Por: Melchor Sánchez De la Fuente

La protesta del personal de salud pone sobre la mesa una pregunta que no admite discursos: ¿con qué herramientas se espera que médicos y enfermeras salven vidas?

Un médico puede estudiar durante años, prepararse para una emergencia y llegar a la cama de un paciente con la voluntad de hacer todo lo posible. Pero hay momentos en que la voluntad no basta. Si falta el medicamento, si no funciona el equipo, si no hay insumos para una cirugía o si una sala de urgencias carece de lo indispensable, la capacidad de respuesta queda limitada. Y en medio está una persona enferma, con su familia esperando noticias.

Ahí aparece una de las impotencias más dolorosas de la medicina: saber qué se necesita y no contar con los medios para ofrecerlo. No hay frase tranquilizadora que borre esa angustia. Tampoco hay discurso que compense una tomografía fuera de servicio, la falta de anestesia o un equipo que debió recibir mantenimiento y sigue detenido.

Por eso las protestas y reclamos del personal de salud deben escucharse con seriedad. En las movilizaciones recientes del IMSS, trabajadores han exigido atención al desabasto de medicamentos e insumos, además de mejoras laborales y la contratación de personal. No son reclamos idénticos, pero todos apuntan a una misma preocupación: las condiciones en que se presta la atención médica.

Cuando un médico protesta, no necesariamente lo hace porque haya olvidado su vocación. Puede hacerlo precisamente porque la conserva. Porque conoce la responsabilidad que implica atender a otro ser humano y sabe que el compromiso profesional no puede descansar únicamente en el sacrificio individual. El médico no puede fabricar el medicamento que no llegó, reparar por sí solo un tomógrafo ni sustituir una cama hospitalaria deteriorada.

El juramento Hipocrático —y las distintas declaraciones éticas que hoy guían a la profesión— expresa un compromiso con la vida, el cuidado y la dignidad del paciente. Pero ningún juramento puede reemplazar la obligación de las instituciones de proporcionar instalaciones seguras, equipos funcionales, personal suficiente y medicamentos disponibles. Pedirle al médico que responda por todo mientras se le niegan herramientas esenciales es una carga injusta para quien atiende y un riesgo para quien necesita atención.

La discusión tampoco puede reducirse a una disputa entre autoridades y trabajadores. La consecuencia de una falla no se queda en una oficina ni en una manifestación: llega hasta la persona que espera en urgencias, la familia que busca una operación o el paciente que necesita un estudio a tiempo.

Por eso hacen falta respuestas verificables: inventarios transparentes, mantenimiento oportuno, equipos en funcionamiento, abasto constante y personal suficiente. Y cuando algo no se cumple, la ciudadanía tiene derecho a saber qué falló, quién debía resolverlo y en qué plazo se corregirá. La propia institución ha anunciado un ejercicio de escucha en hospitales para identificar necesidades de personal, abasto, mantenimiento e instalaciones; el reto será convertir ese diagnóstico en compromisos medibles y cumplidos.

En salud, cada día de demora puede pesar demasiado para alguien. Los trabajadores que alzan la voz merecen ser escuchados; los pacientes, recibir atención digna; y las autoridades, responder con hechos. Porque el juramento del médico puede guiar su conciencia, pero para salvar vidas también hacen falta medicamentos, equipos y hospitales a la altura de esa promesa.

Publicado por Iris Camila Beltran