En Monclova, María Margarita Arellano Trejo transforma desde hace 43 años papel, cartón y engrudo en piezas de fiesta
Por: Fabiola Sánchez
LA PRENSA
En Monclova y en todo México, diciembre huele a ponche, suena a villancicos y se ilumina con una tradición que nunca pierde fuerza: las piñatas, más que un objeto festivo, son el símbolo de las posadas, el centro de reunión familiar y la chispa que enciende la alegría de chicos y grandes.
En una vivienda ubicada sobre calle Miguel Blanco de la Zona Centro convertida en taller, esta costumbre se mantiene viva gracias a las manos de María Margarita Arellano Trejo, artesana que desde hace 43 años transforma papel, cartón y engrudo en verdaderas piezas de fiesta.
Dentro del taller, el tiempo parece medirse por la cantidad de papel china cortado y las estructuras que esperan su turno para ser decoradas, María Margarita recuerda cómo empezó su oficio cuando apenas era una joven atraída por el color y la creatividad.
“Tengo 43 años haciendo piñatas”, comparte mientras revisa los picos de una tradicional estrella navideña y aseguró que aunque el proceso se repite, cada pieza tiene su propia historia.
Con la llegada de diciembre, la tranquilidad se convierte en ritmo acelerado para la familia quienes hijos ya están involucrados en esta magnifica arte.
“No nos da tiempo de almacenar; las hacemos y se venden en cuanto están listas”, explica.
En esta temporada, su taller no descansa: las piñatas salen rumbo a posadas escolares, colonias, salones de fiesta y reuniones familiares, dio a conocer que en un año bueno, la familia puede producir cientos de ellas, en tamaños y diseños que cambian según el gusto de cada cliente.
La variedad es amplia: desde la piñata clásica de siete picos, cargada de simbolismo, hasta figuras inspiradas en caricaturas, personajes actuales o diseños que nacen directamente de la imaginación de quien las encarga.
Comento que, para cumplir con la demanda, algunos almacenes colaboran suministrando bases o materiales prearmados, aunque el toque final siempre queda en manos de la familia Arellano.
Indicó que la elaboración no es cosa sencilla, algunas piñatas están listas en un par de días; otras, especialmente las más elaboradas, requieren casi una semana.
“Hay unas que necesitan refuerzos, otras llevan muchos detalles… cada una es diferente”, explica y agrega que el proceso exige paciencia, técnica y creatividad.
El aumento en los costos también ha tocado su puerta; “todo está más caro: el papel, el pegamento… todo”, comenta y esto ha obligado a ajustar los precios, con incrementos que rondan el 20% en algunos modelos pero aun así, se esfuerza por mantener opciones accesibles para que ninguna familia se quede sin celebrar esta tradición que se ha mantenido por generaciones.
Pero si algo distingue a este taller es la presencia de sus hijos, quienes trabajan a su lado desde pequeños, ellos ahora ya adultos cortan papel, arman estructuras y ayudan en cada detalle.
Para María Margarita, ese acompañamiento es un regalo. “Me siento orgullosa de verlos aquí, de que continúen con algo que empezó conmigo”, señala con una sonrisa que refleja cariño y complicidad.
Más allá del esfuerzo físico, de las horas largas y de la producción constante, lo que realmente impulsa a la artesana es imaginar el destino final de cada creación: el momento en que un niño rompe la piñata, el instante en que los dulces caen y la risa se desborda entre las familias.
“Saber que lo que hacemos se convierte en alegría… eso vale todo”, afirma.
En su taller, cada piñata es más que un adorno: es una forma de preservar una tradición que sigue viva gracias a manos como las de María Margarita. Mientras haya quien dedique tiempo, amor y creatividad a estas figuras, las posadas mexicanas seguirán teniendo ese estallido de color que anuncia que la Navidad está cerca y que la unión familiar aún tiene un espacio para celebrarse.