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miércoles 6 de mayo de 2026

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Toma Bosco Sodi el Palazzo Vendramin Grimani, en Venecia

Toma Bosco Sodi el Palazzo Vendramin Grimani, en Venecia

Bosco Sodi (Ciudad de México, 1970) transformó un salón palaciego en Venecia en su taller. Hasta allá llevó costales de chiles y otros materiales humildes que son habituales en su práctica artística, en contraste con la decoración ostentosa, con su tapicería de seda y oro, del Palazzo Vendramin Grimani, sobre el Gran Canal.

Con miras a la inauguración en el sitio de su exposición What Goes Around Comes Around (Lo que se siembra se recoge), la próxima semana, el artista aún se encuentra entregado a la instalación de sus obras.

Se dice muy entusiasmado de que esta exhibición -curada por Daniella Ferretti y Dakin Hart, comisario en jefe del Museo Noguchi, y para la que creó obra ex profeso durante una estancia- forme parte del programa oficial colateral a la 59 Bienal de Venecia, a llevarse a cabo del 24 de abril al 27 de noviembre.

«Es una cosa muy importante en mi carrera», responde en entrevista. «Ver el diálogo de la obra ahí… Imagínate que hace 400 años hubiera llegado un pintor mexicano y se hubiera apropiado del lugar con sus costales, su barro y su grana cochinilla».

Venecia fue un destacado punto de intercambio comercial entre Europa, Asia y el resto del mundo, y Sodi lo subraya.

«Fue una de las principales ciudades no sólo del comercio sino del intercambio cultural, de la creación artística, y (lo que buscaba) era retomar este tema y hacer hincapié en eso. Venecia es una ciudad legendaria», asienta.

Del 28 de febrero al 7 de marzo de 2022, Sodi fue elegido artista en residencia del palacio del siglo 16 mediante una convocatoria de la Fondazione dell’Albero d’Oro. El objetivo: crear obra con el fin de ser exhibida durante la Bienal.

En ese tiempo, se enfocó en pintar dos cuadros rojos de gran formato con una generosa cantidad de grana cochinilla, tinte natural usado por siglos en textiles, papeles y mobiliario, y producido en Oaxaca, el cual enlaza con el rojo característico de la pintura veneciana, junto a negros, dorados y azules, como en las obras del renacentista Tiziano, uno de los máximos exponentes del arte de esta antigua república.

Sodi produjo también en el lugar dos cuadros negros con rojo, oro y blanco, como «alegoría a la pintura clásica veneciana», además de algunas esculturas de tela mojada con materia.

Además, estarán presentes sus esferas y cubos de barro que ya ha expuesto en otros recintos, así como sus rocas volcánicas; piezas que llegaron por vía marítima desde Casa Wabi, en Puerto Escondido, donde tiene su taller y donde creó un nodo cultural para recibir a artistas en residencia.

Un viaje complicado, señala, por la saturación de las navieras por la pandemia.

«(La muestra es) una mezcla de todo, como una apropiación del palacio, pero mi obra, según el planteamiento de los curadores, es que es muy material, muy de objeto», dice el artista a propósito de la exposición.

Al comienzo de la pandemia, Sodi y su familia se refugiaron en Casa Wabi, donde enfrentó la escasez de materiales para trabajar, incluso lienzos, y se encontró también sin bastidores de madera para pintar, ni tampoco carpinteros disponibles para hacerlos.

Pero un día llegó del mercado la compra en costales de yute viejos, manchados y desgastados, empleados en el comercio de chile seco y todavía con el olor a picante, y fueron la alternativa al lienzo, así que mandó comprar todos los posibles.

Además, en la bodega de Wabi encontró varios tubos de óleo dejados por artistas que han estado en residencia. Sodi no suele utilizar el óleo en su pintura, pero las circunstancias lo empujaron a explorar el material. Su única aproximación previa había sido experimental. «No había trabajado con óleo, fue lo que encontré, y obviamente, tenía la necesidad de hacer algo».

Estaba de un «humor tremendo» por la acuciante necesidad de trabajar, confiesa, y encontró la solución en los costales, tan asociados al arte povera, caracterizado por el empleo de materiales no industriales, y con el reciclaje de objetos hallados.

Durante cuatro meses pintó a diario un saco. «Es una obra muy significativa y, a la vez, un homenaje al paso del tiempo; todos los costales tienen manchas, olores», comparte. Algunos llevaban incluso inscrita la marca de La Costeña.

Y su uso, otra vez, evocaba de algún modo la ruta comercial y el intercambio cultural que confluían en Venecia. «La obra habla mucho del movimiento de las materias, como el jitomate, los granos y el café, que se empaca en ese tipo de sacos».

Ya sea en la pintura o la escultura, Sodi apela a lo orgánico, lo simple y natural. «Mi obra es muy apegada a la tierra».

El barro, sobre todo, es su terreno en la escultura, y también se entregó a la producción de sus esferas.

«La acción es cuidarlas y destaparlas a diario, pero no hay el intercambio de tocar», dice sobre ellas.

Sus esculturas suelen ser descritas como «minimalismo pre-industrial», elaboradas a mano y llevadas al horno, en un proceso que implica al menos ocho meses de trabajo.

Parte de la muestra, a inaugurarse el 23 de abril, contempla el despliegue de 195 esferas de barro alrededor de una gran esfera de 1.20 metros de diámetro en la sala principal del palacio, correspondientes a igual número de naciones en el mundo. Decidió titular a la instalación Todos somos uno.

Durante el periodo de exhibición, hasta el 27 de noviembre, cada persona tendrá la oportunidad de mover una esfera de un punto a otro, en un solo movimiento, y cada semana se documentará fotográficamente cómo la instalación es modificada, aludiendo así, dice el artista, al «continuo baile entre naciones y culturas».

Al final de la muestra, los residentes de Venecia podrán llevarse una de estas 195 esferas a casa.

Un testimonio de la toma temporal de Sodi con sus materiales humildes del ostentoso palacio veneciano de los Vendramin Grimani, una familia que lo habitó por 5 siglos.

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