Por Yuriria Sierra
Vivir con miedo
María Elena Ríos tenía 26 años cuando su vida cambió. Tras una relación llena de violencia, decidió irse. La contraparte reaccionó como lo hacen los hombres que se sienten impunes. A María Elena le arrojaron ácido en el rostro, pecho, piernas y brazos. Sobrevivió. Y en esa resiliencia se ha convertido en la voz de otras mujeres que, tras sufrir ataques como éste o de cualquier otro tipo, no cesan en la exigencia de justicia.
En este país, lo sabemos, la justicia no llega de facto. Quienes delinquen no tienen el camino cerrado sólo por ser señalados. Muchas veces ni siquiera estar en una celda les impide mantener su vida delincuencial. Corrijo: el agresor de María Elena no se sentía impune, se sabía impune, la ley y sus contactos le permiten saberse capaz de librar la acción de la justicia.
Juan Antonio Vera Carrizales fue diputado local del PRI en Oaxaca, hasta el momento en que se escriben estas líneas, seguía la espera de su hoja de liberación, que más bien es la orden con la que un juez le permitió seguir su proceso en libertad. Está acusado de intento de feminicidio; es señalado como el autor intelectual de la agresión que sufrió María Elena en septiembre de 2019. Aunque se entregó meses después, ya en 2020, no cesó en su empeño por salir, argumentó problemas de salud. En esta última ocasión le fue concedido el beneficio. A casa, sólo deberá portar un brazalete electrónico con el que las autoridades tendrán monitoreo en tiempo real de su ubicación.
María Elena, en cambio, tendrá que alzar, otra vez y más fuerte, su voz. Este espacio siempre será vehículo para lo que quiera expresar, porque María Elena, como lo hace desde 2019, debe vivir con miedo. Así lo ha expresado infinidad de veces, porque los responsables de su agresión no están todos bajo custodia. De los cuatro señalados, el hijo de Vera Carrizales seguía prófugo. Ahora que el padre regresará a casa por cuestiones de salud, según alegó su defensa, el temor crece. Nada le ha asegurado a María Elena que tendrá justicia, por el contrario, el sistema que la imparte le dice una y otra vez que los responsables siempre encontrarán la vía para salirse con la suya.
Hablamos de María Elena, pero esta es la realidad de miles de mujeres en el país. Con ácido, con los puños, con un arma. Mujeres que sobreviven, otras que siguen presentes porque el grito que pide respuestas lo sueltan sus familias y amigos. Frida, por ejemplo, recibió un disparo y murió en junio pasado. El responsable, su novio, Juan Paulo “N”. A pesar de los hechos, el expediente, en un juzgado de Michoacán, no está abierto como feminicidio, sino como homicidio culposo, de esta forma, la investigación no sólo podría hacerse de manera abreviada, también reduce penas y da la posibilidad de seguir el proceso en libertad con el pago de una fianza. Qué fácil para ellos sacudirse responsabilidades. Qué privilegios los que les otorga la ley.
Llevamos años hablando de esto: la violencia de género no se reduce a un feminicidio, son también todas las aristas que, desde la ley, alimentan la sensación y el terreno de la impunidad.