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sábado 27 de junio de 2026

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Columna 61

Columna 61

Por Armando J. Guerra

La tecnología

Cuando en 1977 iba rumbo a Sofía (Bulgaria) a estudiar cine con una beca, decidí llegar a París por ocho días para disfrutar esa grandiosa ciudad. A medida que la conocía, decidí quedarme a vivir ahí, así que rompí la beca. Para sobrevivir por un tiempo tenía lo que había reunido al vender todo en México, mi carro, una colección de pinturas, mi departamento y mis libros.

Había llegado a un hotel llamado «La Opera», de una estrella, seguramente pintada a mano. Cobraban relativamente barato y calculé que podría sobrevivir por un tiempo, mientras conseguía un trabajo de lavaplatos. Sé que esos trabajos son muy cotizados aún.

Mientras me paseaba por la ciudad, vi en el metro un anuncio que invitaba a estudiar francés en La Sorbona, y decidí ir a inscribirme. En la clase, de 30 alumnos sólo dos hablábamos español, Gustavo Roldan, de Colombia, y yo, de México. La maestra, Martine Dubois, nos tomó de consentidos pues hablaba español y adoraba nuestro país. Después de cinco horas diarias de clases, Gustavo y yo nos íbamos con ella a tomar café.

Un día nos propuso rentarnos la mitad de su departamento (en el número 34 del Boulevard Beaumarchais, casi frente a la estación de metro Chemin Vert, donde se ubica un cuento de Cortázar). De inmediato aceptamos pues era muy grande, con cocina, sala, dos recámaras, dos baños y regadera. Ahí conocimos a todos los amigos de Martine, que eran del Midi de Francia, de Aubusson, Clermont-Ferrand, Saint-Flour (por eso íbamos muy seguido a toda esa región). Al principio, el grupo de amigos nos veían, a nosotros los latinoamericanos, como cosas curiosas. Luego lo comprobaron y nos aceptaron, pues finalmente no éramos árabes, ni marroquíes, ni tunecinos.

Congeniamos con todos muy pronto y eso nos ayudó a aprender el francés muy rápido, a hablar un caló que ahora ya olvidé, y a conocer lugares netamente franceses. Por Martine conocimos museos, bares, restaurantes, cafés y lugares maravillosos, y hasta nos consiguió trabajo. Íbamos mucho al cine en grupo, y así, en grupo, íbamos a cenar cuscús “Chez Omar”, por la calle Breton. Gustavo y yo terminamos por dejar los estudios del idioma pues con todos esos maestros lo habíamos aprendido ya, incluidos los modismos y las palabras de moda, que iban cambiando con gran velocidad.

Un día, Martine conoció a un japonés, que era muy tímido pero un gran chef, que nos enseñó a comer la comida japonesa; se sonrojaba cada vez que yo le hacía algún comentario o contaba un chiste. Así vivimos cuatro años, y finalmente Gustavo y yo nos cambiamos porque Martine y Zhiro se iban a casar. Y se casaron, pero la amistad entre todos siguió siempre. Tuvieron una niña, y cuando los amigos estábamos en el hospital y nos mostraron a la niña por primera vez, la mamá de mi amiga Martine, que era bastante racista, dijo en voz alta, y frente a Zhiro: «Mire, Armando, mire esos ojos de mi nieta, son alargados, si al menos los tuviera como usted». Yo me moría de pena, pero Zhiro soltó la carcajada y Gustavo también.

Tiempo después, sabiendo que cerrarían Pemex París, y que me habían ofrecido un buen trabajo en el DF, otra vez vendí todo y me regresé a México. Volví varias veces a París y visitaba a Martine y a Zhiro, y a Gustavo, y del antiguo grupo de compañeros de la oficina con quien me veía muy seguido era con Carmen Pérez Barba y su marido. Desde el año 2000 no he regresado a París, por mi trabajo acá, en Saltillo, y por motivos diversos. El caso es que el tiempo pasó.

El año pasado, recibí un mensaje de WhatsApp de un número desconocido. Era Maude, la hija de Martine y de Zhiro, me dijo que Martine había muerto la noche anterior y que la iban a sepultar en esos momentos, en el Père Lachaise (el famoso y bello cementerio donde están enterrados cientos de personalidades; a ese cementerio íbamos muy seguido Martine, Gustavo y yo de paseo, a caminar visitando a nuestros muertos preferidos). Lloré en ese momento, y Maude me dijo que todo el grupo estaba reunido para el entierro, que la noche anterior se habían dedicado buscarme por Google y dieron con mi cuenta de Facebook, que todos coincidieron que Martine disfrutó mucho de mi compañía y de mi amistad, y querían que estuviera en su entierro.

Pusieron el videochat y fui saludando a cada uno de los que formaron parte de aquel maravilloso grupo (como he hecho recientemente con los amigos del extraordinario grupo de Pemex París). Así que gracias a la tecnología (una que ni siquiera soñábamos en aquellos años) estuve presente, viendo y escuchando la ceremonia, y pude acompañar a Martine en el Père Lachaise, ese que tanto amábamos.

Ahora tengo otro grupo de WhatsApp con todos los amigos de esa región del Midi francés.

Martine decía que teníamos mucho en común: ella se llamaba Martina, es decir la Diosa de la Guerra, y yo me apellidada Guerra; yo nací el 17 de agosto del 44, y ella un día después, el 18 de agosto del 44, y los dos amábamos el cine y la lectura… ¡Y vivíamos en París!

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