Comparte Monseñor vivencias en este mágico lugar coahuilense donde hace un recorrido oficiando misas, ingresó por Múzquiz a tierra ocampense
Por: Jesús Medina
La Prensa
En uno de sus relatos más sensibles y en los que demuestra su cercanía social, el Obispo de la Diócesis de Piedras Negras, Monseñor Alfonso Gerardo Miranda Guardiola, narra en su cuenta personal su recorrido por los ejidos del Desierto de Ocampo.
Monseñor destaca la belleza del lugar y la fe de sus habitantes, su relato, lo ilustra con una foto en el quicio de puerta de la “Iglecia San Ildefonso”, así se escribió en la parte superior de la fachada del templo, se hizo a mano, con pintura color negra sobre pared blanca.
El Obispo narra detalles dela belleza por este lugar y a los habitantes los llama:
Los consentidos
Era la tercera vez que un servidor iba al desierto norte de Ocampo, Coahuila, y en esta ocasión no estaba incluido el Ejido Eutimias en el programa. Por lo que le dije al padre Jesús Cruz quien me acompañaba en su camioneta, que como último destino fuéramos a la capilla de San Ildefonso, que no estaba muy lejos de la Mina de la Encantada, donde esa noche finalizaríamos con una misa.
Por lo que a la mañana siguiente, después de un desayuno en el comedor de los mineros, nos enfilamos a ese estepario pueblo, antes de regresarnos a Múzquiz. Alcanzamos a avisar a un laico líder del ejido Eutimias para que les dijera que iríamos para allá.
Durante el recorrido, le platicaba al padre Jesús: ¡Está un poquito lejos por acá, verdad! – Lejos y lo que le sigue, me contestó.
Pero, ¡qué hermosos están los paisajes!, las montañas coronadas de rocas, las dunas, los ocotillos y las flores de palma que abundan por estos sitios, ¿no te parece?
Señor Obispo, pues, ¿a dónde está viendo usted? Porque por más que miro, no descubro tanta hermosura.
Un servidor había ido ocho meses antes ex profeso al ejido Eutimias, el 1 de agosto del 2025, para celebrar la fiesta patronal, ya que su iglesita está dedicada a San Ildefonso, tal y como se llamaba mi papá, en gloria esté, única capilla que yo he conocido encomendada a ese santo español. Por lo que representó para mí un momento muy sublime y conmovedor. Y desde esa ocasión no habían vuelto a tener Misa.
Pues llegamos al ejido, a eso de las 10 de la mañana ese martes santo, y por supuesto que no había nadie, en ese pequeño y poco habitado pueblo en medio del desierto, casi sin flora y sin fauna, y con el incandescente sol, cayendo a plomo. Tocamos la bronceada campana (sostenida metro y medio en alto por unos palos), sin badajo, con una piedra que hacía las veces de, y llamamos no sé cuántas veces. Yo como quiera estaba muy emocionado, pues sabía que vendrían. El padre Jesús, al no ver respuesta de nadie, me dice, qué bueno que avisaron. En ese momento, revestido con mi alba, me paré a la puerta de la iglesia, a esperar, cuando en eso el padre Jesús saca su teléfono para tomar una foto, y mientras dispara, dice: “los consentidos del obispo.” La verdad, yo me sentí muy honrado con ese título. Pero la realidad es que, en medio de su lejanía y poca atención pastoral, la gente de este diminuto pueblo, efectivamente, sí son los consentidos, pero del Señor, porque Él está con ellos, y ellos lo transmiten, tienen hambre de Él, porque eso se siente y se palpa. Finalmente llegaron 25 personas. Y nosotros seguimos buscando misioneros aguerridos que acompañen al padre Jesús. ¿Quién se apunta?
Alfonso G. Miranda Guardiola