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viernes 26 de junio de 2026

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Un reencuentro surrealista en la Cineteca

Un reencuentro surrealista en la Cineteca

Como Marcel Proust cuando mordió la magdalena, diría Pedro Friedeberg -en referencia al peculiar efecto por el cual se reavivan recuerdos-, «ahorita yo mordí como 10 mil magdalenas».

«Ya estoy muy desmemoriado; me acordé de mil cosas», expresó el artista la noche de este jueves en la Cineteca Nacional al término de la proyección de Visiones reales, documental de Tufic Makhlouf sobre la surrealista Bridget Bate Tichenor (1917-1990).

Quizá demasiado asombrado luego de verse a sí mismo en pantalla, tan igual y a la vez distinto, evocando con memoria prodigiosa cada faceta de la vida y obra de su amiga de origen británico, mientras recorría una retrospectiva póstuma dedicada a ella en el Museo de la Ciudad de México, en 2012.

Hacía ya 22 años del fallecimiento de Tichenor, pero Friedeberg, museógrafo de dicha muestra, lo recordaba todo: su pasado como editora de moda y modelo; la llegada a su primer departamento en la calle de Puebla, en la Roma; su «rancho» -más bien una residencia campestre- en Michoacán, y la comedia que era subir y luego bajar a la docena de chihuahuas al estudio de la pintora en el segundo piso.

Todo lo iba narrando ese Friedeberg ensombrerado y de pantalones bombachos en la pantalla de la Sala 7 de la Cineteca, ante la mirada atenta del otro Friedeberg de ceñido traje gris y corbata azul acomodado en una butaca de la penúltima fila, acompañado en ambos planos por su colega y amigo Alan Glass, otro surrealista cercano a la homenajeada.

«Nos hicimos amigos de inmediato; tomábamos tequila. La recuerdo con mucho cariño», enunciaba a la cámara un Glass que en ese entonces se desplazaba apoyándose en un bastón y ahora llegaba a la proyección en silla de ruedas. Diez años han pasado.

Un reencuentro de tres artistas cuya amistad enmarcara una corriente, de la cual esta semana se ofrece el ciclo de cine «El surrealismo en México según Tufic Makhlouf». Y sobre lo que Friedeberg, siempre mordaz, esta vez ha dicho: «Todo arte y todo cine es un oportunismo», dijo a REFORMA el artista, elegante personaje del arte en México que a ratos cubría su rostro con una máscara de gitana.

«De repente se volvió de moda el surrealismo porque ya se agotó el expresionismo abstracto, el minimalismo, el estupidismo, el imbecilismo y la sabiduría, en general»

Ya adentro de una sala a tres cuartos de su capacidad, Tichenor recibiría a sus amigos y al resto de espectadores diciendo: «Si pudiera uno hablar de pintura, no se pintaría. Lo que no puedo decir, pinto».

Toda de negro, delgadísima y de lacio cabello plateado. «Veo belleza en casi todo», relataría la surrealista con ese acento áspero pero con un español perfecto, mientras la retrospectiva póstuma revivía en forma de filme.

Pinturas de ojos; cuadros crípticos con seres irreales; hombres calvos de múltiples rostros; caballos alados; gente dentro de huevos de colores; cielos impresionantes con nubarrones, y hasta una imagen de María Félix, al singular estilo de Tichenor, con todo y que no le gustaba hacer retratos; «pienso que dan mala suerte».

En su obra están amigos, enemigos, familiares; los vivos y los muertos, detalló a cuadro Friedeberg, a quien le sobran calificativos para referirse a su amiga y colega: «Excéntrica, maravillosa, especial, única. Tan talentosa».

Si bien los aplausos al término de la proyección cubrieron tanto a Makhlouf como a los artistas que dan voz al documental, Friedeberg pareció ligeramente insatisfecho, posiblemente por esas memorias desenterradas, pues planteó al director alargar algunos minutos el trabajo para incluir a personajes como Leonora Carrington o el galerista Antonio Souza, quien usualmente no creía las historias y el linaje aristócrata de Tichenor.

Imposible para Friedeberg no reanimar también momentos tristes, aunque no por ellos carentes de humor. Como cuando, a deseo de una convaleciente Tichenor, corrió a un restaurante a comprarle steak tartar, un filete crudo por el que pagó 60 pesos.

Los créditos finales ya habían terminado, pero la función continuaba en las butacas, con los dos artistas rodeados de cámaras a la espera de alguna de esas anécdotas desempolvadas. Algo quizá demasiado abrumador para un Glass que, aún conmovido, prefirió no decir nada y dejar que su amigo continuara desahogando ese efecto magdalena de Proust.

«Se podría escribir una enciclopedia británica sobre ‘Brígida’ y sus alrededores», sentenció el creador.

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