La historia del cinco veces campeón de la Fórmula Uno, Juan Manuel Fangio, está plasmada en una museo que lleva su nombre.
«El Chueco», como era apodado, sigue siendo una leyenda del deporte motor argentino e internacional y por esa razón, en 1979, los más de 45 mil habitantes de Balcarce, en la provincia de Buenos Aires, designaron un espacio para los trofeos, autos y todo tipo de artículos deportivos del piloto nacido en esa ciudad.
Para que el Museo Fangio se convirtiera en una realidad fue necesaria la creación de la Comisión del Automovilismo, que se encargaría de organizar la muestra, realizar invitaciones y reunir los fondos para el sustento del recinto.
Aquellos que han tenido la oportunidad de visitar el inmueble destacan la arquitectura del lugar, ya que se trata de un espiral en forma de pista que requiere de cambios de velocidad dependiendo de la temática.
«Aloja principalmente la historia de Fangio, así como la colección de Froilán González, otro piloto argentino. Uno puede encontrar cuatro tesoros escondidos: un casco de Lewis Hamilton dedicado a Fangio y los monoplazas de Ayrton Senna, Alain Prost y Carlos Reutemann», recordó Ana Gutiérrez-Banegas, aficionada a la F1, sobre su visita al Museo.
«Aparte, de estar cerca de los monoplazas que manejó Fangio en distintas categorías, es poder estar ante él, ya que el mausoleo también se encuentra allí».
Inaugurado el 22 de noviembre de 1986, el sitio museográfico también exhibe autos de otros pilotos argentinos como los hermanos Juan y Óscar Alfredo Gálvez; los hermanos Dante y Torcuato Emiliozzi; Juan Manuel Bordeu; Carlos Reutemann; Carlos Pairetti y José Froilán González
«Como fan de la F1 es sensacional entrar al museo y traspasar el tiempo. La arquitectura del inmueble es como caminar por un circuito, donde cada curva es un periodo de la vida de Fangio. Con lo primero que se encuentra uno, es ver su fotografía y los trofeos correspondientes a sus cinco campeonatos mundiales de Fórmula Uno», dijo Gutiérrez-Banegas.
«Al voltear la mirada hacia el piso, uno descubre todas las carreras que ganó en distintos seriales. En la década de los 50, lo único que importaba era la velocidad. Uno aprecia la precariedad de los autos en cuanto a seguridad, comodidad y desarrollo tecnológico. Correr en esas épocas era hacer arte. Los pilotos realmente demostraban su destreza y su valentía al volante».