Creció alrededor de una mina de hierro, ofreciendo educación, servicios y vida social a cientos de familias. Tras la suspensión de operaciones de AHMSA y filiales, sobrevinieron la pérdida de servicios básicos, mientras el pueblo enfrenta la crisis con resiliencia, manteniendo las escuelas, la clínica y la esperanza, recordando que bajo sus calles aún hay mineral y futuro
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La Prensa
SIERRA MOJADA, COAHUILA.- En pleno desierto del Bolsón de Mapimí, entre Coahuila y Chihuahua, se encuentra Hércules, un pueblo que nació de la minería y creció con ella. Su historia empieza en los años 60, cuando Minera del Norte, filial de Altos Hornos de México, inició la explotación de hierro en la región.
Para llegar, los primeros trabajadores atravesaban caminos de terracería, apretados en camiones polvosos, entre cajas, maletas y niños somnolientos. Dolores Vázquez, que entonces tenía 14 años, recuerda la llegada como si fuera ayer: “Yo decía: creo que voy a topar con la pared del mundo. Me imaginaba la tierra como una bola y que el camión iba a pegar en la pared”.
Lo que encontraron no era más que un rancho improvisado y algunas casitas de madera. No había calles, ni luz, ni seguridad, ni escuela. “Nos pusieron llaves de agua en cada casita y a trabajar. Aquí no había nada, nomás el cerro y el fierro”, recuerda Dolores. Los hombres subían al cerro con huaraches, marro y talache, sin cascos ni guantes, y quebraban las piedras hasta encontrar vetas de hierro. La seguridad y la regulación eran inexistentes, pero el horizonte estaba marcado por la promesa de riqueza mineral.La mina a cielo abierto creció con el tiempo hasta alcanzar 300 metros de profundidad y 900 de ancho. El concentrado de hierro se transportaba por un ferroducto de 250 kilómetros hasta Monclova, convirtiéndose en uno de los proyectos mineros más grandes de México. Con el auge, Hércules se transformó: la empresa construyó viviendas, clínicas, gimnasios, un cine, escuelas desde preescolar hasta bachillerato, una radioemisora y espacios deportivos. La población llegó a superar los 900 habitantes, y la vida giraba alrededor de la mina. Cada celebración, especialmente el Día del Minero, reunía a toda la comunidad con música, comida y competencias deportivas.
Sin embargo, la bonanza no duró para siempre. Con el tiempo, Minera del Norte comenzó a reducir operaciones, suspendiendo pagos y prestaciones. En agosto de 2023, la crisis llegó a su punto más crítico cuando la Comisión Federal de Electricidad cortó la luz por adeudos de la empresa.
El pueblo quedó sin energía, sin agua ni telefonía, y muchas familias comenzaron a emigrar a municipios cercanos, mientras quienes permanecieron enfrentaban cortes constantes de luz y agua.
Hoy, alrededor de 305 familias permanecen en Hércules, muchas de ellas personas mayores, exmineros jubilados o trabajadores con enfermedades crónicas. Dependen de generadores, apoyo temporal del municipio y solidaridad entre vecinos. La vida cotidiana se reorganizó alrededor de lo esencial: se venden alimentos, se arreglan vehículos y se mantiene el funcionamiento de escuelas y clínica. Los vínculos comunitarios se fortalecen en la adversidad: despensas silenciosas, pagos de servicios y acompañamiento a enfermos se convierten en la red de soporte que mantiene al pueblo vivo.
Dolores Vázquez sigue en su casa, testigo del cambio de un campamento desértico a un pueblo minero próspero y luego a una comunidad en pausa. Recuerda a su esposo, José Raúl Ramírez, el primer minero registrado en Hércules, que falleció con pulmones llenos de hierro tras décadas de trabajo. “Escupía puro fierro”, dice. La vida de muchos en Hércules estuvo marcada por el riesgo, la dureza del trabajo y la falta de prestaciones, pero también por la fuerza de la comunidad.
Los maestros que eligieron quedarse, como Emanuel Macías, recuerdan la vitalidad de los años de auge: las escuelas llenas, los niños jugando en las calles y la ilusión de un futuro prometedor. Hoy, aunque el número de alumnos disminuye, las escuelas resisten abiertas, y los docentes buscan mantener viva la educación y la esperanza en el pueblo.
Los exmineros, como Jesús Hernández Rivera y Reyes Omar Granados, recuerdan la vida intensa de la mina y la comunidad: los juegos, las celebraciones y la camaradería entre trabajadores. Reyes afirma: “Muchos somos hijos de los mineros viejos. Así que cuando alguien batalla, entre todos le echamos la mano”. Esa solidaridad es la que sostiene al pueblo, aun en la crisis actual.
El futuro de Hércules depende de la inversión y el rumbo de Minera del Norte y AHMSA. Aun con la mina dormida, el hierro permanece bajo la tierra, recordando la fuerza de un pueblo que nació del desierto y del trabajo en condiciones extremas. Dolores Vázquez lo resume con calma: “A ver si se arregla esto, y luego ya sí, morirme”. Hércules sigue en pausa, pero con la certeza de que su historia no ha terminado y de que su comunidad aún resiste, entre la arena y el hierro, el calor y el frío, la memoria y la esperanza. (Con información y fotos de El Sol de México)