estrellas y, con suerte, que nos introdujo al mundo de la Astronomía.
Me refiero a nosotros, habitantes del desierto, pues, aunque algunos vivimos en ciudades más o menos grandes, casi todos hemos disfrutado de una excursión al desierto o a la montaña.
Sin duda, aquellos que vivimos en poblaciones pequeñas, como yo lo hago en Cuatro Ciénegas de Carranza, nos encontramos a sólo minutos de poder disfrutar del maravilloso espectáculo que representa el cielo nocturno.
Actualmente vivimos en ciudades con alta contaminación lumínica, sólo basta con salir a la calle y voltear a ver cuántas estrellas podemos ver en una noche sin nubes.
Si el número es muy bajo o, incluso, si no podemos ver ninguna, eso no es algo bueno.
El hecho de tener iluminación no significa que debamos tener reflectores que parecen emular al Sol y tampoco que la iluminación pública y la de nuestros hogares deba estar apuntada en la dirección equivocada.
En mi pueblo, por ejemplo, me ha tocado estar en medio del Valle en la noche y ver cómo los reflectores del campo de béisbol iluminan hacia el cielo y hacia el cerro del Tío Coy; y no me refiero a que la iluminación parece iluminar esa pequeña montaña, me refiero a que lo hace. Literalmente.
Eso es absurdo y no sólo afecta a quienes gustamos de disfrutar del cielo nocturno, imaginen lo que sucede con la fauna que busca las sombras de la noche para alimentarse al abrigo de la oscuridad.
Y hay más; hay un espectáculo de luz y sonido en un lugar remoto del Valle, y ¡qué bueno que lo hagan! No solamente ofrece una actividad adicional para nuestros visitantes, sino que genera empleos para nuestro pueblo, pero el hecho de que utilicen reflectores apuntando hacia el cielo no sólo es absurdo sino, aberrante.
Debemos considerar que cuando hacemos una actividad en medio de la noche, en un sitio apartado, en ese lugar hay animales que serán afectados por todo el movimiento que haremos y es imperativo que busquemos la forma de paliar el impacto de nuestros actos. Aún hay más, pues debemos sumar todas las bodas y fiestas que cada fin de semana se celebran en nuestra población y que cuentan con banquetes espectaculares en sitios de ensueño, lo que es fantástico y nos encanta, pero lo que es aberrante es
que las empresas que planean y organizan esas bodas y celebraciones instalan unos reflectores que ya quisiera el Comisionado Gordon para llamar a Batman. Y luego están los eventos masivos para jóvenes dentro del Área Natural Protegida en los que se tiene luz y música estridente durante buena parte de la noche: ¿es en verdad necesario organizar ese tipo de eventos tan dañinos en un sitio tan valioso para la nuestra y para todas las generaciones por venir?
¿Para qué usamos un reflector potentísimo en una boda y apuntando hacia el cielo?
¿Vale la pena usar luces en exceso y -sobre todo- dirigida a donde no le sirve a nadie? ¿En verdad necesitamos hacer un antro al aire libre en un lugar donde hay especies endémicas de animales?
La contaminación lumínica, contrario a lo que sucede con otros tipos de contaminación, es reversible,
afortunadamente, y en todos nosotros está el hacer un pequeño esfuerzo para poder legar a nuestros hijos y nietos un mejor lugar del que nosotros recibimos, un sitio en el que la maravilla del cielo nocturno haga que las nuevas generaciones de nuevo volteen a ver el cielo y se maravillen con la majestuosidad del Universo, del que todos formamos parte.