Rubén Moreira Valdez
Me despedí de él a las puertas de San Lázaro. Era el primer día del sexenio de Peña Nieto y terminaba su toma de protesta. Seis años antes lo hizo el michoacano, todo en medio de las protestas de los seguidores de López Obrador. En la edición de septiembre de Nexos hay una estupenda crónica sobre aquellos días de convulsión y manifestaciones.
Morena ha convertido en narrativa el descalabro de entonces y no duda en usarlo. Me tocó ver la impugnación presentada por los abogados de Obrador. Deficiente, incompleta y contradictoria. Una colección de pegotes muy al estilo de las chambonerías a las que nos tiene acostumbrados la izquierda chafa.
En esta semana se cumplen 14 años del día más aciago de mi vida. Después de la tragedia, la primera llamada fue de Calderón; la segunda, de Peña Nieto. Combatir al crimen no es fácil y, en no pocas ocasiones, hay represalias sangrientas y hasta ingratitudes. Es una obligación que no todos asumen y que se topa con todo tipo de obstáculos, desde traiciones hasta propuestas con cualquier clase de disparates. Eso sí, falta presupuesto y sobran críticos, con o sin intereses.
Estoy convencido de que es importante combatir a los criminales y de que, en los términos de la ley, no queda margen para no hacerlo. Alguna vez entré a la oficina de un novato, aunque viejo, político que esperaba ser designado a un importante cargo. Colgaba el teléfono y, al verme, me preguntó: “¿Se debe negociar con los delincuentes?”. Le dije: “Es la peor de las ideas”. Y pensé: es un verdadero idiota, un peligro para México y para quien será su jefe. Hoy, después del sexenio de López Obrador, se retomó la estrategia de combatir a los criminales.
No estoy seguro del éxito de lo que ahora se hace. La herencia del tabasqueño y la falta de voluntad de muchos gobernadores son un evidente obstáculo. López Obrador desmanteló instituciones, generó ideas erróneas y dejó crecer los problemas. La ignorancia es mala consejera en la lucha contra el crimen, y la de Obrador es mayúscula. La situación es tan extrema que se ha convertido en un reclamo de los vecinos del norte y en una debilidad manifiesta de gobernabilidad.
Para el régimen y el partido oficial, polarizar es una parte fundamental de su narrativa y, por ello, un sostén de su “legitimidad”. Lo hacen la titular del Ejecutivo, el expresidente, sus hijos y, de ahí en adelante. Dividir es una estrategia que les genera cohesión, respaldo irreflexivo y un discurso distractor.
Tener un enemigo al cual culpar de todo es parte de esa locura que llevó a Obrador y a otros populistas al poder. En la historia hay muchos ejemplos de esa actitud y también de las terribles consecuencias que, a largo plazo, se tienen por crispar a las sociedades y darles por su lado a los seguidores. Van ejemplos: Hitler, Mussolini y Ceaușescu.
Calderón sale a la calle y defiende su ideario. No muchos hacen eso; a él lo vemos en conferencias, competencias deportivas y espacios de noticias. Eso le molesta a los del poder y les sirve para insistir en su estrategia de contar con un “enemigo”. Su gobierno inició hace 20 años y sigue siendo el pretexto de Morena para defender ineptitudes, fracasos y omisiones de los funcionarios morenistas. El odio a Calderón lo han llevado al extremo de agredir a su esposa, Margarita Zavala, una inteligente legisladora que tiene que aguantar, de vez en cuando, las andanadas de misoginia que salen de la pseudoizquierda parlamentaria.
Hace unos días, un grupo de manifestantes entró a un espacio público y destruyó una estatua con la imagen de Calderón. Nadie les impidió el vandalismo y hasta fueron defendidos por no pocos miembros de la nomenklatura morenista. Mostraban odio, el mismo que tiene López Obrador cuando habla del PRI y del PAN.
Si para el poder las disputas políticas se resuelven odiando, seguro en el futuro tendremos más eventos como el de Los Pinos. Ojo, no solo los populistas usan el odio; también muchos fracasados e indolentes.
Publicado por Rocío Ledezma




