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miércoles 13 de mayo de 2026

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Ya no se busque

Ya no se busque

Fernando de las Fuentes

Si esperas milagros, libera cualquier apego al resultado

Joe Vitale

Desde que nacemos, los seres humanos necesitamos, y por tanto comenzamos a esperar, algo que depende de los demás; físicamente: alimento, limpieza y cobijo; afectivamente, identificación, congruencia, protección, amor y conexión.  Entendemos a la más temprana edad que nuestro bienestar integral depende de otros y, creemos, desde la conciencia sin desarrollar en esa etapa, que así será siempre.

Si quienes están encargados de darnos lo que requerimos para sentirnos bien no lo hacen, o lo hacen de manera insuficiente o equívoca –lo cual sucede en el cien por ciento de los casos, de una u otra manera y en cualquier grado–, tenderemos a quedarnos esperando toda la vida a que alguien lo haga de una forma satisfactoria.

Ninguno de nuestros cuidadores nos dijo que podríamos, ya siendo adultos, satisfacer por nosotros mismos varias de esas necesidades de carácter psicológico, y no solo las materiales, porque ni lo sabían ni lo hicieron para sí. Ellos mismos seguían esperando e incluso tratando de forzar que otros las cubrieran, de ahí que sus cuidados hacia nosotros fueran deficientes o inexistentes.

Crecimos igual que ellos: condicionando nuestro bienestar emocional a que otras personas colmaran de manera satisfactoria las necesidades afectivas que a lo largo de los años convertimos en carencias. Ese esperar de otros lo que nos faltó en la infancia se llama expectativa, origen de cualquier apego insano.

Hay diferencia entre esperar sin depender emocionalmente de lo que resulte y poner en el resultado nuestro bienestar emocional. Con la expectativa puesta en que alguien finalmente nos haga felices, sentiremos miedo a que pase lo contrario, ya experimentado antes con dolor: abandono, traición, injusticia, invalidación, humillación y/o rechazo, entre otras heridas.

A partir de ahí estableceremos formas de apego insano a todo aquello que pensamos nos proporcionará lo que anhelamos, pueden ser cosas, personas, creencias y/o formas de sentirse.

Pongamos ejemplos: el estatus a partir de la posesión de bienes materiales y/o éxitos socialmente valorados nos hace creer que seremos apreciados e incluso admirados. Y puede ser que así parezca, pero ciertamente no será nuestra persona el objeto de aprecio y admiración, sino aquello que poseemos y logramos. Por eso nos rodearemos de envidiosos, no de gente que nos respete y nos tenga afecto. Cuando la gente nos envidia en el fondo deseará que lo perdamos todo.

También solemos apegarnos a nuestras creencias, porque ponemos en ellas el sentido de nuestra importancia e incluso la identidad. Nos aferramos igualmente a alguna condición psicológica, como el victimismo, pues creemos que sintiéndonos así podremos obtener lo que nos hace falta; pero, quien establezca bajo esa condición una conexión con nosotros estará también, por su parte, tratando de conseguir lo que cree que necesita. Así nacen las relaciones de codependencia.

El enamoramiento es una de las formas más intensas de apego a las personas. Bajo ese estado mental alterado nos sentimos incapaces de ser felices sin el ser “amado”, e incluso podemos perder la voluntad de vivir.

Y como ya habrá dilucidado de lo hasta aquí expuesto, el apego en sí mismo no es un problema, de hecho es una necesidad humana, un instinto animal. Si no nos apegáramos a nuestros semejantes, e incluso a otras especies, nos habríamos extinguido hace mucho.

El apego es lo que nos permite desarrollar vínculos imprescindibles y significativos. Nos posibilita amar, ser solidarios, compasivos, empáticos. Pero… claro, como cualquier cosa que existe en el universo de las emociones, se deforma y se convierte en una patología, de ahí que la psicología distinga el apego seguro, o sano, del ambivalente, el desorganizado, el evitativo y el excesivo.

Todos padecemos en cierta medida alguno de éstos. Pero el remedio es el mismo para cualquiera, y podemos encontrarlo en la siguiente frase del maestro Eckhart Tolle: “El apego a las cosas desaparece por sí solo cuando ya no buscas encontrarte en ellas”.

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