Por Yuriria Sierra
Los últimos dos años
El presidente López Obrador ha insistido en procurarse un lugar en la historia como uno de los grandes transformadores del país, pero se ha limitado a hacerlo en el discurso.
Andrés Manuel López Obrador ya no es el presidente con popularidad arrolladora. Aunque le guste presumir lo contrario. De hecho, según cifras de Oraculus, la aceptación de Vicente Fox (54%) o Felipe Calderón (56%) para su cuarto año de gobierno fue muy similar a la que registra hoy el líder de la 4T. Lo reportó ayer El Financiero: “El presidente Andrés Manuel López Obrador obtuvo 54 por ciento de aprobación ciudadana en enero, y una desaprobación de 45 por ciento, el nivel más alto observado en los últimos 12 meses…”.
Es decir, cinco de cada diez encuestados respaldan el trabajo que se hace desde Palacio Nacional. Desde luego que es un porcentaje altísimo si se compara con su antecesor. Para 2016, Enrique Peña Nieto ya estaba en el fondo de la aprobación ciudadana, en el registro llevado por Consulta Mitofsky no alcanzaba ni el 20 por ciento. Aun así, López Obrador está en su momento más bajo, para el 81% de aprobación con el que inició, según los números de El Financiero, y la expectativa, respaldada con el capital político que demostró en las urnas, el Presidente hoy tendría que estar redireccionando el rumbo de su administración, porque todo lo que decida a partir de ahora será herencia inmediata para su sucesor o sucesora.
En 12 meses ya estaremos con todo, ahora sí, para la campaña electoral. Él decidió adelantar el banderazo y provocar que, desde ahora, los nombres y las figuras dentro de su movimiento estén apuntando a 2024, pero qué va a suceder si en lugar de robustecer a las instituciones, las debilita en su insistencia de darles una forma a modo. Lo que se viene en la Corte con el plan B de la reforma electoral será asunto cuya factura pague quien llegue al Ejecutivo en el siguiente sexenio. Si en lugar de activos, deja déficits políticos, dejará muy poco margen de maniobra para operar un gobierno.
López Obrador ha insistido en procurarse un lugar en la historia como uno de los grandes transformadores del país, pero se ha limitado a hacerlo en el discurso. Repitiéndolo en sus conferencias no lo hará una verdad, porque, en este caso, son las acciones quienes levantan y sostienen a la historia. Y la historia misma nos cuenta que no hay líderes ni políticos con imagen impoluta. Todos tienen yerros a sus espaldas, pero, junto a ellos también, algunos tienen u na loable capacidad de autocrítica, una cualidad que los blindó de autosabotajes.
Andrés Manuel López Obrador está justo en ese momento, en que lo que haga definirá el lugar que ocupará en la historia, en la que cuentan las voces ajenas a él, la que no se escribe a modo. Que el registro de su popularidad en su cuarto año de gobierno y las batallas que tiene por delante no lo hagan dinamitar el activo que aún posee, porque eso tampoco podemos negarlo. Por el contrario, que en estos dos últimos años lo use para dejar un país en mejores condiciones, empezando por la disposición al diálogo. En verdad, Presidente, todavía puede.