«Fernando seguirá siendo un faro para siempre», dice sin dudarlo Antonio Riggen, colega y amigo cercano de Fernando González Gortázar, quien falleció este viernes tras varios días internado en un hospital de la Ciudad de México.
La muerte del arquitecto, en la antesala de sus 80 años, que cumpliría el 19 de octubre, enlutó a la comunidad cultural, pues trascendió las barreras de su disciplina y tendió puentes entre artes.
Riggen, autor del libro Fernando González Gortázar, coeditado por la Secretaría de Cultura y la Universidad de Guadalajara en 2005, asegura que fue uno de los hombres más complejos y enteros de la cultura en México en los últimos 60 años.
«Lo digo porque sobre todo era un hombre honorable, conocedor de muchos temas y de muchas facetas de la cultura. No es un hombre acotado al campo de la arquitectura, es un hombre que dominaba muchas caras de la cultura en general y por supuesto en México, sabio en muchas cosas y un faro para todos los que nos movemos en este medio de la arquitectura, la escultura y la pintura«, señala.
«Fui una persona de vocaciones múltiples. Lamento tener sólo una vida y no poder cumplirlas todas».
Fernando González Gortázar
Arquitecto y artista plásticoA pesar de que nació en 1942 en la Ciudad de México, su obra y su vida marcaron, sobre todo, la historia de Guadalajara; allí estudió Arquitectura y Teoría del Diseño, en la UdG, e hizo de la Perla Tapatía un laboratorio para su arte.
Varios íconos públicos que le dan identidad a la capital jalisciense son de su autoría, como Las Pistolas, en el Parque González Gallo; la Fuente Hermana Agua, sobre la Avenida López Mateos, o La Gran Puerta, en Jardines Alcalde.
Su tesis, Monumento Nacional a la Independencia, de 1966, sirvió como punto de partida para integrar la arquitectura, la escultura y el monumento.
Fue justamente su inspiración en la arquitectura monumental prehispánica lo que eventualmente marcaría su trabajo y sus intereses estéticos.
Pero más allá de su labor creativa, González Gortázar fue un hombre muy generoso, que siempre tenía una sonrisa para todos, y un hombre íntegro, de principios, y es así como sus amigos y alumnos lo recuerdan.
Melómano y pensador de la arquitectura
Arabella González, arquitecta y editora del sello Arquitónica, ponderó en entrevista que González Gortázar era un apasionado pensador de la arquitectura, además de artista, arquitecto y escultor.
«Fue un gran escritor, un melómano. Pocos saben que fue un gran conocedor, como pocos, de la música ranchera mexicana; tenía una colección increíble.
«Pero uno de sus legados fundamentales, además de sus esculturas, que son íconos, es su obra escrita: fue de los primeros que abordó temas que son referencia obligada para cualquiera que estudie arquitectura en México.
«Él editó los primeros libros sobre la Escuela de Arquitectura, La fundación de un sueño; tiene un libro magnífico sobre Luis Barragán que es fundamental, y publicó una revisión profunda de la historia de la arquitectura mexicana del siglo 20, del Conaculta», contó la editora.
No había lugar donde él se presentara en Guadalajara, dijo, sin que todo el mundo lo quisiera escuchar.
«Su manera de reflexionar y opinar sobre los acontecimientos arquitectónicos y de muchas otras facetas de la vida era hipnótica, su locución y su forma de explicar las cosas. Era un referente en el gremio«.
La obra de González Gortázar fue expuesta en recinto como el Palacio de Bellas Artes o el Museo Rufino Tamayo, mientras sus esculturas públicas se encuentran incluso en Japón y España. En Ciudad de México, por ejemplo, destaca La Gran Espiga en Calzada de Tlalpan.
Ya lo había dicho el artista Alejandro Fournier: «La obra monumental de Fernando, junto con la de Mathias Goeritz, es de la más influyente; fue muy adelantada a su época y muy contemporánea».
Sus obras urbanas, muchas realizadas hace más de 50 años, han superado el paso del tiempo.
Entre los reconocimientos que cosechó en vida destacan el Gran Premio Henry Moore, en Japón; el América de Arquitectura, en Panamá, y el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el campo de las Bellas Artes.
Además, fue designado Miembro Emérito del Sistema Nacional de Creadores de Arte y condecorado con el doctorado honoris causa de la Universidad de Guadalajara.
Relación de claroscuros con Guadalajara
Según Riggen, la relación de González Gortázar con Guadalajara era de dualidad.
«Era un cara y cruz para Fernando, su gran amor de la infancia y de la juventud, pero al mismo tiempo un lugar de donde huye o de donde se escapa. Por un lado es un gran amor pero también un amor al que no puede tener.
«Es un lugar al que venía regularmente y del cual se iba contento; una relación de amor-decepción, de dualidad, la amaba a matar pero no podía estar más de 48 horas aquí. Una ciudad que le venía corta en muchos sentidos: necesitaba del anonimato de la gran ciudad, la atracción y el vértigo del DF, aunque allí también vivía aislado y casi no salía de su casa prácticamente», recuerda.
Sin embargo, sus obras tapatías, dice, son parte de la faceta más importante de su trayectoria, tanto escultórica como arquitectónica.
Habitaron en su obra la razón y la emoción
El arquitecto Fernando González Gortázar fue un creador tan singular, a decir de su amigo y colega Xavier Guzmán Urbiola, porque supo combinar la racionalidad y el rigor de la arquitectura con la carga emocional de la escultura.
«Era un hombre que fomentó y desarrolló toda la parte racional de su cerebro y a la vez fomentó y desarrolló toda la parte sensible de su cerebro», dice en entrevista.
Esto, explica, se debe en parte a su formación académica, habiendo estudiado arquitectura y talleres de escultura con uno de sus grandes maestros, el artista Olivier Seguin.
Esta combinación de razón y emoción, ponderó Guzmán Urbiola, está presente en algunas de sus grandes obras arquitectónicas, como el Centro de Seguridad Pública de Guadalajara, y portentosas esculturas urbanas como la citada Fuente de la Hermana Agua y la Fuente de las Escaleras, en Fuenlabrada, España.
Asimismo, recuerda el exsubdirector General de Patrimonio Artístico del INBA, González Gortázar fue un hombre comprometido con la discusión intelectual y las causas urbanas.
«Fue muy prolífico en cuanto a la reflexión de los problemas artísticos», celebra.
«Estuvo presente en algunos debates, defensas del patrimonio, definiciones de postura frente a problemas metropolitanos».
Viajero consumado, enamorado de África, y conocedor absoluto de Guadalajara y hombre de gran humor y buenas historias, González Gortázar permanecerá en sus obras como un creador racional y emocional por igual.
El arquitecto más democrático y amante de la naturaleza
Fernando González Gortázar fue un arquitecto que hizo ciudad con sus esculturas, destacó el arquitecto Saúl Alcántara, quien dirige el Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (ICOMOS), capítulo México.
«Deja un legado sobre todo para el viandante, para el ciudadano de la calle que puede apreciar estas obras de arte», consideró el arquitecto.
Debería, opinó Alcántara, como parte del reconocimiento que amerita su legado, recopilarse tanto sus creaciones como sus escritos, porque tenía un dominio extraordinario del idioma español.
«Pienso», agregó, «que el arte de González Cortázares de lo más democrático que hay. Lo pueden admirar el albañil, el doctor y todo el mundo, y cada uno le va a dar su propia interpretación dentro del paisaje en el cual se inserta la obra».
González Gortázar mencionaba que también los automovilistas tenían derecho al arte y podían apreciar sus obras a 50 kilómetros por hora, por ejemplo la que instaló en el camellón de Miguel Ángel de Quevedo, de la Ciudad de México, junto con una de Vicente Rojo y otra de Manuel Felguérez, evocó Alcántara.
«Es un escultor del paisaje urbano. No son aquellas esculturas monumentales, gigantescas, que están fuera de escala u otras de proporciones ridículas. No. Él manejaba muy bien la proporción porque al ser arquitecto y escultor tenía esta visión muy clara de la geometría y las proporciones».
Lo conoció en el año 2000, cuando Alcántara trabajó en el Castillo de Chapultepec, donde junto con el también arquitecto Salvador Aceves hizo el jardín del Alcázar y el de Pérgolas y, como parte de la regeneración fitosanitaria, le consultaban a él.
«Decía, sorprendido, que veía lechuzas en el ámbito urbano. Hablaba mucho sobre la naturaleza y de su pasión por los árboles».
Al respecto advertía que la restauración de árboles no le gustaba a los gobernantes porque no podían inaugurarlos.
Una escultura que González Gortázar donó a la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco, colocada a la entrada, recibe cada día a Alcántara.
«Cuando uno la ve entra ya contento a la escuela».
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La Secretaría de Cultura informó a través de un comunicado que convino con la familia del arquitecto González Gortázar un homenaje en el Palacio de Bellas Artes, aunque no definió aún la fecha.