ISIDRO: El hombre que Dios jaló hacia atrás a 100 años Guerra Cristera de 1926
Por: Holanda Contreras
LA PRENSA
Este 2026 se cumplen 100 años de la Guerra Cristera. Y en enero de 2027, Parras conmemora 100 años del fusilamiento de 12 muchachos de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana en el panteón de San José, un suceso que marcó al pueblo y del que uno sobrevivió para contarlo.
Todos en Parras hemos escuchado el relato. Hemos visto esas paredes de adobe marcadas en el Panteón de San José. Están ahí cada que vamos. No se pueden evitar. Son parte del pueblo. Pero este enero del 2027 será distinto. Son 100 años. Y Parras los va a honrar como se debe: habrá misa en Santa María de las Parras y se colocará una placa para recordar a esos 12 jóvenes que escogieron creer. Que escogieron su fe.
Isidro Pérez Vázquez fue uno de esos muchachos llevados al paredón de fusilamiento. Sobrevivió. Ahora, después de su muerte en 1964, su familia se ha encargado de difundir su historia. No para abrir heridas, sino para cerrar ciclos:
Parras, enero de 1927. México ardía. El presidente Plutarco Elías Calles había firmado meses antes la «Ley Calles»: se cerraron templos, se prohibieron sotanas en la calle, se expulsaron sacerdotes extranjeros. La fe se volvió clandestina. Como respuesta, miles de mexicanos tomaron las armas. La Guerra Cristera. De 1926 a 1929, el grito fue uno solo: ¡Viva Cristo Rey!
En medio de ese fuego, en Parras, doce muchachos jugaban ping pong. Eran de la ACJM: Asociación Católica de la Juventud Mexicana. No eran soldados. Eran jóvenes de barrio que entre box y lecturas, defendían su misa, su rosario, su derecho a creer. Tenían 20 años. Y creían en algo.
El 10 de enero de 1927, los agarraron cerca de la Hacienda La Soledad, hoy Barro Viejo. Iban rumbo a Saltillo. Los llevaron al panteón de San José. Los pusieron contra un paredón.
Antonio Muñiz, José Dolores Rodríguez, Juan Silva García, Plácido Arciniega, Los hermanos Fuantos Solís, Antonio Verástegui, Manuel Ávila, Ricardo Morales, José Rodríguez González, Francisco Guzmán.
Y con ellos: Isidro Pérez Vázquez.
Antes de salir, su madre le puso un anillo en el dedo: la Virgen de Guadalupe. «Para que te cuide, mijo».
Vino la descarga. Once cayeron. Isidro sintió que «algo lo jaló hacia atrás». Él lo llamó milagro. Quedó tirado entre sus compañeros. El sol de Parras de enero le quemaba la cara. Levantó la mano para taparse y entonces vino el tiro de gracia. La bala buscaba su cabeza. Encontró el anillo. Le voló el meñique, le marcó la frente, le apagó el ojo izquierdo. Pero no le apagó la vida.
Su madre lo sacó a rastras. Medio muerto. Dos meses en el Hospital Guadalupano. Luego el exilio: diez años en Filadelfia. De los 20 a los 30 años, lejos de su tierra por creer. Allá aprendió inglés. Trabajó. Le escribió cartas al padre Pilo Hernández Arciniega. Cartas que hoy son historia.
Volvió a Parras. Se casó. Tuvo hijos. Y se calló. Por 37 años no dijo nada. Hasta que murió en noviembre de 1964, a los 58 años. En su funeral, el padre Pilo le entregó a la familia una carta que Isidro había dejado escrita:
«No me arrepiento. Volvería a hacerlo para que Cristo Nuestro Señor siguiera reinando en nuestra patria».
Isidro nunca pidió una placa. Nunca se subió a un templete. Solo iba a misa. Y regañaba a sus hijos si faltaban.
Hoy sus hijos y nietos preparan el centenario para recordar que hace 100 años doce muchachos creyeron tanto en algo que lo pagaron con sangre. Y uno volvió para contarlo.
Desde Telar y Vino destacamos que la memoria de Isidro dice cuatro cosas:
1. La fe mueve montañas y desvía balas.
2. Las madres salvan hijos hasta del paredón.
3. Hay anillos que valen más que un reino.
4. Hay silencios que gritan más que mil discursos.
Con respeto. Con memoria. Con ustedes y para la familia Pérez Vázquez, que ha compartido esta historia durante años para que Parras y México la conozcan