Si existiera un Mundial de aficiones de futbol, dice Juan Villoro, «México llegaría a la final«.
«Es un público súper entregado. Van (a los estadios), además, con disfraces maravillosos: penachos aztecas, pebeteros con incienso de copal, matracas de a montón, sombreros de ala extra ancha que le tapan la vista a las tres filas superiores.
«Llegan a la aduana y les dicen: ‘Señor, usted no puede importar tantos chiles serranos’. ‘No los estoy importando, es mi jorongo; es mi ropa que está hecha de chiles'», ilustró el escritor este domingo durante la charla «Los excesos y milagros del futbol», en la Feria Internacional del Libro (FIL) del Zócalo.
De ahí que el autor de títulos pamboleros como Balón dividido o Dios es redondo, hincha del Necaxa, estime que la afición mexicana hace más esfuerzo que los propios jugadores, y que «merecería tener una mejor Selección (de futbol)».
«Esa afición entregadísima, con una Selección que rara vez le ha cumplido. No es casual que nuestro grito de guerra en las tribunas sea: ‘¡Sí se puede!’, que es la demostración empírica de que no se ha podido», apuntó Villoro, destacando el más reciente esfuerzo de tales aficionados: colarse a la lista de los países que más boletos han adquirido para los juegos del Mundial de Qatar 2022.
Una justa que, a percepción del escritor miembro de El Colegio Nacional, resulta terrible por realizarse en una nación que viola los derechos humanos; «un país misógino, discriminatorio, homófobo. Es una vergüenza auténtica que la FIFA haga negocios con ellos».
Aunque, añadiría Villoro, la misma FIFA «es una de las grandes mafias del mundo; podríamos decir que es un cártel, sin temor a equivocarnos». No es casualidad que hace unos años fuera investigada por el FBI, y que directivos como Michel Platini fueran removidos del cargo. Pero un resultado de esto también fue la siguiente sede del Mundial; «el FBI se llevó el negocio a Estados Unidos».
Con todo y esto, no deja de ser impactante que la FIFA tiene más agremiados que la ONU, y que las federaciones de futbol no tienen mucho más remedio que obedecerle, ya sea que tenga razón o no.
«En cambio a la ONU, lo sabemos, rara vez se le hace caso«, remarcó el escritor. «Eso ya nos da una idea de que la especie humana se ha asociado mejor para el futbol que para resolver conflictos. Tenemos mucho que aprender del futbol».
Esa «religión que abarca mucho más que cualquier otro culto y cualquier otra fe«, como Villoro alguna vez escuchara decir al locutor Ángel Fernández, parte de los cronistas de futbol de quienes aprendió que las palabras pueden ser símbolos mágicos con los cuales reconstruir la realidad. «Ese es el secreto de la narración», resaltó.
El futbol, continuó el autor, es un espejo cóncavo y convexo de la sociedad donde se revelan aspectos ruines, como la xenofobia, el machismo, manipulaciones políticas y económicas. Pero del que también se han desprendido estampas y pasajes que ennoblecen a los propios futbolistas.
Como cuando, en plena dictadura militar en Brasil, Sócrates, capitán del Corinthians, salió a la cancha con una camiseta que decía «democracia»; o cuando Carlos Caszely, máximo goleador chileno, fue a una ceremonia presidida por el dictador Augusto Pinochet y tuvo el valor de no darle la mano, ejemplificó Villoro.
En México, lamentó el autor, se tiene una liga «sumamente corrupta», dedicada exclusivamente a la especulación económica, con transmisiones de partidos invadidos por publicidad y jugadores que llevan una docena de anuncios en la camiseta; «es una cosa espeluznante».
«Es increíble cómo se viola la integridad del aficionado», criticó Villoro, quién además señaló menesteres como la falta de un sindicato de futbolistas. «¿Cómo vamos a pedirle a un jugador que asuma responsabilidades en la cancha si no tiene derechos fuera de ella?».
Aún así, la afición llena los estadios de la misma forma en que llena el Zócalo -«el que quiera ser Presidente y no llene el Zócalo, no va a ser Presidente, lo sabemos. Aquí en el Zócalo se decide todo«, sostuvo Villoro-, celebrando cada que puede «el milagro de estar juntos».
«Ese milagro que cristaliza en la sociedad mexicana, en una comunidad rica y solidaria. Comunidad que en sus mejores momentos es capaz de desafiar cualquier adversidad para reconstruir una ciudad después del terremoto.
«Entonces, esta comunidad vale muchísimo, y es la que, sinceramente, merecería un equipo (nacional) mejor», insistiría el autor.
Así, ante el amplio público reunido en el Foro Ricardo Flores Magón de la FIL, Villoro instó a tener una consciencia crítica superior, y entre todos involucrarse para tener un futbol que se parezca más a la cultura. «Porque el futbol es un espacio cultural«.
«Ojalá que tuviéramos un futbol que se pareciera a la pasión que nosotros tenemos en las tribunas. Esa pasión que nos permite saber que en nosotros hay una certeza: de qué color pinta el verde», concluyó.