Aunque, de momento, la Cancillería no tiene contemplado un tercer vuelo de rescate de mexicanos en Ucrania, regresar a su país no es una opción para Jair Alberto Brenis Castro.
El mexicano de 35 años de edad, quien salió por la frontera de Moldavia y ahora vive en un departamento de Chisináu, capital de esa nación, quiere quedarse para tratar de ayudar.
Dejó pasar la segunda oportunidad de dejar Ucrania tras la invasión rusa junto con 63 connacionales rescatados por el Gobierno federal.
«La Embajada me contactó varias veces para preguntarme si quería irme con los mexicanos tanto la primera vez como la segunda vez, y yo todas las veces les he dicho que no. Quiero apoyar en algo», expresa.
Brenis Castro planea recibir en su departamento a personas que logren salir de Ucrania y no tengan donde quedarse.
«A veces no tienes a dónde llegar, es una sensación muy mala».
También quiere inscribirse en algún centro de voluntariado, como varios de sus amigos que también se desplazaron de Ucrania, pero a otros países como Rumania y Polonia.
Originario de la Ciudad de México, Brenis Castro afirma en entrevista que tampoco quiere alejarse de esta región para no tener problemas en su trabajo.
El mexicano labora vía remota en una empresa de tecnología con oficinas en distintas partes del mundo, pero que principalmente da servicio a países europeos.
«Todos trabajamos de manera remota», cuenta.
Sobre la posibilidad de regresar a Ucrania una vez que acabe el conflicto, el mexicano -soltero, con novia ucraniana- es cauto, aunque reconoce su intención de volver.
«Obviamente sí (me gustaría regresar), pero creo que siendo muy objetivos, al menos esto va a tardar meses, además hay que considerar muchos otros factores, el país tiene que reorganizarse, va a quedar mucha gente armada, lo cual también es algo que hay que considerar (Puede haber) un vacío de poder», reflexiona.
LA SALIDA FUE DIFÍCIL
Brenis Castro, quien al momento de la invasión rusa se encontraba en Kiev, pudo salir de Ucrania hace una semana, gracias al apoyo de su empresa.
Recuerda que los primeros días de la guerra las carreteras hacia las distintas fronteras estaban llenas, no había transporte y reinaba el caos.
Durmió en refugios y en medio de los bombardeos a la capital ucraniana esperó horas para tratar de subir a un tren.
«(Estando en las plataformas para abordar el tren) hubo una alerta de bomba, corrimos a refugiarnos, había mucha gente, cerraron las puertas, los oficiales comenzaron a disparar al aire porque era peligroso que todo mundo se subiera al tren, había mucha gente, todos queriendo subir al mismo tiempo, era un caos total», recuerda.
«Y en eso me hablaron de mi empresa y me dijeron que tenían autobuses para sacarnos en una hora y media. Me fui a la empresa, para mí fue impresionante ver la ciudad vacía».
Salió de Kiev en un autobús, recorrió 17 horas hasta que lo llevaron a una región alejada de los bombardeos y, después de una semana en la que vivió en un hotel, salió por la frontera con Moldavia.
«Es un poco difícil ver a Kiev, al país, en ese estado de caos, nunca me lo imaginé honestamente, yo tengo ocho años viviendo (allá), vi la revolución ucraniana, desde el principio hasta el final, y no se compara con el caos que hay ahorita, es una cosa totalmente distinta», rememora.
‘Estar aquí y ayudar es nuestro trabajo’
Una niña con gorro de gatitos y chamarra rosa practica el abecedario en inglés, mientras sus padres ucranianos debaten sobre qué destino tomar.
-¿Budapest?, se le entiende al hombre.
-Viena, dice la mujer, mientras la niña de unos cuatro años de edad le come a dos panes al mismo tiempo.
La pareja y su hija se encuentran en uno de los cuatro salones para refugiados habilitados en la estación central de trenes de esta ciudad, llamada Gara de Nord.
En cada uno de estos espacios, los extranjeros reciben comida gratuita, tienen Internet gratis, pueden cargar sus celulares y recostarse en alguna colchoneta.
Están dotados de sillas, baños, enchufes y aparatos de calefacción. No están saturados a pesar del número de desplazados por la guerra que llegan diariamente.
Los refugiados, como se les nombra en letreros y señalizaciones colocados en toda la estación, pueden agarrar libremente platos de comida, fruta, sandwiches y té.
En las mesas también hay bolsas con frituras, jugos, leche en polvo, botellas de agua, refrescos, dulces, café y pan.
Uno de estos «refugee center» fue habilitado en lo que era un local de comida rápida de la cadena «spring time».
Donde antes estaban las mesas, ahora hay sillas ocupadas por extranjeros ataviados con chamarrones, guantes y gorros para el frío.
«Tratamos de ser más organizados y más eficientes», señala en inglés Cristian Bojian, de la dirección General de Asistencia Social de Bucarest y uno de los coordinadores de esta labor humanitaria en la estación.
«No tengo un número exacto (de personas diarias), pero son cientos. Llevamos ya dos semanas y estamos las 24 horas. Es difícil, pero es nuestro trabajo: estar aquí y ayudar».
Bojian explicó que quienes logran cruzar a Rumania -por Siret- y no cuentan con un medio de transporte, son trasladados en tren hasta Gara de Nord, a unos 15 minutos del centro.
Desde la frontera, el recorrido en tren a esta ciudad toma alrededor de 10 horas.
Es decir, que los «refugiados» acumulan entre tres y cuatro días de viaje cuando llegan a la capital de Rumania, tomando en cuenta el tiempo que les tomó llegar y cruzar la frontera.
Además de estos cuatro salones, las autoridades también instalaron en uno de los pasillos de la terminal ferroviaria siete grandes carpas naranjas que por el momento no están ocupadas.
Estancia transitoria
Si los espacios no están saturados es porque la estancia de los refugiados en Gara de Nord es transitoria. De hecho, no pueden permanecer un día completo en la estación.
Las autoridades les buscan acomodo en trenes que van a los destinos de su elección, ya sea dentro o fuera del país. En los últimos días, la mayoría ha optado por ir a Alemania y Polonia.
«Les ayudamos a encontrar acomodo (en los trenes), los boletos son gratis a Rumania, Hungría, Alemania, Austria, Suiza y República Checa», agrega Bojian.
Para evitar la saturación de los «refugee center» se busca que los extranjeros salgan en los horarios más inmediatos.
Cuando los exiliados no hablan inglés o rumano, son apoyados por traductores del Estado que hablan ucraniano y ruso.
Civiles actúan como voluntarios en la estación para ayudar a traducir y acompañar a las personas a las ventanillas de tickets o incluso al banco, para retirar dinero.
«Yo personalmente no me puedo quedar con los brazos cruzados, tengo que hacer algo, entonces desde el viernes he venido aquí», comenta Teodora, ciudadana rumana que acude como voluntaria a la estación.
«Y llevo transportando personas, ofreciéndoles una noche de descanso, comida, lo que necesitan. Estoy como voluntaria, no puedes quedarte inmune a lo que está pasando», agrega en español, idioma que aprendió por su trabajo y las telenovelas mexicanas.
‘Vamos con amigos, luego vemos qué hacer’
La estación es un constante ir y venir de personas que dejaron Ucrania. Los que apenas llegan a esta ciudad y están por decidir a donde ir, y los que ya van de salida con la esperanza de rehacer su vida en otro destino.
-¿Cómo te sientes?, se le pregunta a una ucraniana antes de abordar un tren que va a Viena.
«No bien porque hay guerra en mi país, no puedo sentirme bien», responde.
«Vamos a quedarnos con unos amigos y ahí vamos a decidir qué hacer después», agrega la mujer, que salió de Odesa hace tres días.
No es raro ver en los andenes a personas rodeadas de decenas de maletas, bolsas con pertenencias y hasta sus mascotas, lo único y lo más importante que lograron sacar de sus casas.
Los niños cargan sus juguetes y sus peluches mientras sus padres piden informes en el módulo de atención instalado a unos metros de los andenes, en el pasillo principal.
Tampoco faltan los oportunistas: personas que llegan a la estación a ofrecer hospedajes o traslados a costos excesivos a distintos puntos del País.
La Policía se encarga de la vigilancia de la estación, mientras que personal del municipio y bomberos, de la atención y cuidado de los migrantes en los espacios destinados a ellos.