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lunes 29 de junio de 2026

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Bitácora del director

Bitácora del director

Por Pascal Beltrán del Río

Pegados a la botella

En la película Bellas de noche (1975), Carmen Salinas hizo el papel de La Corcholata, una borrachita graciosa que siempre intentaba colarse al cabaret, y cuyo apodo, contó ella misma, se debía a que “cuando no estaba pegada a la botella, estaba tirada en la calle”. Durante parte de su carrera, la actriz tuvo que batallar para no quedar encasillada en el personaje, que volvió a aparecer en el filme La Pulquería (1981). “Yo no soy La Corcholata, yo soy Carmen Salinas”, debió aclarar varias veces.

Hace casi un año –el 12 de julio del año pasado–, el presidente Andrés Manuel López Obrador puso el mismo mote a quienes aspiran a la candidatura del oficialismo para sucederlo.

“Ya no hay tapados”, aseveró en la conferencia mañanera de ese día. “Yo soy el destapador y mi corcholata favorita va a ser la del pueblo”.

Igual que temió Carmen Salinas, el apodo ya se les quedó. Pero ellos lo asumen alegremente.

El único que se ha resistido es el senador Ricardo Monreal. “Yo no soy corcholata”, dijo el miércoles. “Soy un modesto aspirante, nunca una corcholata. Es peyorativo y un lenguaje que nadie debiera aceptar. Pero allá ellos”.

De quienes sí aceptan la etiqueta, podría decirse que están igual que el personaje de Carmen Salinas. Por ahora están pegados a la botella, no por su afición a la bebida, sino porque aún no han sido liberados por quien se asume como su destapador.

Eso implica que no pueden opinar a sus anchas. No tienen modo de expresar sus ideas. Están obligados a seguir la línea que tira el Presidente. Y, como hemos visto, no pueden refrenarse de elogiarlo todo el tiempo.

Ayer, en estas páginas, nuestro colega Jorge Fernández Menéndez se preguntaba en qué creen las corcholatas. Y decía, con mucha razón, que “ya sabemos cómo es la casa de Claudia Sheinbaum” y “tenemos una cuenta de WhatsApp para comunicarnos con Adán Augusto López y otra para hacerlo con Marcelo Ebrard”, pero no sabemos qué se proponen respecto de los grandes temas y problemas nacionales, como la seguridad.

Eso es porque las posibilidades de alcanzar la candidatura dependen, esencialmente, de mantener su adhesión al Presidente y, en menor medida, de la visibilidad que puedan alcanzar en redes sociales. Sus ideas no son relevantes en esta etapa.

Están, como digo, pegados a la botella hasta que López Obrador saque su destapador y suelte a su corcholata favorita.

Esto es algo que no sucede desde que Plutarco Elías Calles regresó a México al embajador en Brasil, Pascual Ortiz Rubio, para que fuera candidato presidencial en las elecciones de 1929. Anunciada su postulación, en la misma asamblea en la que se fundó el Partido Nacional Revolucionario, Ortiz Rubio jamás se atrevió a tomar distancia de Calles. Estaba claro que su papel iba a ser el de títere del Jefe Máximo.

Ya con el tiempo, se desarrolló el llamado “parricidio”, una práctica en la que el candidato tomaba distancia del presidente en turno y éste aceptaba que su época de gloria muriera para mantener la sobrevivencia del régimen. Ese sistema logró, pese a todas sus imperfecciones y actos arbitrarios, que México haya tenido transiciones tersas y a tiempo.

Para que funcionara, había que evitar que el presidente saliente controlara al candidato, aunque lo hubiese escogido personalmente. Mientras no fueran claras sus aspiraciones presidenciales, cualquiera podía –y debía– lisonjear al jefe, pero una vez convertido en candidato se esperaba que tomara distancia de él.

Priista de formación, López Obrador quiere tener su propia mecánica sucesoria. Ha dicho que “ya no hay tapados”, pero sigue habiendo, como él mismo admite, un destapador y un destape. Parece un sistema atrofiado, porque extiende el tiempo en que los que son abiertamente aspirantes tienen que coincidir en todo con el Presidente y reduce la posibilidad del distanciamiento, en el que el candidato puede dar rienda suelta a sus propias ideas.

¡Ah!, y como también pasaba con el personaje de Carmen Salinas y sucedió con Ortiz Rubio, una vez que algunas de las actuales corcholatas hayan perdido su utilidad, lo más probable es que acaben en el suelo.

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