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jueves 25 de junio de 2026

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Bitácora del director

Bitácora del director

Por Pascal Beltrán del Río

El indispensable

Mañana, 21 de julio, se cumplirán 200 años de la coronación de Agustín de Iturbide como emperador de la naciente nación mexicana. Durante ese lapso hemos vivido dos efímeros imperios y distintos regímenes republicanos, pero no hemos dejado de ser un país que ata su suerte a lo que puede ser y hacer una sola persona.

Los orígenes de nuestra proclividad en creer en un iluminado que guía al pueblo hacia la felicidad quizá haya que rastrearlos en nuestras dos raíces civilizatorias –la prehispánica y la española–, pero debemos admitir que todo intento de dar un curso institucional a nuestra vida pública ha sido opacado por la búsqueda incesante de un líder y las ganas de creer en él.

La historia política de México es la de sus caudillos, muchos de los cuales han terminado fusilados o exiliados u olvidados después de que los colocaron en un pedestal en vida.

Iturbide subió al trono investido en la confianza de que el libertador sería también quien podría unir al naciente país y sacarlo del marasmo de once años de guerra. Después de él vendrían otros que también tenían aura de indispensables: Guerrero, Bustamante, López de Santa Anna, Juárez, Díaz, Madero, Carranza, Obregón, Calles, Cárdenas…

Una palabra que se repitió con frecuencia a lo largo de nuestro primer siglo de vida como país fue “plan”. La aparición del “plan” marcaba el fin de la era un caudillo y el comienzo de otra.

A Iturbide –quien había proclamado el Plan de Iguala para consumar la Independencia– lo tumbó el Plan de Casa Mata, llamado así por un depósito de pólvora a las afueras del puerto de Veracruz. A Guerrero, el Plan de Xalapa. A López de Santa Anna, el Plan de Ayutla. A Lerdo de Tejada, el Plan de Tuxtepec. A Díaz, el Plan de San Luis. A Carranza, el Plan de Agua Prieta…

Juárez murió en su cama, pero muchas voces advertían, con motivo de su última reelección, en 1871, que su tiempo había pasado y no tenía nada más que aportar para justificar su permanencia en Palacio Nacional. Entre 1876 y 1932, la mayoría de los presidentes no terminó su gestión cuando quiso o cuando le tocaba por ley. El exilio o la muerte prematura fue el destino de muchos.  

Plutarco Elías Calles se propuso acabar con los “planes” mediante el establecimiento de una serie de reglas para la transmisión del poder. Se logró, efectivamente, que ésta se realizara de forma pacífica cada seis años. A partir de 1928 se erradicó el magnicidio como forma de dirimir la lucha política –con la excepción del asesinato del candidato Luis Donaldo Colosio– y la última vez que un mandatario renunció al cargo fue hace 90 años, en 1932.

Sin embargo, ese proceso de normalización no acabó con la esperanza que ponen los mexicanos en que un solo hombre sea capaz de resolver los problemas del país y garantizar la abundancia a sus habitantes. Al contrario: la reforzó.

Cada sexenio resurge dicha fe. Sin importar las promesas incumplidas que se han quedado en el camino, nada parece erosionar la convicción de que basta la voluntad de la principal autoridad del país para todo se solucione mágicamente.

Claro, llega un momento del periodo presidencial en que comienzan a menguar las artes de prestidigitación y las evidencias se imponen al discurso, pero ahí es cuando los mexicanos recaen en el autoengaño y comienzan a jugar el juego del futurismo político, seguros de que las faltas del actual líder serán subsanadas por el venidero.

Hoy lo estamos viendo de nuevo. Tal vez porque se dio cuenta que difícilmente cumpliría con promesas como hacer que la economía creciera al 4% anual o la violencia criminal se redujera a la mitad, el presidente Andrés Manuel López Obrador empezó a mover antes de tiempo las fichas de su propia sucesión. Nada como la contemplación del futuro para borrar la decepción del presente.

“Tú eres”, dicen las pintas que aparecen mágicamente en todo el país. Sujeto y verbo son rematados en muros y espectaculares por el nombre de alguno de los aspirantes a suceder a López Obrador, que él mismo escogió.

“Tú eres”, quieren creer los mexicanos, poniendo la esperanza en un nuevo o una nueva indispensable, sin reparar en que esta sucesión incesante de expectativas ya lleva dos siglos.

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