México está dejando atrás la pirámide poblacional que durante décadas definió su historia: una base amplia de niños y jóvenes y una proporción cada vez menor de adultos mayores. Hoy nacen menos niños, las familias son más pequeñas y vivimos más tiempo. Un cambio demográfico que transformará la educación, la economía, la salud y las pensiones.

Durante siglos, uno de los mayores anhelos de la humanidad fue vivir más años. Hoy, gracias a los avances de la medicina y las condiciones de vida, ese sueño se está convirtiendo en realidad. Pero esta conquista también plantea uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo.

Los resultados de la Encuesta Intercensal 2025 del INEGI confirman esta transformación. Entre 2020 y 2025, la población menor de 15 años pasó de representar 25.3% del total nacional a 21.5%. En contraste, el grupo de 60 años y más aumentó de 12% a 14.7%.

De los casi 131 millones de mexicanos que somos, 28.1 millones tienen menos de 15 años, mientras que 19.2 millones tienen 60 años o más. Es decir, por cada cien niños y adolescentes hay ya 68 adultos mayores. Y esa brecha seguirá creciendo.

La natalidad también disminuye. Entre 2020 y 2025, los nacimientos registrados pasaron de alrededor de 1.6 millones a cerca de 1.4 millones anuales. La fecundidad nacional está por debajo del nivel de reemplazo generacional. Las parejas tienen menos hijos, a edades más avanzadas, y algunas deciden no tenerlos.

Hace tres décadas, los menores de cinco años representaban una proporción mucho mayor de la población. Hoy son considerablemente menos, mientras los adultos mayores ganan terreno. La pirámide está dejando de parecerse a una pirámide.

Las consecuencias serán profundas. Una sociedad con menos niños deberá replantear su infraestructura educativa. Habrá cambios en la demanda de escuelas y maestros, mientras una población más envejecida requerirá mayores recursos para hospitales, pensiones y sistemas de cuidados.

También cambiará nuestra economía. Habrá proporcionalmente menos jóvenes incorporándose al mercado laboral y más adultos mayores dependiendo de sus ahorros, pensiones o familias.

El reto es mayor porque México envejece sin haber alcanzado la plena prosperidad. Millones llegan a la vejez sin pensiones suficientes, sin ahorros y con acceso desigual a los servicios de salud.

Pero el desafío no es solamente económico. También es profundamente humano.

Vivir cien años será una posibilidad cada vez más cercana para las nuevas generaciones. Sin embargo, no basta con agregar años a la vida, sino, como dice Arjona, hay que ponerle vida a esos años. Necesitamos agregarles salud, autonomía, oportunidades y bienestar.

Debemos seguirle apostando a la formalidad laboral como lo hacemos en Coahuila y mantenemos el primer lugar nacional, a construir ciudades accesibles, fortalecer los sistemas de cuidados, combatir la soledad y reconocer que las personas mayores no son una carga, sino una fuente invaluable de experiencia y talento.

El envejecimiento no es una mala noticia. Es consecuencia de nuestros avances como sociedad. El problema sería llegar a ese futuro sin prepararnos.

Durante décadas construimos un país para millones de niños que estaban por nacer. Hoy debemos construir también un país para millones de adultos mayores que vivirán más tiempo.

El verdadero éxito de una sociedad no será que sus habitantes lleguen a cumplir cien años, sino que puedan vivirlos con dignidad.

Publicado por R Z