
Por José Elías Romero Apis
Se ha dicho que es bueno para los gobernantes atender las diversas voces. Escuchar a los afamados y a los anónimos. A los sabios y a los sencillos. A los poderosos y a los débiles. A los prepotentes y a los impotentes. Buen consejo hasta para los que somos insignificantes.
Pero existen tres limitantes. La primera, que al gobernante no le guste escuchar. Que padezca sordera política. Que esté atrofiada su audición. La segunda es que no tenga a quien escuchar. Que tenga un mal equipo. Que esté tan mal acompañado que prefiera estar solo. La tercera es que su torpeza le impida formular las preguntas o procesar las respuestas.
Hay quienes gustan de escuchar. Franklin Roosevelt designó a Dwight Eisenhower por recomendación de George Marshall. Eso le bastó y, sin conocerlo, le encomendó el mando de la mayor fuerza militar en guerra que se ha movido en la historia del mundo.
Carlos Salinas de Gortari escogió a Enrique Wolpert como su médico personal a partir de cinco currículums propuestos por expertos. No lo conocía ni era su amigo. Así también, yo y la mayoría de los sensatos, siempre he confiado mi vida y la de los míos en los quirófanos de médicos recomendados, investigados y verificados, aunque no fueran mis amigos.
Adolfo López Mateos designó como procurador general de la República a un prestigiado abogado y político al que, años antes, le había confiado el trance legal más complicado que el mexiquense afrontó en toda su vida. Pero, además, le hizo cuatro pruebas de conocimiento, de temperamento y de espíritu.
Hay, también, quienes no escucharon. Quizá el gobierno de José López Portillo hubiera sido distinto si no hubiera prescindido tan temprano de Jesús Reyes Heroles y si no hubiera invitado tan tarde a Jesús Silva Herzog. Quizá John F. Kennedy debió hacer caso a su hermano Robert de no ir a Texas, de no ir sin su Servicio Secreto, de no desfilar en las calles, de no usar la limosina descubierta y de no confiar la organización a los locales.
Quizá el gobierno de Enrique Peña hubiera sido otro con Alfonso Navarrete como secretario de Gobernación del sexenio. Otra hubiera sido la suerte presidencial, otra hubiera sido la suerte de su partido y creo que otra hubiera sido la suerte de México.
Navarrete hubiera utilizado sus atributos de inteligencia, de firmeza, de valentía y de seriedad para servir a su jefe y llevarlo a ser un gran presidente.
No hubieran existido los excesos corruptivos de funcionarios y gobernadores. No hubiera existido el mal manejo de la comunicación social, que tanto le costó a Enrique Peña, desde el asunto de Cassez y de la Casa Blanca. No hubieran existido el desorden y la falta de coordinación gubernamental en asuntos como el de Ayotzinapa. Todo hubiera sido distinto.
Yo no conozco de cerca el interior del actual gobierno. No sé quién aconseja al mandatario ni de quién se deja aconsejar. Pero he escuchado que su gurú en lo económico es el secretario de Hacienda. Que su senséi en lo político es la secretaria de Gobernación. Debe ser cierto y por eso ocupan esas carteras. Eso es lo normal en casi todos los países.
Pero quizá en algunos espacios se sienta desoído o desobedecido. Tal vez, por eso, haya tenido que encargar al canciller la compra de vacunas o al general secretario la construcción de sucursales bancarias. En la política existen esos bypass.
También hay quienes escuchan tarde. Hace algunos años, un exgobernante en problemas legales pidió a un amigo que le recomendara un buen abogado. El requerido le sugirió “al que pusiste como procurador”. El exmandatario repeló: “Ése es un abogado muy pendejo”. Y el amigo remató: “Entonces hiciste muy mal en ponérselo al pueblo como su abogado”.
Y así podemos preguntar a nuestros mandatarios, a quién le pusieron al pueblo como su médico, como su ingeniero, como su tesorero, como su guardián o como su maestro. Cuando designan a un equipo bueno o malo no están decidiendo su propia suerte, sino la suerte nuestra.