
Alos 17 años, Jorge Antonio Soria Varguez entró al Ejército Mexicano. El joven soldado ascendió dentro de la jerarquía castrense hasta convertirse a sus 29 años en Sargento Primero de ingenieros zapadores, esos que en tiempos de guerra se dedican a la construcción de puentes y otras estructuras para dificultar el movimiento de ejércitos enemigos.
El treintañero soñaba con terminar su carrera de criminología, ver crecer a Alexander, su hijo de nueve años, y después de jubilarse, terminar sus últimos días descansando con su familia en Chiapas, donde vivió de pequeño.
Ni el linfoma no Hodgkin que le diagnosticaron en enero de este año truncó sus esperanzas de salir adelante, así que comenzó a recibir quimioterapias para recuperarse y cumplir sus metas.
Estaba determinado a luchar contra el cáncer. Nunca se rindió.
Quería volver a viajar a la playa para disfrutar de unos camarones acompañados con una buena cerveza, y retomar los fines de semana en los que se escapaba con su esposa Karen y su hijo a pasear a Veracruz, Querétaro, Cuernavaca o la Marquesa.
Al menor de siete hermanos, le caracterizaba su carácter alegre y su generosidad. Pudo ayudar a su cuñado a terminar de construir su casa, sin recibir nada a cambio.
Le molestaba el desorden y la suciedad. Prefería pasar tiempo en casa viendo la televisión con su familia que salir a una fiesta.
Era un padre exigente que terminaba las noches cenando con su hijo pan y leche.
Nueve días antes de cumplir 31 años, el 4 de mayo, regresó al Hospital Central Militar donde nació.
Llegó con una fiebre de 39 grados. Había estado con síntomas desde hacia una semana, pero pensó que era un efecto secundario de la quimioterapia y no un contagio del virus SARS-CoV-2.
Pero ese día ya no podía respirar, ni mantenerse en pie, así que le pidió a su esposa que lo llevara de urgencia al hospital. Sólo una hora después de llegar murió, no resistió la intubación.