MINAS DE BARROTERÁN, 31 DE MARZO DE 1969
Aquella tarde, el silbido del viento entre las bocaminas fue reemplazado por el estruendo de la tragedia, un eco de dolor que aún resuena en el corazón de quienes perdieron a un padre, un hermano o un hijo en las entrañas de la tierra
Por: Horacio Domínguez
Roberto Ulíbarri
LA PRENSA
El calendario marca ayer, 31 de marzo de 2025, y para los habitantes de Barroterán, la fecha evoca una sombra imborrable. Hace exactamente 56 años, un lunes caluroso similar a este, la tierra se estremeció y el rugido de una explosión desgarró la apacible rutina de esta comunidad minera. Aquel fatídico 31 de marzo de 1969 quedó grabado a fuego en la memoria colectiva como el día en que la tragedia se ensaño con las Minas de Barroterán, dejando una estela de muerte y un vacío que perdura hasta nuestros días.
31 DE MARZO DE 1969
Como si el destino tejiera una cruel ironía, la jornada había comenzado con la cadencia habitual del relevo de turnos. El sol declinaba sobre el horizonte mientras los mineros del primer turno emergían de las entrañas de la tierra, cruzándose con sus compañeros del segundo turno, quienes descendían con la esperanza de una jornada productiva. Los saludos, las bromas y los planes para el final del día resonaban en el aire, ajenos a la catástrofe inminente.
En la primera hora del segundo turno, un presagio sutil se manifestó cuando Modesto Salazar Barrera, un joven de apenas 20 años, sufrió una lesión en un dedo y abandonó las labores para buscar atención médica en el exterior de la mina. Un destino incierto lo apartó de la tragedia que se gestaba en las profundidades.
Pasadas las 5:00 de la tarde, el mayordomo Cirilo Rangel encomendó al minero Julio Espinoza una tarea rutinaria: revisar el «malacate» en el exterior. Fue entonces, en un instante que quedaría grabado en su memoria para siempre, cuando un estruendo ensordecedor rompió el silencio. Al volverse, Espinoza presenció una aterradora lengua de fuego y sintió la tierra temblar bajo sus pies. Segundos después, una segunda explosión lo sumió en la inconsciencia.
Al recobrar el sentido, la magnitud del desastre se reveló en toda su crudeza. La primera explosión se había originado en la intersección de la Mina 3 con el cañón lateral 12 Poniente.
La segunda detonación, aún más devastadora, tuvo lugar en el homo 12 Poniente, cerca de su unión con el cañón Mina 2, sepultando a los trabajadores que laboraban en los cañones 12 Oriente y Oriente 13. Llamas voraces, humo denso y una nube de polvo de carbón brotaron violentamente por las bocaminas, anunciando la tragedia a un pueblo consternado.
La noticia de la catástrofe corrió como pólvora. A las 18.00 horas, el entonces presidente municipal de Múzquiz, Manuel Padilla Ortiz, fue notificado del desastre, solicitándose de inmediato el envío de brigadas de rescate y equipo especializado para las labores de salvamento.
En un acto de valentía desesperada, apenas cinco minutos después, tres hombres se adentraron en la oscuridad de la mina, sin protección alguna, movidos por la urgencia de auxiliar a sus compañeros atrapados.
Sin embargo, la alta concentración de gas grisú cobró una víctima inmediata: Pedro Blancas, miembro de la Comisión Mixta de Seguridad, quien perdió la vida por la inhalación de los gases tóxicos. Sus acompañantes en este acto heroico fueron Cipriano Quiroz y Pedro Blancas.
Entre las 18:00 y las 18:30 horas se alertó al presidente municipal de Sabinas, Antonio Cárdenas, así como a los hospitales de la región, quienes movilizaron personal médico y ambulancias hacia Barroterán.
El Sindicato de la Sección 14 y la compañía minera también activaron sus brigadas de rescate, integradas por mineros experimentados y expertos en gases, equipados con tecnología de punta para la época.
A las 19:00 horas, una radiodifusora de Sabinas se convirtió en un clamor de auxilio, haciendo un llamado urgente a médicos y enfermeras para que se trasladaran a Barroterán y se unieran a las labores de rescate. La solidaridad comenzaba a movilizarse ante la magnitud de la tragedia.
EL AMANECER DEL HORROR: LA BÚSQUEDA ENTRE ESCOMBROS
La madrugada del 1 de abril de 1969 trajo consigo la confirmación de las peores noticias. A las 2:00 horas los primeros cuerpos sin vida fueron rescatados de las entrañas de la mina: Guillermo Cruz, Salomé de Luna, Martín Cano, Genovevo Velázquez, el ingeniero Ochoa, Dimas de León y otro minero cuya identidad aún no se había podido establecer.
La llegada del máximo dirigente de las secciones sindicales, Napoleón Gómez Sada, a las 13:30 horas, estuvo marcada por una frase que heló la sangre de los presentes: «Son cosas que el minero no escapa, solo resta estar a salvo por la providencia divina». Un minuto de silencio solemne se extendió sobre el lugar, un preludio al sombrío recuento de víctimas.
La lista de fallecidos ascendió a 148 mineros, la cual se elevó a 153 incluyendo cinco mineros que habían accedido a trabajar horas extras o doblar turno, buscando un sustento adicional para sus familias. La desesperación y la angustia se apoderaron de Barroterán.
Las labores de rescate, aunque inicialmente desordenadas por la premura y la desesperación de quienes buscaban a sus seres queridos, contaron con la participación incansable de todos los que podían ayudar.
Las bocaminas de ambas minas quedaron severamente dañadas, al igual que el sistema de ventilación, un factor crucial en la acumulación del letal gas grisú. Se introdujeron abanicos auxiliares por la Mina 3 en un intento desesperado por desalojar los gases tóxicos.
Con el paso de las horas, más cuerpos fueron siendo recuperados. A las 19:30 horas del mismo día, se confirmó la muerte de Pedro Arriaga, Juan Moreno, Salucito Soto, Benjamín Quintanilla, Andrés Montantes, Benigno Martínez, Rosendo Hernández, Sixto Robledo, Cayetano Rodríguez, Cecilio Cázares, Albino Moreno, Lucio Valdez, Antonio Puente y Manuel Palafox.
La búsqueda se prolongó durante semanas, hasta que el 10 de mayo de 1969, casi un mes y medio después de la explosión, se rescató el último cuerpo: el de Pablo Álvarez, de 26 años, identificado por su ficha minera número 1443 y sus objetos personales.
La identificación de las víctimas se convirtió en una tarea dolorosa y ardua, basada en sus herramientas de trabajo, la ficha que los identificaba como mineros y los objetos personales que portaban en el momento de la tragedia.
PROMESAS INCUMPLIDAS Y HERIDAS QUE NO CIERRAN
El 2 de abril de 1969, el entonces gobernador de Coahuila, Raúl Fernández, llegó a Barroterán y prometió educación para los hijos de los mineros fallecidos. Una promesa que, según relata el ingeniero Horacio Domínguez, jamás se cumplió, dejando una sensación de abandono y desilusión en las familias afectadas.
A pesar del dolor y la pérdida, la solidaridad se manifestó desde diversos puntos del país y del extranjero. Donaciones de víveres, dinero y ropa llegaron a Barroterán, brindando un apoyo crucial a las familias que habían perdido a sus pilares. Incluso figuras como el Papa Pablo VI y el General Lázaro Cárdenas enviaron mensajes de apoyo, al igual que varios gobiernos de varias partes del mundo, reconociendo la magnitud de la tragedia humana.
Hoy, a 56 años de aquel fatídico día, la tragedia de las Minas de Barroterán sigue viva en la memoria de sus habitantes.
Las cicatrices invisibles de la pérdida y el recuerdo de aquellos 153 mineros que quedaron atrapados en las entrañas de la tierra perduran en cada rincón de esta comunidad. Aquel lunes caluroso de marzo no solo arrebató vidas, sino que también marcó un antes y un después en la historia de Barroterán, dejando una herida profunda que el tiempo no ha logrado cerrar por completo.