RUMBO A LA COSECHA 2026: CRÓNICAS UNIVERSITARIAS
Gael Acuña Esparza, estudiante del Tercer Cuatrimestre de Técnico Superior Universitario en Agricultura Sustentable y Protegida en Vitivinicultura, comparte el proceso de evaluación para saber cuando es el momento adecuado para cosechar la uva
Recientemente tuve la oportunidad de participar en una actividad de muestreo y análisis fisicoquímico de 100 bayas, una experiencia que me permitió comprender que detrás de una uva lista para cosechar existe mucho más de lo que podemos observar a simple vista.
El objetivo de la práctica fue analizar cómo las diferentes altitudes sobre el nivel del mar pueden influir en la maduración de la vid. Para ello, trabajamos con muestras provenientes de distintos viñedos de la región, lo que nos permitió comparar sus características y observar las diferencias entre cada una.
Desde el inicio tuve interés en participar porque quería comprobar si realmente la altitud podía generar diferencias en el proceso de maduración. Lo más emocionante fue involucrarme en cada una de las etapas, desde la selección y recolección de las bayas hasta su análisis en el laboratorio para obtener resultados.
Esta experiencia cambió mi manera de observar el viñedo. Antes podía pensar que para saber si una uva estaba madura bastaba con observar su color; sin embargo, aprendí que determinar su verdadera madurez requiere de un proceso mucho más amplio y preciso. Los análisis y los datos obtenidos nos permiten conocer el momento adecuado para realizar la cosecha y tomar decisiones basadas en criterios técnicos.
También comprendí que la altitud es uno de los factores que puede influir en la maduración. En determinadas condiciones, una mayor altitud puede hacer que este proceso sea más lento y retrasar el momento de la cosecha, pero también puede generar condiciones favorables para variedades adaptadas a climas más frescos.
Algo que parecía complicado o incluso poco interesante resultó ser todo lo contrario. Descubrí que realizar un muestreo implica una gran responsabilidad, porque los resultados obtenidos contribuyen a determinar el momento adecuado para cosechar. No se trata de tomar decisiones «al tanteo», sino de realizar mediciones y análisis precisos que permitan conocer lo que realmente está sucediendo en la vid.
Esta experiencia también fue especial gracias al acompañamiento de nuestro profesor, Eduardo García, y al trabajo en equipo con mis compañeros. Desde la recolección de las bayas hasta el proceso de análisis, colaboramos y aprendimos juntos, haciendo que la práctica fuera más dinámica y enriquecedora.
Como estudiante de Vitivinicultura, considero que este tipo de actividades son fundamentales para mi formación profesional. Aprender a analizar los parámetros de madurez de las bayas me permite prepararme para enfrentar situaciones reales en el campo laboral y comprender la importancia de utilizar criterios técnicos para tomar decisiones.
Lo más valioso que me llevo es la capacidad de transformar las observaciones realizadas en el viñedo en datos concretos que pueden orientar todo un proceso. Por eso, si tuviera que resumir esta experiencia en una frase, sería: «La ciencia en el viñedo es lo que garantiza la excelencia en la copa».
A otros estudiantes les diría que, cuando tengan la oportunidad de participar en este tipo de actividades, no lo piensen dos veces. Las experiencias prácticas nos permiten comprender de una manera diferente lo que aprendemos en el aula y, al mismo tiempo, pueden hacer que nos enamoremos todavía más de nuestra carrera.
Después de vivir esta experiencia, ahora sé que los números obtenidos son apenas el comienzo de un proceso fascinante que ayuda a definir el carácter de nuestro vino.