Hoy se cumplen 57 años de la peor tragedia minera
Hoy, décadas después, el eco de aquella explosión que acabó con la vida de 153 mineros sigue vivo entre los habitantes del pueblo
Roberto Ulibarri
LA PRENSA
El calor de la tarde caía pesado aquel lunes 31 de marzo de 1969. En Barroterán, la rutina minera seguía su curso, como tantas veces: hombres cubiertos de carbón salían de la mina mientras otros, con el rostro aún limpio, se preparaban para descender.
Había risas, saludos rápidos, promesas de volver a casa al final del turno. Nadie lo sabía, pero varios de esos hombres no volverían jamás.
Dentro de la mina, el segundo turno apenas comenzaba. Afuera, el reloj avanzaba sin prisa. En algún punto, un pequeño accidente cambió el destino de uno: Modesto Salazar, de apenas 20 años, se lastimó un dedo y tuvo que salir. Fue una herida menor… pero suficiente para salvarle la vida.
Minutos después de las cinco de la tarde, todo cambió.
Un estruendo seco, brutal, rompió el aire. La tierra tembló. Desde las entrañas de la mina surgió una lengua de fuego que iluminó el horizonte. Julio Espinoza, que se encontraba afuera revisando el malacate, apenas alcanzó a voltear cuando el golpe lo sacudió. Luego vino otro estallido. Más fuerte. Más devastador. Después, nada.
Silencio. Y enseguida, el caos.
El fuego, el humo y el polvo de carbón comenzaron a salir con violencia por las bocaminas. El pueblo entero lo entendió en segundos: algo terrible había ocurrido.
A las seis de la tarde, las autoridades ya estaban enteradas. Pero antes de cualquier protocolo, antes de cualquier orden, vinieron los actos desesperados. Tres hombres se metieron a la mina sin protección, sin equipo, sin pensar en otra cosa que no fuera rescatar a los suyos.
Uno de ellos no regresó.
El gas grisú, invisible y letal, cobró la vida de Pedro Blancas casi de inmediato. Afuera, la angustia crecía. Las sirenas comenzaron a escucharse. En Sabinas, una radiodifusora interrumpió su programación para pedir ayuda urgente: médicos, enfermeras, quien pudiera venir.
La noche cayó sobre Barroterán, pero nadie durmió.
Las horas siguientes fueron de espera, de rezos, de miradas fijas hacia la mina. Nadie quería decirlo en voz alta, pero todos lo sentían: las esperanzas se apagaban.
A las dos de la madrugada del 1 de abril, comenzaron a salir los primeros cuerpos.
Uno a uno.
Cubiertos de carbón. Silenciosos. Inertes.
Los nombres empezaron a acumularse, como un golpe constante: Guillermo, Salomé, Martín, Genovevo… La lista no dejaba de crecer. Al final, serían 153.
Algunos habían decidido quedarse horas extra. Otros habían cambiado turno. Decisiones pequeñas que terminaron siendo definitivas.
Los días siguientes fueron una mezcla de dolor y resistencia. Las brigadas entraban y salían, luchando contra el gas, el calor y los escombros. Las bocaminas estaban dañadas. El aire no circulaba. Aun así, nadie se rendía.
Pasaron semanas.
El 10 de mayo, cuando el país celebraba a las madres, en Barroterán se encontró el último cuerpo: Pablo Álvarez, de 26 años. Fue identificado por sus pertenencias. Como muchos otros.
Porque así se reconocía a los mineros: por lo que llevaban consigo al bajar a la tierra.
Entre la tragedia también llegaron promesas. Apoyos. Palabras que con el tiempo se fueron diluyendo. Pero lo que sí llegó y se quedó fue la solidaridad: de otros estados, de otros países, de gente que nunca había pisado Barroterán pero que entendió el dolor.
Hoy, décadas después, el eco de aquella explosión sigue vivo.
No se escucha… pero se siente.
En las calles, en las familias, en la memoria de un pueblo que aprendió a vivir con la ausencia.
Porque aquel lunes no solo tembló la tierra.
También se rompió para siempre el corazón de Barroterán.