Hay rivalidades que preferimos evitar, y hay otras que, con el paso del tiempo, terminamos agradeciendo. Durante décadas, Eloy Cavazos y Manolo Martínez protagonizaron una de las rivalidades más intensas y memorables de la tauromaquia mexicana.
Eran dos toreros extraordinarios. Tenían mucho en común: pertenecían prácticamente a la misma generación, eran originarios de Nuevo León y alcanzaron las más altas cumbres del toreo. Pero en la plaza eran profundamente distintos. Manolo representaba la técnica depurada, el temple y la sobriedad. Eloy, en cambio, era valor, entrega, emoción y una cercanía con el público que pocos toreros han conseguido.
Hace unos días tuve el privilegio de asistir al homenaje por el sexagésimo aniversario de la alternativa de Eloy Cavazos. Más que escuchar la historia de un gran torero, escuché una lección de vida.
Eloy recordó aquella primera corrida en la que tomó la alternativa en la Plaza Monumental de Monterrey, hace 60 años. Tenía apenas 17 y le tocó compartir cartel precisamente con Manolo. Lo que debía ser el inicio de un sueño largamente anhelado terminó convirtiéndose en una pesadilla.
La corrida fue un desastre. Manolo lo superó en todos los sentidos, al grado de que esa misma noche su apoderado le pidió renunciar a la alternativa. Eloy lloró como el chamaco que era, pero pidió una oportunidad más. Solo una. Y con esa bastó.
De ahí en adelante su carrera despegó hasta convertirse en leyenda. Triunfó en las plazas más importantes del mundo y en 1972 consiguió una de las hazañas mayores para cualquier torero: salir por la Puerta Grande de Las Ventas, en Madrid. Ningún matador mexicano lo ha vuelto a conseguir.
Lo más valioso de su relato, sin embargo, no fueron sus triunfos ni sus trofeos. Fue la manera en que habló de su rival. Eloy confesó que cada vez que alternaba con Manolo se preparaba más, se exigía más y se arrimaba más al toro. Saber que enfrente estaba uno de los mejores lo obligaba a sacar una versión de sí mismo que quizá no habría aparecido de otra manera.
Y entonces dijo algo que me pareció extraordinario: le dio gracias a Dios por haber puesto en su camino a un gran rival. Con los años entendió que aquella competencia, que tantas veces debió resultarle incómoda y difícil, había sido también una bendición. Manolo Martínez lo había obligado a ser mejor.
La enseñanza rebasa por mucho los límites de una plaza de toros. En la empresa, en la política, en el deporte y en la vida solemos mirar a nuestros competidores con recelo. Quisiéramos que desaparecieran del camino para avanzar con mayor facilidad.
La competencia sana no nos disminuye, nos hace crecer. La complacencia puede ser mucho más peligrosa que un buen adversario, porque nos adormece, nos vuelve conformistas y termina por estancarnos. Un gran rival puede incomodarnos durante años y, al mismo tiempo, convertirse en uno de nuestros mejores maestros.
Eloy Cavazos, después de seis décadas de aquella tarde en Monterrey, no presume haber vencido a su rival. Reconoce haber crecido gracias a él. Y quizá ahí radique una de las mayores muestras de grandeza: entender que algunos de nuestros adversarios también forman parte de nuestros triunfos.
Ojalá todos tengamos alguna vez un rival así en la vida.
Sirvan estas líneas como homenaje a un grande de la tauromaquia que puso muy en alto el nombre de México, pero, sobre todo, a un gran ser humano que, con su humildad y sencillez, sigue dando ejemplo dentro y fuera de los ruedos.
Publicado por Iris Camila Beltran




