Yuriria Sierra
Fentanilo
La producción de precursores químicos para la fabricación de fentanilo ha proliferado en China.
Veía anoche unos desgarradores videos en TikTok sobre la terrible tragedia de fentanilo (y la variedad de nuevas y devastadoras drogas fabricadas con ese mismo componente) y al ver a ese ejército devastado de hombres y mujeres rotos por dentro y por fuera, vencidos para siempre en vida tras el devastador consumo y la adicción no sólo inescapable, sino demoledora, me resultó imposible no pensar en México. Por dos motivos al menos: su responsabilidad en este apocalipsis humano que toma uno de sus mas aterradores testimonios en Filadelfia y por el temor de su probable replicación, tarde o temprano, en nuestra propia tierra.
La epidemia ha estado desgarrando vidas y comunidades en Estados Unidos, y sus sombras amenazan con extenderse más allá de sus fronteras. Ha transformado la noción misma de adicción y ha dejado un rastro de devastación a su paso. Pero ésta no es una historia que se circunscribe únicamente al barrio de Kensington en Filadelfia, al que acuden todos los que se han enganchado a ese infierno; es un cuento de responsabilidad compartida y peligros inminentes.
El fentanilo, un opiáceo sintético extremadamente potente, ha encontrado un terreno fértil en la crisis de opioides de Estados Unidos. A medida que los números de sobredosis mortales aumentan, es inevitable preguntarse por la responsabilidad que recae tanto en México como en China. México, a menudo atrapado en la lucha contra los cárteles de la droga, no puede ignorar su papel en la producción y distribución de este veneno. Las rutas del fentanilo fluyen a través de sus fronteras y las autoridades deben redoblar los esfuerzos para detener este flujo mortal. Son ya muchas las reuniones bilaterales de seguridad realizadas para atender este tema, pero aparentemente todavía no se llega al diseño de políticas conjuntas mucho más efectivas para el combate y prevención.
Por su parte, China también tiene una cuota de culpa en esta tragedia. La producción a gran escala de precursores químicos necesarios para la fabricación de fentanilo ha proliferado en laboratorios chinos. Aunque las autoridades chinas han tomado medidas enérgicas para frenar esta producción, queda un largo camino por recorrer. La cooperación internacional es esencial para evitar que estos productos químicos crucen continentes y caigan en manos equivocadas.
Y la aterradora pregunta que todos debemos hacernos frente a esta epidemia es: ¿cuándo llegará esta trágica adicción a tierras mexicanas? Si bien es tentador creer que estamos a salvo de este flagelo, la realidad es mucho más preocupante. La naturaleza altamente lucrativa del tráfico de drogas no conoce fronteras ni límites. Las mismas rutas utilizadas para otras sustancias podrían convertirse en vías para el fentanilo. Es imperativo que nuestras autoridades estén en alerta máxima y que se destinen recursos adecuados para la prevención, educación y tratamiento.
La epidemia de fentanilo es un recordatorio crudo de la interconexión del mundo en que vivimos. Y de la incapacidad de los gobiernos para diseñar políticas de combate conjuntas sin que la ideología sea la batuta del diálogo en estos polarizados tiempos. Las acciones de un país pueden tener repercusiones devastadoras en otros. La responsabilidad y la cooperación son esenciales para abordar este desafío global de manera más efectiva.
No podemos darnos el lujo de ignorar la epidemia de fentanilo que azota a Estados Unidos. México y China también deben asumir su parte y responsabilidad en la lucha contra este enemigo mortal. Y mientras miramos hacia el futuro, debemos prepararnos para defender nuestras tierras de la sombra oscura que se avecina. La epidemia de fentanilo no entiende de fronteras, y es nuestra responsabilidad asegurarnos de que no encuentre un hogar en nuestro suelo.