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domingo 5 de julio de 2026

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Bitácora del director

Bitácora del director

Pascal Beltrán del Río

Terror en la autopista

He sido usuario frecuente de la carretera México-Cuernavaca por medio siglo. Prácticamente no hay mes que no la tome para pasar un fin de semana, visitar a amigos, ir a comer, acudir a una boda o hacer una entrevista. En tiempos recientes lo hice aún más seguido para estar con mi madre, quien vivía en la capital morelense y falleció allí el año pasado.

Puedo decir que conozco cada recoveco de la vía. He visto crecer los árboles que bordean el camino. Sé que en el mes de octubre los campos agrícolas de Tlalpan y Huitzilac se llenan de montículos de heno que asemejan pequeñas viviendas, señal de que ha sido buena la cosecha de avena forrajera.

Durante muchos años, la parada en Tres Marías era un ritual. Allí, a medio camino del paraíso, comenzaba el fin de semana. Eran obligados los tacos de cecina y la sopa de hongos. Con el tiempo dejé de hacerlo porque empecé a escuchar historias de asaltos y secuestros. También dejé de alternar la autopista con la carretera libre —mucho más hermosa, pues se adentra en el bosque—, ya que en esta última la inseguridad se ha vuelto un problema grave.

La leyenda dice que Tres Marías recibió su nombre del fundador del pueblo, que le puso María a sus tres hijas. En un libro de finales del siglo XIX he visto imágenes del lugar, ya llamado así, que entonces era poco más que una estación del tren, donde abundaban los árboles frondosos. Me pregunto cómo fue que devino en un pueblo tomado por la delincuencia, donde funcionan aserraderos clandestinos que convierten en tablas la madera saqueada por los talamontes.

El jueves pasado, leí en X (antes Twitter) lo que le sucedió en los alrededores de Tres Marías a la familia Manzanera. Hoy hace una semana, padre, madre y dos hijos de cuatro años de edad iban para Acapulco cuando se orillaron para que uno de los niños, con síntomas de asma, tomara su medicina. En eso estaban cuando salieron de entre los matorrales tres asaltantes, quienes los amagaron con pistolas y los pasaron al asiento posterior del vehículo.

Lo que siguió para ellos fue el infierno. Los condujeron a un lugar despoblado, donde les pidieron las contraseñas de sus tarjetas y los retuvieron por horas, mientras iban a obtener dinero de sus cuentas.

“Nos secuestraron durante todo el día”, relató Javier Manzanera. “Nos quitaron todo: la camioneta, los teléfonos, las laptops, tarjetas… En cajeros sacaron todo lo que pudieron. Pero lo peor es que nos hicieron creer que nos iban a matar. Muchas veces estuvimos seguros de eso mi esposa y yo. Nos tuvieron en un campo donde se escuchaban balazos”.

Por la noche, los delincuentes movieron a la familia a la cima de un cerro. “Hacía frío y empezaba a llover. Nos dijeron que esperáramos a que volvieran, pero, después de un rato, decidimos que, si queríamos vivir, más valía movernos. Empezamos a bajar el cerro hasta cruzar propiedades cercadas, con miedo de estar entrando donde no debíamos. Una familia nos ayudó a conseguir una forma de volver a nuestra casa, algo que durante casi todo el día parecía que nunca volveríamos a hacer”.

Javier concluye su relato con la resignación que sentimos todos los mexicanos que hemos sido víctimas de la delincuencia y hemos salido ilesos sólo porque los asaltantes decidieron no jalar el gatillo ese día: “Hoy estamos vivos y eso es lo importante. Todo lo demás sobra. Tenemos mucho miedo de vivir en un país que realmente está gobernado por el crimen organizado”.

No te conozco, Javier, pero te entiendo y te abrazo a la distancia, igual que a tu familia. Debemos poner un alto a esto. Entre todos. Debemos recuperar nuestro país, arrebatarlo de las garras de la delincuencia y sus cínicos solapadores.

Un viaje a la playa debiera ser un gozo, no un infierno. De hecho, transitar por muchas carreteras del país ya se ha vuelto un peligro. ¿Por dónde comenzamos a actuar para salir de esta pesadilla? No hay de otra: exigirle a quienes tienen la obligación constitucional de protegernos que dejen de hacerse tontos y hagan su trabajo. Y —como sugería el recientemente fallecido Alejandro Martí— si no pueden o no quieren, que se hagan a un lado para que lo hagan otros.

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