Los remanentes del desastre natural cambiaron para siempre el destino de cientos de familias en la región
Por: María Rodríguez
La Prensa
NUEVA ROSITA, COAHUILA. – Han pasado 16 años desde que la fuerza del río Sabinas cambió para siempre la vida de cientos de familias de la entonces colonia María. El tiempo ha permitido reconstruir viviendas, formar una nueva comunidad y retomar la rutina, pero las heridas que dejó aquella inundación siguen abiertas en la memoria de quienes sobrevivieron.
Este fin de semana, habitantes de la colonia MASECA participaron en una ceremonia litúrgica en honor a Nuestra Señora del Refugio, elevando oraciones de agradecimiento por la vida y recordando a quienes enfrentaron uno de los episodios más dolorosos que ha vivido la Región Carbonífera.
El 5 de julio de 2010, los remanentes del huracán Alex provocaron el desbordamiento del río Sabinas. En cuestión de horas, la corriente arrasó con viviendas y dejó alrededor de 300 familias damnificadas, obligadas a abandonar sus hogares con apenas la ropa que llevaban puesta.
Para Cecilia Díaz Villa, conocida entre sus vecinos como «La Tonga», el paso de los años no ha borrado el miedo. Cada lluvia intensa o fuerte viento revive aquella noche en la que tuvo que salir corriendo para salvar su vida.
Con la voz entrecortada, recordó que era un sábado tranquilo. Las familias descansaban y disfrutaban del verano sin imaginar que el río estaba a punto de cambiarles el destino.
Aunque las autoridades alertaban sobre una creciente, pocos imaginaron la magnitud del peligro. Fue hasta que un vecino regresó de observar el cauce del río y confirmó que el agua avanzaba con rapidez cuando comenzó una desesperada huida.
«Salimos como estábamos. Nunca pensamos que sería la última vez que veríamos nuestra casa», recordó.
Desde entonces, Cecilia confesó que nunca volvió a entrar al lugar donde estaba su vivienda. Incluso hoy, cuando pasa por ese sector, evita mirar hacia donde alguna vez construyó su patrimonio con años de trabajo.
La historia se repite en decenas de familias. Josefina y su esposo también recuerdan aquella noche como la experiencia más difícil de sus vidas. Aseguran que todavía sienten temor cuando se anuncian tormentas y, por costumbre, observan constantemente el exterior de su vivienda para asegurarse de que no exista algún riesgo.
Narran que la primera creciente comenzó a llevarse parte de su hogar mientras buscaban refugio en una zona alta. Pasaron la noche entre la incertidumbre, sin saber si volverían a tener un lugar donde vivir.
Al amanecer, la devastación era evidente. Calles cubiertas de lodo, viviendas destruidas y pertenencias perdidas mostraban la fuerza con la que la naturaleza había golpeado a la comunidad. Los días siguientes estuvieron marcados por la falta de servicios, problemas de salud derivados de la contaminación y el temor a los actos de rapiña, por lo que muchos vecinos regresaron únicamente para proteger lo poco que había quedado.
Con el paso del tiempo llegó una nueva oportunidad. El Gobierno del Estado entregó viviendas a las familias afectadas en lo que hoy es la colonia MASECA. Aunque los primeros meses estuvieron marcados por la falta de servicios básicos, poco a poco el sector fue creciendo hasta convertirse en el hogar de quienes decidieron empezar de nuevo.
Hoy, dieciséis años después, las casas son distintas y la vida también. Sin embargo, el recuerdo de aquella creciente permanece intacto. Cada aniversario no solo revive el dolor de haber perdido un patrimonio, sino también la fortaleza de una comunidad que aprendió a levantarse de entre el lodo y convertir la tragedia en esperanza.