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lunes 6 de julio de 2026

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Semiótica presidencial (entre la popularidad y la aprobación)

Semiótica presidencial (entre la popularidad y la aprobación)

Por Francisco Javier Acuña

Desde el comienzo de su mandato, el presidente Andrés Manuel López Obrador, ha sido un mandatario muy popular y a la vez muy querido. Así las cosas, ídolo y villano a la vez; acaso como muy pocos de sus antecesores, porque, su amplia victoria en las urnas agudizó su popularidad y la reacción de desaprobación por sus oponentes derrotados después de dos elecciones sin alcanzar el objetivo. Tampoco la polarización social al respecto y, en parte por él mismo, provocada al agredir a unos y elogiar a otros encuentra precedentes.

Acaso la tendencia al maniqueo respecto de un presidente se enfatizó después de los sexenios de Echeverría (1976) y López Portillo (1982); dado que con ellos se agotó el “desarrollo estabilizador” y repuntaron los indicadores negativos como las devaluaciones del peso frente al dólar, el endeudamiento externo, la inflación descontrolada y gradualmente desde el 2000 la pavorosa inseguridad pública por sospechosa inacción de los gobiernos o franca subordinación.

A diferencia de López Obrador, Salinas de Gortari y/o Felipe Calderón, al llegar al poder fueron rechazados por un importante sector del electorado en las casillas, los que votaron por ellos para darles el apretado o el polémico triunfo no fueron arrastrados por profunda admiración o simpatía natural al candidato, sino por una decisión circunstancial, una suerte de “mal menor”.

Sin embargo, y sin desconocer los índices de aclamación popular (devoción multitudinaria) de López Obrador, conviene acudir a las cifras de popularidad de los últimos presidentes para ubicar el fenómeno en el contexto de la comparación.

Ernesto Zedillo estuvo por debajo de los 30 puntos de aprobación a inicios de 1995, o sea durante su primer año de mandato después de los “errores de diciembre”, pero, para el cuarto y el quinto año de su gobierno alcanzó el 53% y algunas encuestadoras lo colocaron hasta en el 59 por ciento.

Según Parametría, Felipe Calderón hacia el 2009, en su tercer año de gobierno, alcanzó la cifra de 79%, pero, para el siguiente año, su cuarto en el poder descendió a 63 por ciento.

Vicente Fox, el presidente populachero y controversial, se situaba en su cuarto año de gobierno en un 60 % y antes de concluirlo había disminuido a un 51 por ciento.

Peña Nieto durante su segundo año, antes de Ayotzinapa y los escándalos de La Casa Blanca, se ubicaba entre un 47 y un 52%, y para el cuarto año, apenas llegaba al 30%; para terminar su gestión en medio del gasolinazo y las tramas de corrupción, Mitofsky le daba 17% y Reforma, 12 por ciento.

Definitivamente, somos una nación presidencialista o, por lo menos, un pueblo con una profunda vocación presidencial. A los mexicanos nos produce emociones encontradas el presidencialismo, para bien y para mal, fervorosos o detractores, somos víctimas de la obsesión de amar o detestar la imagen presidencial encarnada en personaje real.

No está del todo claro si los indicadores separan la popularidad (la identificación social del personaje que funge de presidente) de la aprobación real o desinformada de su gestión. O incluso, de la verdadera desaprobación o aceptación a su persona, como aquel que en su día fue capaz de atraer el voto mayoritario a su favor. Con independencia de cada caso, en general, ¿qué es preferible? ¿Qué haya popularidad (que su nombre circule por toda la extensión ciudadana, que esté en la boca de todos) o que a partir de señales y signos se pueda comprobar que su popularidad se puede asociar a su efectiva aprobación?

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