
Por Vianey Esquinca
No hay peor ciego…
Muchas de las decisiones del gobierno federal han sido polémicas y debatibles, sorprendentes y, a veces, a contracorriente de lo que el sentido común y la razón dictan, por eso, más de uno ha dicho ¡están viendo y no ven!
Después de casi tres años de gobierno, es un hecho que el presidente Andrés Manuel López Obrador y la mayor parte de los integrantes de su gabinete y de su partido tienen serias enfermedades oculares y trastornos de visión, que les impide ver las cosas con la claridad y nitidez que debieran.
El viernes, la Secretaría de Salud federal y el gobierno de la Ciudad de México demostraron que tienen serias dificultades para distinguir colores. Mientras la primera mandó a la capital del país al semáforo epidemiológico rojo, para la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, el color sigue siendo naranja. Los semáforos ya son completamente intrascendentes, pero en lugar de adaptar los colores a la nueva realidad en la que se proteja a la salud y se mantenga la reactivación económica, las autoridades prefieren mantener sus problemas de daltonismo y las pugnas internas.
Pero en Palacio Nacional también padecen de presbicia. Tienen mucha dificultad para ver de cerca y sólo ven de lejos. Por eso, no advierten la corrupción e ineptitud de morenistas o funcionarios públicos y sí pueden enfocar a sus adversarios políticos o a la oposición.
Gracias a esa presbicia se han mantenido en el cargo el director de la CFE, Manuel Bartlett, o Ana Gabriela Guevara, titular de la Conade. A esta última la han acusado de actos ilegales como de extorsión y malversación, además de ineptitud y de haber abandonado a los deportistas mexicanos; abandono que se ve reflejado en los resultados de la delegación nacional en los Juegos Olímpicos. Sin embargo, todo parece indicar que ella sabe de la dolencia visual que padecen sus superiores, y por eso se siente más que segura en el cargo y señala que las ofensas la motivan.
El mandatario mexicano también padece metamorfopsia y por eso tiene una visión completamente distorsionada de la realidad; todo indica que su enfermedad es progresiva. Por ejemplo, esta semana, de acuerdo con un informe del Coneval, en los primeros dos años de gobierno aumentaron en 3.8 millones las personas en situación de pobreza y en 2.1 millones las personas en pobreza extrema. Sin embargo, el Presidente señaló que él tiene otros datos, dejando claro que sus problemas de visión cada vez son mayores.
Pero no sólo la 4T tiene problemas oculares, en la política hay muchos que también los padecen.
El magistrado presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Arturo Zaldívar, tuvo un ataque de astigmatismo, con dificultad para ver de cerca y de lejos las consecuencias de aceptar que su presidencia se alargara.
Pasó varios meses con ese problema de visión, con lo que sufrió un desgaste completamente innecesario. Afortunadamente, decidió atenderse, ponerse los lentes de la realidad y ver con claridad lo que le deparaba: repudio y críticas de propios y extraños.
Hay otros, sin embargo, que aun sabiendo que progresivamente han perdido visión y que ya no pueden ver la luz, insisten en que no son ciegos. Tal es el caso del expresidente del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, José Luis Vargas, quien se aferra a señalar que él está al frente del TEPJF, a pesar de que nadie lo ve ni lo oye.
Ni el Presidente ni sus cercanos buscan ayuda profesional, no reconocen que tienen un problema y les gusta vivir en las tinieblas y oscuridad. Por eso, no hay peor ciego que el que no quiere ver.