Don Juan Alfredo relata como recibió la noticia de que su hermanita María de Lourdes de 4 años estaba hospitalizada; alcanzó a despedirse de ella antes de fallecer
Fabiola Sánchez
LA PRENSA
“Han pasado 63 años de su muerte y aún recuerdo ese último abrazo y beso que mi hermanita me dio antes de morir”, recuerda con la voz entrecortada don Juan Alfredo Amador González, quien este 1 de noviembre, Día de los Angelitos, acudió al panteón Guadalupe para limpiar la tumba de María de Lourdes Amador Espín González y colocarle flores, una tradición que cumple cada año para honrar la memoria de la pequeña que falleció cuando apenas tenía cuatro años y cuyo recuerdo permanece intacto en su corazón.
A sus casi 80 años, don Juan Alfredo conserva aquellos momentos como si el tiempo no hubiera pasado, pues María de Lourdes no era solamente su hermana menor, sino una niña a la que cuidaba y consentía como si fuera su propia hija, por lo que desde que comenzó a trabajar a los 11 años procuraba llevarle galletitas y pequeños detalles, mientras ayudaba a sus padres con el sustento de una familia de 11 hermanos, de la que él era el mayor.
La separación ocurrió cuando tenía entre 16 años, edad en la que se marchó a Estados Unidos en busca de trabajo y mejores oportunidades, sin imaginar que durante su ausencia recibiría la noticia de que su hermanita se encontraba hospitalizada, por lo que regresó para verla y alcanzó a llegar hasta donde ella estaba internada, en el tercer piso, donde la pequeña le dio un beso que se convertiría en el último recuerdo que tendría de ella con vida, pues aproximadamente media hora después falleció.
“Era como mi hija, yo le traía galletitas y le traía todo”, relató al recordar el cariño que sentía por María de Lourdes, una pérdida que todavía le provoca tristeza, especialmente porque durante su juventud soñaba con trabajar y enviar dinero a su familia para ayudarles a salir adelante, sin embargo, la muerte de la niña dejó una herida que ni los años ni el paso de la vida lograron cerrar por completo.
Con el tiempo, don Juan Alfredo formó su propia familia, se casó a los 19 años y tuvo seis hijos, pero nunca dejó de visitar a sus seres queridos que descansan en el panteón Guadalupe, donde también acude a recordar a sus padres, hermanos, tíos y abuelos, pues considera que mantener limpias sus tumbas y llevarles flores es una manera de seguir cerca de ellos, aunque lamenta que muchos familiares ya no acudan con la misma frecuencia a visitar a quienes se adelantaron en el camino.
“Yo no los olvido”, expresó con sencillez, mientras permanecía junto a la tumba de su pequeña hermana, a quien sigue recordando como aquella niña que se resistía a dejarlo partir cuando él tuvo que marcharse a trabajar, y cuya ausencia continúa doliéndole después de 63 años, porque para don Juan Alfredo cada visita representa mucho más que una tradición del Día de Muertos, es la oportunidad de cumplir, una vez más, con el amor y la promesa de no dejarla sola en el recuerdo.
Publicado por Rocío Ledezma




