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miércoles 8 de julio de 2026

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El ministro Marshall

El ministro Marshall

Por José Elías Romero Apis

John Marshall fue durante 35 años el presidente de la Suprema Corte de Estados Unidos. En todo el mundo se le tiene respeto y veneración. Se le conoce como “el padre del control constitucional” porque a los constituyentes se les olvidó instalar esa función en la Constitución, pero él hizo que la Corte legislara y se atribuyera una enorme facultad que nadie le había confiado.

Aunque tuvo muchos otros, ese solo hecho le valió la inmortalidad. Porque, en realidad, en cada país la Suprema Corte muchas veces está obligada a legislar lo que omite el legislador o a resolver en lo que se contradice. Su jurisprudencia y sus tesis son una importante fuente del derecho, así como lo es la ley.

Durante tres días de esta semana tuve muy en la mente a Marshall, sobre todo cuando se discutía si la Suprema Corte podía legislar o eso le estaba impedido. La respuesta ya la dijo el mencionado hace 220 años y no sólo sigue vigente, sino que su resolución ha sido imitada en todo el mundo. Corrigió la Constitución no para atacarla, sino para defenderla porque los constituyentes no designaron quién la defendiera y él le asignó su futuro y eterno defensor.

No nos equivocamos en lo que aquí escribimos en nuestra anterior reflexión. Anticipamos que el debate sería muy complicado. Y lo fue. Advertimos que habría la complejidad de la discusión de varios temas a la vez. Y así fue.

Presentimos la inteligencia en las exposiciones. Y quedó demostrada. Las intervenciones de 8 de los 11 ministros me parecieron geniales, aunque no acordara con todas. Pero mostraron mucha inteligencia los que defendieron la razón, así como mucho talento los que defendieron la sinrazón. Muchas veces esto es más difícil que aquello. Quizá por eso yo me atribuyo mayor mérito en mi éxito cuando he defendido a culpables que cuando he patrocinado a inocentes.

Pero volvamos al asunto de la Suprema Corte con la prisión preventiva. No se trata de alcahuetear a los criminales, sino de no ajusticiar a los inocentes. Aquellos deben penar completo y sin rebajas. Éstos no debieran sufrir de balde. He visto la vida jurídica desde todas las trincheras. He sido abogado de presidentes y, por el contrario, he sido legislador de oposición. Siempre tuve suerte y me fue muy bien. He sido jefe de fiscalía acusadora y, por el contrario, he sido jefe de bufete defensor. Siempre tuve suerte y me fue muy bien. Conozco cómo se mueve el poder y cómo se mueve la justicia.

Ya no es fácil que me engañen ni que me tanteen. No me marean las conferencias de los juristas ni me engañan los discursos de los políticos. Soy de ellos y soy como ellos, porque soy abogado y político. Sé que, casi siempre, a ambos los mueven nobles intenciones. Pero también sé que todos hemos cometido fuertes equivocaciones.

Casi todos los abogados prefieren la libertad provisional porque les parece monstruosa una prisión sin sentencia. Y casi todos los políticos prefieren la prisión preventiva porque la libertad bajo fianza les parece una multa que sustituye a un castigo.

Como defensor, sé que la libertad bajo fianza facilita los honorarios. Como fiscal, aprendí que la prisión preventiva facilita los aplausos. No soy un cínico. Soy un realista que gusta de compartir sus experiencias.

Ésta fue una discusión histórica y profética que vale conservar y repasar. Parecía que discutían el futuro de la prisión preventiva y, en realidad, discutían el porvenir competencial de la Suprema Corte. En realidad, se estaban juzgando a sí mismos, ante la vista de todos. Se repitió el caso Marbury vs. Madison porque ya no ganaría o perdería la prisión preventiva. Sería la Suprema Corte la que ganaría para el futuro o perdería para siempre.

En fin, desde joven estudiante empecé a venerar a Marshall y lo sigo haciendo ahora como abogado otoñal. Hay ministros a quienes mucho les debemos y se los reconocemos, como a John Marshall. Hay ministros a los que también les debemos, pero no los comprendimos y no se los reconocemos, como a Earl Warren. Y hay otros como William Rehnquist, a los que no sé si por su ignorancia, por su bajeza o por su servilismo, nada les debemos y nada les reconocemos.

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