Fundado hace 200 años, tras un brote de sarampión que obligó a crear un nuevo espacio para sepulturas, hoy el recinto funerario atrae a visitantes con leyendas de apariciones y la tumba de un niño momificado
Por: Lucero Velázquez
LA PRENSA
PARRAS, COAHUILA. – Fundado en 1825, este camposanto se ha convertido en una joya patrimonial y uno de los recintos funerarios más emblemáticos del norte de México. Más que un sitio de descanso eterno es un testimonio vivo del pasado, una memoria colectiva que se mantiene entre muros de piedra, esculturas neoclásicas y árboles centenarios.
Entre mausoleos silenciosos, lápidas gastadas por el tiempo y cipreses que rozan el cielo, el Panteón de San Antonio se levanta como un guardián de la historia del Pueblo Mágico. No es solo un cementerio, sino un símbolo que enlaza el presente con el pasado, narrando en cada tumba la vida de quienes forjaron la identidad de Parras.
De acuerdo con la cronista Elvia Morales García, se trata del panteón más antiguo y único en su tipo en la región. En él descansan personajes ilustres y familias que impulsaron el desarrollo económico y social del municipio, además de inmigrantes provenientes del Líbano, Grecia, Italia, Estados Unidos e Inglaterra. Estas tumbas extranjeras, con influencias culturales y arquitectónicas propias, aportan un valor estético y multicultural al conjunto.
El cementerio fue inaugurado el 4 de junio de 1825, tras un brote de sarampión que obligó a crear un nuevo espacio para sepulturas. Se eligió un terreno en la antigua viña de San Antonio, dividido en seis tramos que representaban distintas clases sociales. Los entierros más costosos se ubicaban al oriente, mientras que las sepulturas humildes se destinaban al poniente. Esa jerarquía aún puede observarse gracias a una placa original conservada en el muro este.
El Panteón de San Antonio conserva 243 tumbas registradas, la mayoría construidas hacia arriba por la dureza del suelo. Las del siglo XIX destacan por su estilo neoclásico y su forma de torre con hasta cuatro niveles. Fueron edificadas con piedra losa y adobe, y rematadas con cruces, florones y pequeñas cúpulas que evocan la devoción y el arte funerario de la época.
En sus primeros años, el panteón sirvió como espacio para atender emergencias sanitarias provocadas por epidemias como el sarampión, la peste y la lepra. Con el tiempo, se convirtió en el lugar de descanso de las familias más acomodadas de Parras, que levantaron majestuosos mausoleos como símbolo de prestigio y linaje.
Uno de los hechos más sorprendentes que ha dado fama al sitio es la tumba de un niño momificado de forma natural hace más de 150 años, un fenómeno que atrajo la atención de investigadores, visitantes y medios, aportando también un valor científico al cementerio.
La arquitecta Cynthia Villarreal Lomelí, encargada del proyecto de restauración por parte del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), explicó que el panteón fue diseñado bajo un esquema social muy definido: “Mientras más cerca del muro oriente, más caro era el entierro”. En su momento, un sepulcro en el área central podía costar hasta cinco pesos, cifra considerable para el siglo XIX. Este orden jerárquico hoy es un retrato fiel de la estructura social de aquella época.
Al ingresar, el visitante atraviesa un zaguán que conduce a senderos flanqueados por altos pinabetes. Las tumbas más modestas muestran decoraciones pintadas a mano, en tonos azul, verde o rojo óxido, con motivos florales y columnas talladas, conservando el encanto original del siglo XIX.
Pero más allá de su arquitectura, el Panteón de San Antonio también está envuelto en leyendas. Vecinos y visitantes relatan historias de apariciones, antiguos asesinatos y hasta de un supuesto vampiro que ronda el lugar al anochecer. Estos relatos han contribuido a forjar su fama como uno de los cementerios más misteriosos y fascinantes del estado.
En 2023, el Cabildo de Parras aprobó un reglamento especial para su funcionamiento dentro de la zona federal de Monumentos Históricos, permitiendo que se organicen recorridos culturales y turísticos con el objetivo de generar recursos para su conservación. La intención es mantener un equilibrio entre la visita respetuosa y la preservación de su valor histórico y espiritual.
El INAH resguarda actualmente este espacio al considerarlo una de las reliquias funerarias más importantes de Coahuila, por su antigüedad, su valor arquitectónico y la diversidad de su patrimonio material.
“La historia del Panteón de San Antonio no debe caer en el olvido —expresa la cronista Elvia Morales—. Aquí descansan no solo cuerpos, sino relatos, costumbres, pasados familiares y la esencia misma de este pueblo.”