Don Ildefonso Mata tiene ya 38 años cultivando esas flores moradas, naranjas y amarillas llamadas Mano de león y Cempasúchil

Por Iván Villarreal

La Prensa

MONCLOVA, COAHUILA.-En una pequeña hectárea de tierra en el municipio de Lamadrid, Coahuila, los colores naranja, amarillo y morado de las flores anuncian que se acerca una de las tradiciones más arraigadas de México: el Día de Muertos.

Entre el aroma del Cempasúchil, la belleza de la Mano de león y el vuelo de las mariposas y abejas, Don Ildefonso Mata Verduzco mantiene vivo un legado que durante 38 años ha cultivado con sus propias manos.

Ingeniero agrónomo de profesión y campesino por vocación, Don Ildefonso ha dedicado casi cuatro décadas de su vida a sembrar estas flores que, cada 2 de noviembre, llegan a los panteones de la Región Centro de Coahuila para adornar las tumbas y honrar la memoria de quienes se adelantaron en el camino.

Pero detrás de cada flor hay una historia que va más allá de la agricultura. Es el relato de una tradición familiar que se resiste a desaparecer, de una tierra que enfrenta las dificultades de la sequía y de un hombre que todavía encuentra motivos para sembrar, aun cuando el futuro del campo de temporal parece cada vez más incierto.

UNA TRADICIÓN HEREDADA DE SUS ABUELOS

Para Don Ildefonso, cultivar flores de temporada nunca ha sido solamente un negocio. Es una herencia que recibió de sus abuelos, quienes comenzaron esta tradición en Lamadrid, y que él decidió continuar, convirtiéndola en una parte esencial de su vida.

Año tras año, prepara la tierra, cuida las plantas y espera el momento en que los campos se transforman en un mosaico de colores. Cada ciclo representa una nueva oportunidad para preservar las costumbres de sus antepasados y ofrecer a las familias de la región las flores que forman parte de sus altares y visitas a los cementerios.

La Mano de león, con sus particulares formas y tonalidades, y el Cempasúchil, símbolo inseparable de las celebraciones del Día de Muertos, son las protagonistas de este trabajo que requiere paciencia, conocimiento y dedicación.

Son flores que duran poco en el campo, pero cuyo significado permanece mucho más tiempo en el corazón de quienes las llevan consigo para recordar a sus seres queridos.

LA SEQUÍA, UNA PRUEBA PARA EL CAMPO

Los últimos años no han sido fáciles para Don Ildefonso. Aunque en otras zonas de Coahuila se han registrado precipitaciones, las lluvias no han beneficiado de la misma manera al área donde se encuentran sus cultivos.

La falta de agua representa una de las principales dificultades para quienes dependen de las condiciones climáticas para sacar adelante sus cosechas. En la agricultura de temporal, cada lluvia cuenta y su ausencia puede comprometer meses de trabajo.

UN CAMPO QUE SE QUEDA SIN MANOS

La preocupación de Don Ildefonso no se limita a las dificultades para producir. También mira con inquietud el futuro de esta tradición, pues cada vez son menos las personas que se dedican al cultivo de flores de temporada en la región.

De acuerdo con su testimonio, actualmente quedan apenas cuatro productores más que continúan con esta actividad, una cifra que evidencia cómo una práctica agrícola transmitida durante generaciones corre el riesgo de perderse.

El campo de temporal enfrenta numerosos desafíos y, cuando quienes han dedicado su vida a sembrar dejan de hacerlo, no siempre hay alguien dispuesto a ocupar su lugar.

Su deseo es que la historia iniciada por sus abuelos no termine con él, sino que permanezca como parte de las costumbres y la memoria de Lamadrid.

UN REFUGIO PARA LAS ABEJAS Y LAS MARIPOSAS

En la hectárea de Don Ildefonso, la vida no se limita a las flores destinadas a los altares y panteones. Entre los cultivos también encuentran refugio las abejas y las mariposas, que se posan sobre los pétalos para alimentarse y contribuir a la polinización.

En medio del paisaje de Lamadrid, bajo el cielo abierto de Coahuila, el sembradío se convierte en un pequeño espacio donde la naturaleza continúa su ciclo.

La presencia de estos insectos recuerda que el trabajo agrícola también tiene un vínculo con el equilibrio del entorno. Cada planta ofrece alimento, cada flor forma parte de un ecosistema y cada temporada representa una oportunidad para que la vida vuelva a manifestarse en la tierra.

FLORES QUE MANTIENEN VIVOS LOS RECUERDOS

Conforme se acerca el 2 de noviembre, personas de distintos municipios comienzan a llegar para comprar las flores que colocarán en las tumbas de sus familiares. En sus manos, el cempasúchil y la mano de león emprenden un último recorrido: del campo al cementerio, de la tierra que las vio crecer al lugar donde descansan los seres queridos.

Para muchas familias, estas flores son parte indispensable de una tradición que permite mantener presente a quienes ya no están. Sus colores y aromas acompañan los recuerdos, las oraciones y las historias que se comparten frente a una tumba o alrededor de un altar.

Y mientras las familias se preparan para recordar a sus difuntos, don Ildefonso continúa con su labor, consciente de que detrás de cada ramo existe una historia familiar y un sentimiento que se renueva año tras año.

Su pequeña hectárea es mucho más que un terreno sembrado. Es la herencia de sus abuelos, el esfuerzo de 38 años de trabajo y la esperanza de que las nuevas generaciones no permitan que esta costumbre desaparezca.

Porque, irónicamente, mientras las flores nacen, crecen y finalmente se marchitan, la tradición que las acompaña permanece viva. Cada Día de Muertos, la tierra de Lamadrid vuelve a florecer en la memoria de quienes partieron y en el corazón de quienes todavía los recuerdan.

Y mientras haya alguien dispuesto a sembrar y alguien que busque una flor para honrar a sus difuntos, el legado de Don Ildefonso Mata Verduzco seguirá encontrando una razón para florecer.

Publicado por Rocío Ledezma