GLORIA MARGARITA CASTRO MONTELONGO
Con los labios pintados y el sueño intacto desde los 15 años, la docente de la Normal Dora Madero comparte su vida entregada a las aulas rurales de Parras
Por: Lucero Velázquez
LA PRENSA
PARRAS, COAHUILA. – Hay historias que no solamente se escriben en los libros, sino también en la memoria de quienes aprendieron a leer, a escribir y a creer en sí mismos gracias a la paciencia de un maestro. Así ha transcurrido la vida de Gloria Margarita Castro Montelongo, docente que durante casi tres décadas ha sembrado enseñanzas, cariño y valores en cientos de niños de las comunidades rurales de Coahuila.
Con los labios pintados, una sonrisa al entrar al salón y el mismo sueño intacto desde los 15 años, Gloria Margarita continúa viviendo la docencia con la misma emoción con la que llegó siendo apenas una adolescente a estudiar a Parras.
EL SUEÑO DE SER MAESTRA NACIÓ DESDE NIÑA
En entrevista para Semanario La Prensa, compartió la historia de una vida construida entre cuadernos, caminos rurales, madrugadas, ilusiones juveniles y el firme compromiso de enseñar.
Originaria de Múzquiz, Coahuila, recuerda que desde pequeña soñaba con convertirse en maestra.
“Yo siempre decía que iba a ser maestra”, expresa con una sonrisa que todavía conserva la emoción de aquellos años.
En 1985, con apenas 15 años de edad, dejó su ciudad natal para llegar a Parras e ingresar a la Escuela Normal Dora Madero.
Aquella decisión no fue sencilla. Significaba alejarse de su familia siendo todavía muy joven, enfrentarse sola a una nueva etapa y aprender a valerse por sí misma.
Justo ese año se implementó el bachillerato pedagógico como requisito para ingresar a la Normal. Aunque su madre deseaba que permaneciera en Múzquiz para estudiar la preparatoria, su padre decidió darle la confianza y permitirle perseguir su sueño.
Acompañada de unas tías llegó a Parras para presentar el examen de admisión y logró quedarse en la institución, formando parte de la primera generación del bachillerato pedagógico de tres años.
UN RECUERDO QUE NUNCA OLVIDÓ
Pero detrás de aquella joven estudiante también existían los miedos normales de una adolescente lejos de casa. Las despedidas con su padre quedaron grabadas profundamente en su memoria.
“Ya sabe mija, pórtese bien… aquí la espero”, eran las palabras que él le repetía cada vez que regresaba a estudiar.
Con el paso de los años, esa frase se convirtió en uno de los recuerdos más valiosos de su vida.
Después de concluir el bachillerato, continuó con la licenciatura en Educación Primaria. Durante sus prácticas profesionales acudió a comunidades rurales como el ejido El Mesteño, en Parras, donde permanecían varios días enseñando y descubriendo lo que realmente significaba la labor docente.
Fue ahí donde entendió que ser maestra significaba mucho más que impartir clases; era acompañar vidas, escuchar historias y convertirse, muchas veces, en refugio emocional para sus alumnos.
Finalmente, en 1991 obtuvo su título como maestra.
SU FAMILIA, EL MAYOR ORGULLO
Antes de incorporarse al servicio educativo decidió dedicar tiempo a la crianza de sus hijos, Maleny e Iván, quienes hoy representan su mayor orgullo.
Hablar de ellos le ilumina el rostro, pues asegura que una de las mayores satisfacciones de su vida ha sido verlos convertirse en personas nobles, respetuosas y humanas.
Hoy ambos han formado sus propias familias y continúan siendo reflejo de los valores y principios que les inculcó desde pequeños.
Pero el amor en su vida también creció con la llegada de sus nietos, quienes se han convertido en otra de las razones que llenan de alegría sus días.
“Son mis grandes amores”, expresa con ternura.
SU VIDA EN LAS AULAS RURALES
Fue en 1996 cuando inició formalmente su trayectoria dentro del magisterio. Su primera plaza llegó en el ejido El Moral, en Piedras Negras, donde trabajó con grupos de quinto y sexto grado.
Y apenas comenzaba su carrera cuando recibió una de las primeras grandes satisfacciones como docente: sus alumnos obtuvieron el primer lugar de la Olimpiada del Conocimiento en toda la zona escolar, superando a estudiantes de 13 escuelas.
“Fue mi primer reconocimiento”, recuerda emocionada.
Aunque asegura que los logros escolares pertenecen al esfuerzo conjunto de todos los maestros que acompañan a un niño durante su formación, aquella experiencia reafirmó que estaba exactamente donde debía estar.
Gran parte de su trayectoria la ha desarrollado en escuelas rurales y multigrado de Parras. De sus casi 30 años de servicio, 29 han sido en comunidades donde además desempeñó funciones como directora comisionada durante cerca de dos décadas.
Su vida transcurrió entre pequeños salones, patios de tierra, cuadernos llenos de trazos infantiles y niños que encontraban en ella no solamente una maestra, sino también una figura cercana y protectora.
“Ahorita estoy muy contenta porque ya me leen”
Actualmente trabaja con alumnos de primero y segundo grado, enfrentando nuevamente uno de los mayores retos para cualquier docente: enseñar a leer y escribir.
Y aunque asegura que cada generación deja recuerdos distintos, todavía hay momentos que logran conmoverla profundamente.
“Ahorita estoy muy contenta porque ya me leen”, comparte con alegría.
Hablar de sus alumnos le cambia completamente la expresión. Cuenta que los niños de las comunidades rurales todavía conservan una inocencia que pocas veces se encuentra en otros lugares.
“Te abrazan, te dan besos, te hacen cartitas y aunque apenas estén aprendiendo a escribir te ponen: ‘Te amo maestra’”, relata.
Para Gloria Margarita, enseñar nunca fue solamente cumplir un horario o seguir un programa escolar. Fue construir confianza, escuchar problemas y acompañar infancias enteras desde el cariño y la paciencia.
UNA INSPIRACIÓN QUE TODAVÍA LA ACOMPAÑA
Existe un detalle muy especial que hasta hoy la acompaña diariamente y que nació gracias a una maestra que marcó su infancia.
Gloria Margarita recuerda que una de sus profesoras favoritas llevaba el mismo nombre que ella y siempre acudía impecable a clases, con los labios pintados.
Desde entonces adoptó esa costumbre que hoy forma parte de su esencia. Cada mañana, antes de entrar al salón, se pinta los labios como una manera simbólica de honrar a aquella mujer que despertó en ella el amor por la docencia.
Incluso la manera en que firma sus iniciales “G” y “M” fue inspirada en esa maestra.
“Se las copié a ella”, dice entre sonrisas.
UNA VIDA CONSTRUIDA CON ESFUERZO
Con casi 30 años de servicio cumplidos, Gloria Margarita reconoce que el magisterio le permitió sacar adelante a sus hijos y construir una vida basada en el esfuerzo diario y el trabajo honesto.
“No estoy en opulencia, pero todo lo que tengo ha sido con el sudor de mi trabajo”, expresa.
Hoy, mientras se acerca el momento de su jubilación, sabe que una parte de su vida permanecerá para siempre dentro de las aulas rurales de Coahuila.
En cada niño que aprendió a leer. En cada abrazo inesperado. En cada cartita escrita con letras temblorosas. Y en cada voz infantil que todavía la sigue llamando con cariño:
“Maestra”.
Finalmente, compartió un mensaje dirigido a las nuevas generaciones de docentes y a toda la comunidad educativa.
“Los tiempos cambian, pero cuando haces tu trabajo con amor, nunca pesa levantarte cada mañana para ir a enseñar”, concluyó.