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domingo 11 de enero de 2026

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Drogas son el motivo

Drogas son el motivo

Renueva sus amenazas de atacar territorio mexicano con el pretexto de combatir a las organizaciones de narcotráfico

Por Pablo Piccato/Agencia Reforma

La Prensa

CD. DE MÉXICO.- Donald Trump ha renovado sus amenazas de atacar territorio mexicano con el pretexto de combatir a las organizaciones de narcotráfico. El secuestro de Nicolás Maduro no hizo más que alentar los deseos intervencionistas del Presidente y sus acólitos. Sería un error pensar que el combate al narcotráfico es sólo un pretexto para apoderarse de los recursos naturales venezolanos. Es necesario tomar muy en serio la llamada guerra contra las drogas emprendida por el Gobierno norteamericano porque condensa su ideología tanto en el frente exterior como en el doméstico. México, en la perspectiva de Trump y su consejero e ideólogo Stephen Miller, es un doble objetivo que condensa los ideales de un régimen que intenta consolidarse a partir de la violencia.

La historia de intervención en la política mexicana bajo el pretexto del combate a la producción de drogas va en camino de cumplir un siglo. Es tan antigua como las presiones del entonces llamado Bureau of Narcotics sobre el Presidente Lázaro Cárdenas para criminalizar la cultura de las drogas en lugar de enfrentarlas como un problema de salud público. En 1969, Nixon ordenó una operación contra el contrabando de drogas que básicamente cerró la frontera durante varias semanas. La DEA y otras agencias del Gobierno de EU han participado en operaciones contra narcos mexicanos durante décadas. La cooperación entre los dos países alrededor del tema ha tenido sus altibajos. Durante mucho tiempo el tono ha sido el de una doble simulación: las Policías mexicanas fingían luchar contra las drogas mostrando arrestos e incautaciones mientras muchos de sus miembros extorsionaban o colaboraban con los traficantes; mientras tanto, el aparato policial antidrogas en los EU se expandía constantemente a partir de la retórica electoral, los miedos y los medios de comunicación, ignorando deliberadamente el fracaso de la estrategia: no importaba que el consumo creciera a pesar de los recursos invertidos, y que cientos de miles de personas envejecieran en la cárcel. En los tiempos recientes, el Gobierno de Claudia Sheinbaum le ha infundido una seriedad nueva a la cooperación, a partir de la necesidad de lidiar con precaución con los desvaríos de Trump, pero también del imperativo de mejorar la colaboración de las instituciones mexicanas para reducir los niveles de violencia en el país.

Al examinar estos antecedentes y tratar de entender cómo pueden influir los siguientes pasos del Gobierno norteamericano es necesario partir de la premisa que la llamada guerra contra las drogas nunca va a terminar en una victoria. El consumo de drogas, en todo el mundo, ha demostrado resistir y adaptarse a la persecución. Las acciones de EU sobre México y otros países han abandonado, como muestran el secuestro de Maduro y el del Mayo Zambada, cualquier pretensión de basarse en las leyes internacionales. Es decir, se trata de una “guerra” que ya no intentan ganar legítimamente sino con el puro uso de la fuerza y mediante una legalización a posteriori, en Cortes estadounidenses dispuestas a ignorar los vicios de procedimiento originales de los casos presentados por fiscales federales.

El secuestro de Maduro no es una excepción, o una operación puramente motivada por la sed de petróleo. Ofrece un modelo nuevo que Trump y su Gobierno pueden repetir. Tiene la apariencia de limpieza: mandar unos cuantos helicópteros, bombardear las posiciones defensivas del enemigo, extraer el objetivo y regresar a las bases. En el caso de Venezuela, estas eran portaaviones; en el de México es todo el territorio de EU. Como golpe de propaganda parece perfecto: le da a Trump y sus colaboradores un aura de poder y eficacia que para ellos es más importante que la verdadera competencia o la legalidad. Es, en otras palabras, un recurso de bajo costo para capear una situación doméstica que no es muy promisoria.

Los republicanos enfrentan probables derrotas en las elecciones del Congreso este año. Sus acciones contra la migración están desencadenando una ola de rechazo en todo el país por el asesinato de ciudadanos norteamericanos blancos, más que por el secuestro y encarcelación de inmigrantes con o sin documentos. La economía no repunta. Los aranceles no han logrado nada positivo para la economía doméstica de los votantes. Como en 2003, cuando George W. Bush y su Gobierno decidieron invadir Irak, batir los tambores de la guerra pueden servir a la hora de competir en elecciones.

La operación en Venezuela y una posible operación en México tienen otro beneficio para el régimen de Trump. Además de proyectar una imagen de fuerza, conectan la política exterior con la interna a través de la lógica racista que preside sobre las acciones de ICE y la retórica antiinmigrante. Los migrantes venezolanos y los mexicanos son el ejemplo, en la mentalidad post fascista de Miller, Trump y sus colaboradores, de esa “invasión” de personas y productos que están debilitando la supuesta pureza de la identidad nacional estadounidense. La guerra contra las drogas ha sido, desde el principio, una guerra contra ciertos grupos concebidos por las élites norteamericanas como ajenos: chinos, afrodescendientes, latinos, inmigrantes latinoamericanos. Ellos son los que poblaron desde el siglo veinte las cárceles norteamericanas y quienes la propaganda ha identificado con los peligros exóticos de las sustancias psicoactivas. Llevar esas concepciones racistas más allá de las fronteras de Estados Unidos no es nada nuevo, y con las nuevas modalidades de intervención militar puede parecer a ese gobierno una proposición exitosa a corto plazo, como propaganda electoral, y a largo plazo, según su visión distorsionada de la sociedad norteamericana.

México tiene que tomar en serio la posibilidad de que los helicópteros crucen la frontera. Para prevenirlo no basta con mantener una buena cooperación antidrogas, que todos sabemos no eliminará el negocio, ni de pensar que el petróleo mexicano no es tan atractivo como el venezolano. Se trata de ver la amenaza como un aspecto central e inevitable del régimen de Trump, no como un tema más de la relación bilateral. Ante ella, las preparaciones militares no serán tan efectivas como la posibilidad de responder al racismo y el belicismo trumpista con la movilización social, reflejando los valores inclusivos de la sociedad mexicana y el algo grado de legitimidad del Gobierno de Claudia Sheinbaum.

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